La humildad es la mejor receta

Nuestra actitud puede marcar una gran diferencia en el mundo

Por John Dickson

Mi tesis es simple: las personas más influyentes e inspiradoras a menudo están marcadas por la humildad. La verdadera grandeza, en otras palabras, con frecuencia va de la mano con una virtud de la que se podría pensar que, en comparación con aquella, retiene el logro y enmudece la influencia. De hecho, yo creo que hace lo contrario.

¿Qué es la humildad?

Humildad no significa humillación, aun cuando ambas palabras procedan de la raíz de un mismo pariente latino (humilitas). Tampoco significa ser un felpudo para otros, ni tener baja la autoestima o retener la fuerza y los logros propios. Muhammad Ali se equivocó cuando dijo una vez: “En casa soy un tipo agradable; pero no quiero que el mundo lo sepa. La gente humilde, he descubierto, no llega muy lejos”. Tener opiniones fuertes no es tampoco un obstáculo para la humildad. Uno de los defectos de la cultura contemporánea occidental es el de confundir la convicción con la arrogancia. Pero la humildad, entendida correctamente, es un antídoto potencial a la odiosa retórica política y religiosa que a menudo oímos: el sector de izquierda contra el de derecha, cristianos contra musulmanes, etcétera. Quiero argumentar que la solución a la discordia ideológica no es la “tolerancia” en la forma posmoderna en la cual la encontramos con frecuencia, la suave afirmación de que todos los puntos de vista son igualmente verdaderos y válidos, pero con una capacidad de discrepar en profundidad con otros y honrarlos profundamente al mismo tiempo. Debería ser completamente posible para los cristianos rechazar la doctrina islámica como inválida y falsa —para mantener la convicción teológica, en otras palabras— sin disminuir su capacidad de honrar a los musulmanes como miembros de la familia humana. De la misma manera, el sector político de derecha debería ser capaz de discrepar con el de izquierda, y viceversa, sin caer en insultos, murmuraciones y cosas peores.

Entonces, ¿qué es la humildad si no rendir nuestras convicciones, fortalezas y logros? La etimología de la palabra nos es de ayuda, pero requiere de algo de explicación para evitar malos entendidos. Varias culturas antiguas han contribuido a la cultura occidental de manera general. El influyente filósofo político británico John Macmurray lo dice de esta forma: “Tres civilizaciones añejas han sido mezcladas juntas para formar la cultura de cualsomos herederos: la hebrea, la griega y la romana; una religiosa,una artística y una organizada, una civilización administrativa o científica. Estas tres corrientes de antigua experiencia, en realidad, nunca se han fundido”. Esto no es menos verdadero con respecto a la historia de la humildad.

El peculiar significado occidental de “humildad” deriva del uso que los judíos le daban al hablar en hebreo, los romanos al hablar en latín y los griegos, en particular, los cristianos del primer siglo, al hablar en griego. En los tres idiomas, la palabra que se utilizaba para describir “humildad” quiere decir “bajo”, como en bajo la tierra: en hebreo es anawa, en griego es tapeinos y en latín, el ya familiar humilitas. Cuando son usados negativamente, estos términos significan ser puesto por debajo, es decir, “serhumillado”. Positivamente, se refieren a rebajarse o “ser humildes”.

Los dos usos son radicalmente diferentes. Uno es la horrible experiencia de ser invadido o avergonzado, y este era el uso dominante del término en los tiempos antiguos. El otro es la noble decisión de remitir el poder de uno en el servicio de otros. Este se convirtió en el uso dominante solo a fines del período romano (de los siglos II al V d. C.).

La humildad es la noble elección de renunciar a su estatus, desplegar sus recursos o usar su influencia para el bien de otros antes que para su propio bienestar. Más simple, podría decirse que la persona humilde es la que está marcada por la buena voluntad de sustentar el poder en servicio de otros.

Hay tres pensamientos claves en esta definición. Primero, la humildad presupone su dignidad. El que es humilde actúa desde una altura al hablar, como la etimología de “bajo” lo deja claro. La verdadera humildad asume la dignidad o la fortaleza de quien posee la virtud, que es la razón por la que no debería ser confundido con tener una baja autoestima o ser un felpudo para otros. De hecho, yo llegaría a decir que es imposible ser humilde en el verdadero sentido sin tener un sano sentido de su propio valor y capacidades. Mark Strom, un colega historiador y analista del liderazgo apropiado, lo explica bien: “Los líderes sabios sostienen su nobleza con humildad. El ego autoritario y la debilitante autodegradación, generalmente, son evitados en todas las tradiciones de la sabiduría. Muchas tradiciones piden el equilibrio. Yo sugeriría un paso más, también encontrado en los escritos antiguos de los sabios: que usted mire más allá del equilibrio, que adopte la paradoja de la fortaleza en la debilidad, para encontrar su verdadero peso como líder”.

