Mucho más que la teoría

Llevar al Evangelio a la verdadera transformación

Por Lidia Martín

Pensaba en estos días cuán difícil nos resulta a los cristianos, en muchas ocasiones, convertir la fe que profesamos en un cristianismo relevante, no solo para nosotros mismos cambiándonos, que también, sino para todos los que nos rodean. Me explico: entiendo por relevante aquello que trasciende lo puramente teórico para hacerse valioso, útil y eficaz en términos prácticos, y no solo abstractos, que es en donde parecemos movernos mejor. Uno no tarda en darse cuenta, cuando se habla entre creyentes de temas con cierta envergadura, que nos perdemos en disquisiciones y divagaciones acerca de cuestiones teológicas que tienen importancia, sin duda, pero que no terminamos de acercar al plano práctico, con lo que dejan de ser relevantes en el sentido amplio, simplemente porque no afectan nuestra vida para nada. Básicamente, nos dejan igual, solo que quizá con la conciencia una poco más tranquila al haber invertido un tiempo en ocuparnos de esas cosas. Nuestra tendencia es, dicho de forma muy poco solemne, a irnos por las ramas con facilidad, pero los temas de peso se nos quedan muchas veces ahí, en las ramas, por las alturas, sin verdaderamente hacer en nosotros cambios de raíz, que es el verdadero objetivo del mensaje de las buenas noticias de Jesucristo: hacernos cada vez más como Él es. Por supuesto que conocer y conocerle entra dentro de lo necesario para que eso suceda, pero no es suficiente.

El apóstol Pablo ya hablaba de esto hace mucho, aunque en otros términos, claro, cuando comentaba por ejemplo, acerca del amor. Y nos explicaba que si habláramos lenguas humanas y angélicas, o si tuviésemos profecía, o entendiésemos todos los misterios, o toda ciencia y otras cuantas cosas más, pero no tuviéramos amor, de nada nos serviría (ver 1 Corintios 13). Y es que el amor se manifiesta, evidentemente, de forma práctica, relevante. Y si no, no vale para nada. Si hacemos grandes debates sobre el amor, le “abrimos las tripas” teóricamente, pero ese amor no trasciende a nuestras relaciones en nuestro día a día, nos sirve de bien poco. Se hace irrelevante, no solo para nosotros, sino para quienes nos rodean. Lo mismo sucede con otros temas de índole bien práctica, como el perdón, la evangelización, la resurrección… ¿Nos hemos preguntado si manejamos estos asuntos más bien desde la teoría o, por el contrario, desde la práctica? ¿Pudiera ser que tengamos muy claros los conceptos básicos sobre estas cosas, pero que a la hora de llevarlos a la práctica ni siquiera sepamos cómo hacerlo? ¿En qué se nos nota que hemos perdonado a otros o en qué se percibe nuestro arrepentimiento práctico cuando somos nosotros quienes ofendemos? ¿Cuántas estrategias grandiosas de evangelización llenan nuestras mentes e iglesias, pero no alcanzan verdaderamente a nadie porque en el fondo el evangelio que vivimos y predicamos no resulta relevante? ¿Y qué decir de la resurrección de Jesús en la que confiamos, pero que no parece cambiar nada en nuestra vida? Porque si la resurrección es cierta, y eso decimos creer, eso lo cambia todo. Significa que Jesús es el Señor, que reina y que en algún momento vendrá por segunda vez. Pero no vivimos como si eso fuera a pasar.

¿Qué tipo de cristianismo puede volver al mundo hacia Jesús, si no es uno que sea verdaderamente relevante? Si algo nos transmite la vivencia del cristianismo del Nuevo Testamento es que el Evangelio revolucionó al mundo. Lo puso literalmente patas arriba. Y lo hizo porque los que decían creer en Jesús lo llevaron hasta sus últimas consecuencias. Porque creerlo es relativamente sencillo, pero permitir que nos cambie y que ese cambio afecte nuestro entorno de forma profunda, eso son palabras mayores. Lo cierto es que no puede cambiarse la propia vida y el mundo jugando a ser cristianos. Eso sería ridiculizar e instrumentalizar el mismísimo sacrificio de Cristo, que dijo amarnos con todo lo que tenía, y lo llevó a cabo hasta el final, aunque le costó su propia vida. A nosotros, al menos en esta parte del mundo, no se nos suele pedir tanto. Como mucho, sacrificamos algo de nuestra imagen, quizá de nuestro prestigio, al reconocer que somos cristianos o, si todo va muy bien, al comportarnos como tales. Puede que se nos llame tontos, puritanos o estrechos. La gente puede mirarnos con reticencia, pero no nos cuesta mucho más. Y tal y como le sucedió a Pedro en aquel patio mientras comenzaba el “ajusticiamiento” de Jesús, que al primer envite sucumbió negando al Maestro por triplicado, porque aunque se conocía la teoría (estando dispuesto a morir por Jesús, como le transmitió poco tiempo antes), toda esa efervescencia no le sirvió ni nos sirve de nada cuando, sin estar ni siquiera su vida o la nuestra en peligro, no se es capaz de aceptar incluso conocerle. Nosotros no lo hubiéramos hecho mejor y lo sabemos. Sus convicciones y las nuestras, aunque aparentemente sólidas y bien argumentadas, solo se hacen eficaces salando y alumbrando el mundo a través del Espíritu, que nos ayuda a ponerlas por obra. Porque, de otra forma, la fe, al estar separada de las obras, se hace una fe muerta. Irrelevante, al fin y al cabo.

Por Lidia Martín
Protestante Digital

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