Palabras cargadas de honra

Cambiemos nuestra actitud y cambiará todo

Por Gary Smalley

Jesús dijo en Juan 15:5: Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada”.

Imagínese a las personas que oyeron esas palabras por primera vez hace dos mil años. El Creador del universo, la Palabra hecha carne y sangre y el Creador de la familia, nos habla de manera directa.

Incluso Jesús nos dijo que sus palabras son importantes: “¿Por qué me llaman ustedes ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que les digo? Voy a decirles a quién se parece todo el que viene a mí, y oye mis palabras y las pone en práctica: se parece a un hombre que, al construir una casa, cavó bien hondo y puso el cimiento sobre la roca. De manera que cuando vino una inundación, el torrente azotó aquella casa, pero no pudo ni siquiera hacerla tambalear porque estaba bien construida”(Lucas 6:46-48).

¿Por qué la honra es tan importante para nosotros? ¿Por qué la alta estima es tan importante para nuestras relaciones familiares? ¿Por qué el perdón es la respuesta para el enojo? ¿Por qué estamos lo suficientemente locos para buscar “perlas” en medio de dolor?

La honra no es un concepto ingenioso que inventó alguien, sino que tiene su fundamento en nuestro designio humano, en cómo fuimos creador para vivir.

En anhelo de sanidad, de perdón y de paz vienen de lo profundo de nuestro corazón. ¡Disfrutar de la familia es un regalo de Dios!

Estas esperanzas son más profundas que meros pensamientos. Nuestro Creador quiere que experimentemos amor, alegría y paz en nuestra vida cotidiana, y en nuestras relaciones diarias, incluso en nuestra relación con Él.

Las Palabras de Jesús no solo confirman nuestro deseo de llevar una vida bendecida, sino que también nos desafían a honrarlo a Él mientras honramos a nuestra familia.

Las palabras edifican relaciones

Tal vez se considere un creyente pero todavía no se ha comprometido con las promesas que se encuentran en el Nuevo Testamento. Puede que todavía se pregunte si esas promesas son relevantes para sus relaciones interpersonales. Yo viví durante años sin comprender realmente la fuerza transformacional que hay detrás de las palabras de Jesús.

Seamos sinceros, muchas veces evitamos leer la Biblia porque tenemos una noción equivocada. Creemos que las palabras solo traerán condenación y culpa. Lo entiendo. Muchas veces los versículos de las Escrituras se han utilizado para dividir y condenar a las personas. Tal vez usted experimentó esto de primera mano.

Leí con una mirada nuevo lo que Jesús dice en Juan 3:16: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. ¿Suena como si Dios estuviera en contra de usted o a su favor?

Por supuesto, para muchos de nosotros, este versículo es tan común que pasamos por alto su verdadero impacto. En particular, pasamos por alto el amor que Dios tiene por nosotros, el valor que nos ha conferido, y el milagro del perdón que quiere derramar sobre nosotros. Pero hay más. Acto seguido, Jesús dijo estas palabras: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él”(Juan 3:17).

Lea esas palabras y permita que la verdad del amor de Dios recalibre su pensamiento y le dé esperanza. Su deseo por tener relaciones sanas, amorosas, llenas de alegría viene directamente del deseo de Dios de que usted experimente esas bendiciones en su vida.

Dios lo honra y lo ama de un modo inimaginable. Puede encomendar su vida y su familia a sus palabras. Puede dar a conocer las palabras de Jesús a su familia. A través del Espíritu Santo, crecerán juntos en amor y honra.

Es cierto, algunas de las palabras de Jesús son promesas para nosotros, por ejemplo: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran, y se les concederá”(Juan 15:7). ¿Quién ha dicho algo tan increíble y lleno de promesas a lo largo de la historia de la humanidad?

Claro que Jesús presenta un desafío, pero ¿puede ver lo que nos está mostrando? Dios quiere el bien para nuestra vida y nuestra familia. ¡Quiere que nuestra vida sea sólida e inquebrantable! No hace falta que seamos perfectos. Simplemente tenemos que creer como un niño. ¡qué asombroso y maravilloso!

En mi vida, he descubierto que las promesas de Dios son veraces. Mis hijos y mis nietos también han descubierto que son veraces. ¿Y de aquí a cien años? Seguirán siendo verdad: son palabras en las que uno puede edificar su vida, palabras en las que pueden edificarse generaciones de amor y honra.

De adentro hacia fuera

Si desea ver cambios en su esposa o en sus hijos, no trate de cambiarlos. Si quiere ver cambios en su propia vida, no confíe en sus propios esfuerzos.

Yo intenté ambas cosas, y lo única que surgió como resultado fue el enojo (y la frustración). En vez de eso, cambie sus propias actitudes de adentro hacia fuera. Considere las enseñanzas de Jesús en los acontecimientos de la vida cotidiana. Aplíquelas al caos de sus relaciones. Invite a su cónyuge, a sus hijos y a sus nietos a que se sumen.

Pero no ponga su confianza en su propia voluntad… el Espíritu Santo hará el trabajo de transformarlo y de darle crecimiento.

Cuando comprometa su corazón, alma y mente con las palabras de Jesús, su vida cambiará. De hecho, la neurocientífica que me ayudó a comprender este concepto es la doctora Caroline Leaf. Esto es lo que me enseñó acerca de realmente valorar las palabras de Jesús.

Cada pensamiento que tenemos se desarrolla a partir de un proceso químico y eléctrico. Este proceso lleva al menos treinta segundos, y el impacto duradero depende de lo involucrados que estamos a nivel emocional. Cuanta más emoción invirtamos en un pensamiento, mayor será el cambio en nuestro cerebro.

Si permanezco pobre en espíritu, experimentaré más del Reino de Dios. Este consiste en la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17). Cuanto más reconozca mi necesidad y busque respuestas a mis preguntas en Dios, ¡más proveerá Él! Claro, es una lección de humildad, pero luego recuerdo que Dios da su gracia a los humildes.

Por Gary Smalley
Tomado del libro: Formemos la familia
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