Segundo, la humildad es voluntaria. Es una elección. De otra manera, es humillación.

Finalmente, la humildad es social. No es un acto privado de recato, como desterrar pensamientos de orgullo, rechazar hablar de sus logros, etcétera. Yo llamaría a esto simple “modestia”. Pero la humildad se trata de remitir sus poderes, sean físicos, intelectuales, financieros o estructurales, por el bien de otros. Uno de los más antiguos textos griegos acerca de este asunto, escrito alrededor del año 60 a. C. para la colonia romana de Filipos, lo dice perfectamente: “En un estado de ánimo humilde considérense el uno al otro como si fueran mejores que ustedes, teniendo cuidado cada uno de ustedes no solo de sus propias necesidades, sino también de las necesidades de los otros”. La humildad es más sobre cómo trato a los otros que sobre cómo pienso acerca de mí mismo.

Permíteme ilustrar los tres aspectos de la humildad con un ejemplo de la virtud.

Mi ilustración favoritaviene del siglo pasado, de la industria del boxeo, una industria, por lo general, asociada con poner foco en otra persona de una forma muy diferente. No he sido capaz de verificar la historia, pero espero tener al menos los detalles básicos correctos.

Tres jóvenes subieron a un autobús en los años 30 y trataron de provocar una lucha con un hombre solitario que estaba sentado en la parte de atrás del vehículo. Lo insultaron. Él no respondió. Levantaron el tono de los insultos. Él no dijo nada. Tarde o temprano, el forastero se puso de pie. Era más grande de lo que ellos habían estimado por su posición en el asiento, mucho más grande. Metió la mano en su bolsillo, les dio su tarjeta de presentación, bajó del autobús y siguió su camino.

Mientras el autobús continuaba, los jóvenes se reunieron en torno a la tarjeta para leer las palabras: Joe Louis. Boxeador. Ellos acababan de intentar provocar una pelea con el hombre que sería el campeón del mundo en boxeo de peso pesado desde 1937 hasta 1949, el boxeador número uno de todos los tiempos, según la Organización de Investigación de Boxeo Internacional (el segundo en la lista es Muhammad Ali). Al parecer, se decía que Louis podría dejar inconsciente a un caballo con un puñetazo. Se me dificulta pensar cómo obtuvo él aquella reputación, pero el punto es simple. Aquí hay un hombre de un inmenso poder y habilidad, capaz de defender su honor con un solo golpe devastador. Sin embargo, decide renunciar a su posición y remitir su poder para otros, en este caso, para unos jóvenes muy afortunados.

Esta historia es emblemática de toda la vida de Louis. Criado en la pobreza por padres que fueron esclavos, Louis nunca olvidó sus principios humildes y vio su éxito como una oportunidad de devolver algo de lo que había recibido. El hombre no era ningún santo y, como muchos en su situación, sufrió problemas financieros más tarde en su vida. Pero es recordado no solo por sus logros sin par en el boxeo, sino también por su buena voluntad de sustentar el poder en servicio de otros, por su humildad.

La humildad, correctamente entendida, a menudo ha marcado a las personas más influyentes e inspiradoras en la historia, ya sean figuras religiosas como Jesús, activistas sociales como Nelson Mandela, o algunos de “los CEO más notables del siglo”, detallados en la investigación de Jim Collins: Darwin E. Smith de Kimberly-Clark y Colman Mocklerde Gillette.

Dejando aparte a tan altos y exitosos personajes, puedo afirmar que algunas de las personas más influyentes en nuestra vida diaria ejercen su influencia con humildad. Esto es ciertamente verdadero en mi caso. Pienso en mi maestro de quinto grado, el Sr. Bingham. Él era apenas una “figura de autoridad” en la escuela —muchos maestros hablaban más fuerte, eran más graciosos y nos atemorizaban más que él—, pero, por alguna razón, todavía me hallo pensando con cariño en su tono apacible y paternal, y en la paciencia infinita que tuvo con este transgresor de 11 años.O pienso en mi buen amigo, el profesor Bruce Robinson, una autoridad internacional en lo que respecta a enfermedades respiratorias, de la Universidad de Australia Occidental. En casa y entre amigos, él es modesto al extremo. Es más feliz reclinado en su sillón en pantalones cortos con una cerveza en la mano, interrogando a otros sobre sus opiniones de la vida (especialmente si vienen de fuera de su círculo de educación de clase media) que de pie, delante del mundo médico, informando a sus pares de los últimos descubrimientos de su equipo de investigación. Como les dije a algunos de sus amigos recientemente en una cena, ¡él es una de las pocas personas que conocí en mi vida cuyas opiniones me resultan casi tan apremiantes como las mías propias!

