La gracia capacitadora

El rol de la gracia en la vida del cristiano

Por Jack Hayford

Hay tres grandes verdades en el corazón del Evangelio: la salvación es por gracia, y que se posee por el arrepentimiento y la fe en Jesucristo al aceptarle como nuestro Salvador. Esto da como resultado el fenómeno conocido como el “nuevo nacimiento” en cada creyente. Jesús dijo: “Tienen que nacer de nuevo” (Juan 3:7), y Las Escrituras confirman que… “si alguno está en Cristo, es una nueva creación” (2 Corintios 5:17).

El apóstol Pablo trató exactamente estos tres pasos hacia la vida. Menciona inicialmente que por gracia han sido salvados (Efesios 1:5), y luego expresa más completamente la esencia de esa asombrosa verdad: Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8-9).

El hombre es incapaz de obtener la salvación por cualquier medio excepto por la gracia que es por fe, explica Pablo, porque Dios los ha vivificado a “ustedes que estaban muertos en sus transgresiones y pecados” (Efesios 2:1). Esta “mortandad” es la separación de Dios que había ocurrido desde la caída del hombre, y describe las muchas formas en que el hombre peca. Pablo dice que antes de haber reconocido a Cristo “andaban conforme a los poderes de este mundo”. Cualquiera que viva fuera de Cristo está alineado con el mundo y su sistema, y como tal, “peca” muchas veces por ignorancia. Vivimos en una cultura que está más interesada en agradarse a sí misma antes que agradar a Dios.

La Biblia dice que también hay pecado que resulta de la esclavitud. El hombre anda “conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2 RVR60). Además de la propensión del hombre al pecado, está el factor de la provocación y la manipulación demoníacas. Pero no podemos sencillamente “culpar” nuestro ambiente cultural o la influencia demoníaca de nuestro pecado. “Todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios” (Efesios 2: 3). Cada uno de nosotros, por elección, ha caído en la indulgencia satisfaciendo nuestro propios deseos pecaminosos. El texto resume adecuadamente la condición del hombre pecaminoso tras la caída, y luego hace una declaración fundamental del Nuevo Testamento: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos) y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2: 4-6 RVR60).

Frente a la persistente desobediencia del hombre y de sus caminos errados, Dios interviene soberanamente con un derramamiento de su misericordia. La Palabra de Dios describe cómo su gracia nos lleva de la muerte a la vida, y cómo nos ha elevado hacia la posición de estar “separados con Cristo”. Esto no es algo que aguarda hasta el día del rapto (cuando seamos llevados para estar en la presencia de Dios eternamente) sino algo que ha ocurrido ahora. Los que han aceptado a Cristo como su Salvador, ahora están en Cristo y pueden actuar desde esa posición.

En Cristo ahora habitamos en dos reinos diferentes: el tangible de nuestro ser físico sobre la Tierra, y también en el celestial. Esto no se refiere a un lugar misterioso e invisible; significa que nuestros espíritus han sido vivificados en Cristo. Antes de aceptar a Cristo como Salvador, estábamos espiritualmente “muertos”, pero ahora Dios ha “revivido” nuestros espíritus, y a través de Cristo podemos tener relación íntima con Dios que antes era imposible.

La gracia de Dios tiene el poder de llevarnos de la muerte hacia la vida; del fracaso, la culpabilidad, la vergüenza y el pecado hacia el perdón, y a entrar en una relación con Él mediante la cual podemos obrar dentro de su gracia y podemos conocer el dominio y el gobierno de Cristo. El gobierno de Cristo viene al ejecutar su señorío a través de nosotros, al andar en relación con Él.

Gracia vs. Obras

La gracia es el fundamento de la vida de autoridad que se nos ha dado en Jesucristo, y la gracias es también el fundamento desde el cual realizamos las “obras” de Dios. “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica” (Efesios 2:10).

Esto significa que habiendo recibido la gracia de Dios (el perdón de los pecados y el don gratuito de la salvación) podemos entrar hacia el cumplimiento de los propósitos más plenos de Dios en nuestras vidas y nuestros destino en Cristo, poniéndonos a realizar ciertas “obras” que Dios ha preparado específicamente para nosotros. Es crucial que los creyentes comprendan el principio de esta verdad, porque muchos no la han comprendido. La gracia y las obras se han “divorciado” en la mente de algunos creyentes.

La gracia de Dios afecta nuestra salvación. La gracia es la obra de Dios; solo Él la realiza. Su gracia “produce” la salvación en nosotros, y esto, a su vez, produce un patrón de vida que resulta en las obras que glorifican a Dios. La gracia engendra las obras. Muchos creyentes mezclan esta ecuación. O bien piensan que “si yo hago grandes cosas para Dios, me colmará de su gracia”. O por error piensan que ya no pueden ganarse la salvación, bien podrían aceptar pasivamente la situación, y las obras son irrelevantes. Ambos extremos desaciertan con respecto a los intentos de Dios.

Una vida de gracia no es una vida sin obras, pero la gracia se hace productiva a través de las obras. El énfasis principal del mensaje de apóstol Pablo es que el don de la salvación por gracia es gratuito; no lo podemos ganar. Cuando permitimos que su gracia fluya a través de nosotros, “lo que hacemos” para ayudar en la extensión del Reino se hace efectivo. La gracia no significa que ninguna obra está involucrada; simplemente significa que nuestras obras no están involucradas.

Las obras nunca nos llevarán a Dios. Es solamente por la gracia que Dios nos otorgó en su misericordia que podemos allegarnos a Él y conocer el poder purificador de la sangre de Jesús, y la obra regeneradora del Espíritu Santo en nuestras vidas. Pablo confirma que él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia” (Tito 3:5).

Por Jack Hayford
Tomado del libro: Fundamentos para vivir
Vida

Fundamentos para Vivir

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