No te rindas

Personajes en torno al pesebre

Por J. Lee Grady

La mayoría de los espectáculos de Navidad se centran en los personajes principales de la historia de la natividad: una María inocente, un desorientado José, pastores asombrados, magos misteriosos y un niño Jesús durmiente. Luego lanzamos extras no bíblicos como el árbol navideño para condimentar las cosas. Pero aún no he visto una obra o una película de la historia de Navidad que incluya a Simeón y Ana, los dos intercesores judíos que profetizaron sobre Jesús unos días después de su nacimiento.

Esta Navidad, estoy pensando más en Simeón y en Ana, no porque haya llegado a su edad todavía (sabemos que Ana tenía 84 años), sino porque hoy tengo más aprecio por las personas que esperan pacientemente las promesas de Dios.

Mientras que la mayor parte de Israel no tenía idea del plan de salvación de Dios y estaba enojado por la ocupación romana, Simeón sabía que Jesús venía, y el Espíritu Santo le dijo que no moriría hasta que viera al Mesías. Cuando María y José llevaron a Jesús al templo para ser dedicado, Simeón tomó al niño en sus brazos y declaró que Él era la “luz que ilumina a las naciones” (Lucas 2:32).

Simeón finalmente recibió la respuesta a sus oraciones después de décadas de espera. Entonces Ana entró en escena. Ella había orado y ayunado continuamente en el templo, pidiéndole a Dios que enviara al Salvador. Miró más allá de las sombrías circunstancias y se atrevió a pedirle a Dios un milagro.

Cómo Simeón, ella inmediatamente reconoció a Jesús como la respuesta a sus oraciones y comenzó a contarle a todos el mundo que su larga espera había terminado.

En este punto ella probablemente pensó: “Puedo morir tranquila e ir al cielo. El Señor ha escuchado mi clamor”. Ana nos recuerda que Dios recompensa públicamente a aquellos que oran en lo secreto.

Me imagino que tanto Simeón como Ana tenían las manos en alto ¾y tal vez incluso gritaron¾ al aceptar el cumplimiento de las antiguas profecías mesiánicas. Pero lo que no vemos en esta feliz ocasión son las décadas de gemidos dolorosos que sufrieron estos viejos santos. El momento gozoso del nacimiento de Jesús no vino sin un precio.

Las promesas de Dios, como el nacimiento de un niño, requieren un período de gestación, una agonizante temporada de espera. La mayoría de las personas en la Biblia que afirmaban grandes promesas no recibieron respuestas instantáneas descargables como una aplicación para el celular. Como la Ana sin hijos, o el Abraham sin heredad o el apóstol Pablo preso, ellos parieron. Y gimieron. Y esperaron. Y parieron un poco más.

Esperar es a menudo la clave de la fe. Y el gemido es un aspecto de la oración que rara vez se enseña hoy en día. Sin embargo, Romanos 8:26 nos recuerda que la oración dirigida por el Espíritu implica “gemidos que no pueden expresarse con palabras”.

¿Estás orando por algo que parece estar totalmente fuera de tu alcance? ¿Estás aferrándose a una promesa de Dios, pero es doloroso orar porque no ve ninguna evidencia de su mano?

Toma coraje y sigue gimiendo.

En el reino animal, las criaturas grandes tienen a menudo los períodos más largos de la gestación. Un bebé ballena está en el vientre de su madre durante 18 meses, y una jirafa bebé espera 15 meses. Y algunas especies de elefantes están embarazadas durante dos años. La regla, parece, es clara: cuanto más grande el bebé, más larga la espera.

Si tú tienes una gran promesa, debes estar preparado para una espera dolorosa.

Vi a mi esposa dar a luz a nuestros cuatro hijos. Sin embargo, con qué rapidez me olvido que la oración a menudo se compara con el parto en la Biblia. En este proceso doloroso debemos pujar a través de la oscuridad de la duda y asirse a la promesa segura de Dios, especialmente cuando tenemos ganas de rendirnos.

Muchos de nosotros hoy estamos en la etapa más intensa del proceso de nacimiento ¾la fase de transición¾ en la cual una mujer embarazada se siente confundida, irritable e inquieta. Soportamos sentimientos similares de desesperación en nuestro andar de fe. Nos preguntamos: “¿Realmente Dios me lo prometió? ¿Lo oí mal?”. Todo dentro de nosotros quiere dejar de creer.

Estoy seguro de que Simeón y Ana pensaron en abandonar durante sus años de oración. Los titulares en Jerusalén eran deprimentes. La economía era horrible. La situación política era desmoralizadora. ¿Por qué orar cuando todo parece tan desesperanzador?

Sin embargo, estos dos fieles guerreros de oración no se rindieron. Encontraron la gracia para seguir adelante. Aunque sus manos se debilitaron, su fe creció. Se sentían estériles, pero gritaban de todos modos.

Y finalmente sus gemidos pararon, hasta que realmente tuvieron algo que gritar. No solo fueron testigos del milagro de la Navidad, ellos también pudieron sostener al niño Jesús en sus brazos.

Mientras disfrutas la Navidad con tu familia y amigos, ruego que la fe de Simeón y Ana te inspire a mantener firmemente todo lo que Dios te ha prometido.

Por J. Lee Grady
Director del Programa Mordecai, una organización que lleva sanidad a mujeres y niñas que sufrieron abuso.
@leegrady

 

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