Permíteme aclarar que lo que digo no es que la humildad automáticamente hace a alguien grande. Mucha gente humilde alcanza apenas un poco más que relaciones profundas y duraderas (que, si pensamos en ello, es probablemente la prueba más certera de una vida de éxito). Tampoco digo que no puede ascenderse a “las alturas” sin humildad. Todos conocemos a personas que han logrado llegar a lugares altos y que parecen perfectamente felices manteniendo su distancia objetiva de la virtud. Lo que digo es que la humildad realza lo ordinario y hace lo grande aún mayor. Si eres una persona promedio, que trata de hacer la diferencia en su vecindario o ser un líder corporativo, un entrenador de fútbol, un comandante militar, un maestro de escuela o un padre que desea realzar su impacto en aquellos que están a su cuidado, mi objetivo es convencerte de la lógica, la belleza y los beneficios de la antigua virtud de humilitas.

Antes de concluir con algunos “consejos” sobre cómo cultivar la humildad en nuestras actividades personales y profesionales, quiero describir un beneficio crucial de la humildad en el nivel social. En una cultura religiosa y moralmente diversa como la nuestra, la humildad es una clave muy necesaria parala armonía.

El peligro de la convicción

Los recientemente conocidos “nuevos ateos”, Richard Dawkins, Daniel Dennet y Christopher Hitchens, han puesto en un agudo foco el efecto pernicioso de puntos de vista monopolísticos religiosos y morales. Hitchens habla por muchos cuando escribe: “Creemos con certeza que puede vivirse una vida ética sin la religión. Y sabemos que el siguiente corolario es verdadero: la religión ha causado que innumerable cantidad de personas no solamente no se comporten mejor que otras, sino que se concedan el permiso de comportarse de maneras que harían que un encargado de un burdel o un limpiador étnico levantaran una ceja. Mientras escribo estas palabras y mientras usted las lee, la gente de fe está, en sus diferentes formas, planificando su destrucción y mi destrucción, y la destrucción de todos los  conocimientos ganados con esfuerzo humano que he mencionado. La religión envenena todo”.

A menudo, la respuesta a los efectos dañinos de las pretensiones de verdad absoluta es argumentada como “tolerancia”. Si tan solo las personas se toleraran unas a otras, dice la lógica, progresarían.

La tolerancia, en este contexto, por lo general significa algo así como estar de acuerdo en que todos los puntos de vista son igualmente verdaderos o válidos. En una tentativa para establecer este concepto en el escenario mundial, la 48° Asamblea General de las Naciones Unidas declaró que 1995 sería el “Año Internacional de la Tolerancia”. La necesidad durante ese año era clara.

“La intolerancia es uno de los mayores desafíos a que nos enfrentamos en vísperas del siglo XXI”, decía la declaración de misión de las Naciones Unidas. “La intolerancia es tanto un asunto ético como político. Es un hecho que en la mayoría de las sociedades hoy coexisten muchas religiones, culturas y modos de vivir diferentes. Es esencial recordar que los valores humanos básicos que nos unen son más fuertes que las fuerzas que nos separan”. La documentación de apoyo ofreció una extensa lista de definicionesde la virtud: “La tolerancia es el reconocimiento y la aceptación de las diferencias individuales. La tolerancia es el reconocimiento de que ninguna cultura, nación o religión individual tienen el monopolio del conocimiento o de la verdad. La tolerancia es una forma de libertad, libertad del prejuicio, libertad del dogma. Una persona tolerante es dueña de sus propias opiniones y acciones”.

Lo que encuentro interesante en esta definición es la forma en que procura establecer la armonía entre personas que tienen diferentes puntos de vista, pidiéndoles que suavicen sus convicciones. Solo a través del rechazo del dogma y aceptando los puntos de vista contrarios como válidos podremos avanzar y esperar llevarnos bien uno con el otro; esa es la idea esencial del documento. Con el debido respeto al cuidadoso pensamiento que nos llevó al Año Internacional de la Tolerancia, pienso que podemos hacer mucho más y mejor que pedirle a la gente de convicción fuerte —o aun dogma— que mitigue sus presunciones de conocimiento y verdad.

Los límites de la tolerancia

Piense en el contexto religioso, por un momento. ¿Podemos pedirle seriamente a los budistas que acepten como válida la doctrina hindú de “atman” o alma eterna, cuando Buda mismo rechazó la idea y enseñó que no existe ninguna alma y que, en última instancia, no hay ni siquiera un yo? Según esta lógica, la “tolerancia” requiere que el budista acepte dos puntos de vista completamente contradictorios como igualmente verdaderos y válidos.

¿Puede un cristiano aceptar como válida la insistencia del Corán de que Jesús era solo un profeta humano y que en ningún sentido era divino? La divinidad de Cristo ha sido central para el cristianismo desde el principio. Aceptar una idea tan en desacuerdo con sus convicciones principales implicaría una contradicción lógica.

En un contexto moral, la “tolerancia” (del modo en que porlo general es entendida) es igualmente problemática. ¿Quésignificaría la tolerancia en el debate del aborto, para escoger unejemplo difícil? No puede esperarse que los “liberales” aceptencomo válido el punto de vista conservador de que el aborto es ladestrucción egoísta de un futuro ser humano indefenso. Para serleales a sus convicciones, los liberales rechazarán aquella opinióncomo invasiva, imperialista y fanática. A la inversa, es tambiénverdad. Los “conservadores” no pueden aprobar el punto de vistade que el aborto es simplemente parte del derecho natural de una mujer de controlar su propio cuerpo. Ellos creen que hay asuntos mucho más grandes en juego.

Es una receta para el desastre. El consejero experimentado anima a sus clientes a ser francos con respecto a sus desacuerdos, y solo entonces a encontrar un modo de reparar la disfunción.

Convicción y humildad

¿Cómo puede la sociedad, en conjunto, ser honesta acerca de sus desacuerdos morales y religiosos, y trabajar para reparar las disfunciones? Mi respuesta no le sorprenderá. Si la humildad es la noble decisión de sustentar nuestro poder por el bien de otros antes que por nuestro propio bien, su importancia en la esfera moral y religiosa es revolucionaria. La humildad aplicada a las convicciones no significa creer menos en las cosas; quiere decir tratar a los que tienen creencias contrarias con respeto y amistad. Esta es una distinción importante. Algunos filósofos argumentan que el camino hacia la armonía es una humildad epistémica, es decir, solo provisionalmente, para reclamar cualquier conocimiento (episteme es la palabra griega para “conocimiento”). Si dudo de mi propia opinión, dicen ellos, tenderé a ser más amable con los que tienen opiniones diferentes. El argumento para la humildad epistémica —que considero como una aplicación defectuosa de la humildad— es algo como esto: la observación de la diversidad de creencias debería hacerme reflexionar acerca de por qué creo lo que creo; tal reflexión puede revelar debilidad en la justificación de mis creencias o puede hacerme dar cuenta de que mis motivaciones para tal creencia no son mejores que las de alguien más; todo esto me conduce a mantener mis puntos de vista provisionalmente y así ser tolerante con todos los demás puntos de vista.

Hay algunos problemas con este argumento. Asume que todas las creencias son básicamente de igual valor, igualmente fuertes o débiles. Eso no puede ser. Un punto de vista científico de medicina, por ejemplo, es mejor para la salud que uno mágico. Lo que es más importante, ya que algunas visiones del mundo fomentan la armonía más que otras, ¿cuál sería la ventaja de pedirles a todos ellos que mitiguen sus convicciones? Seguramente, podríamos haber deseado que Hitler dudara de su nazismo y Stalin de

su marxismo, pero ¿realmente queremos que el Dalai Lama haga lo mismo? Yo, por mi parte, soy feliz si el Dalai Lama permanece dogmático con respecto a la no violencia. El gran crítico literario y comentarista social británico del siglo XX, G. K. Chesterton, ha

descrito con precisión el punto que trato de enfatizar: “Por lo que sufrimos hoy es por la humildad en el lugar incorrecto. La modestia se ha movido del órgano de la ambición. La modestia ha sido ubicada sobre el órgano de la convicción, donde nunca debió estar. Un hombre fue creado para tener dudas sobre sí mismo, pero no para dudar de la verdad. Esto ha sido  puesto exactamente al revés (…). Estamos en camino a producir una raza de hombres demasiado modestos mentalmente para creer en las tablas de multiplicación”.

Cuando hablo de la humildad aplicada a la convicción, no me refiero a creer menos. Abogo por que mantengamos nuestras convicciones firmemente, pero que lo hagamos con un corazón blando hacia los que tienen convicciones contrarias.

Un cristiano humilde, también, puede pensar que los musulmanes se equivocan al negar el estado de divinidad de Jesús y su rol como Salvador, pero continuar trabajando para dar la bienvenida y honrar a los musulmanes como miembros de la familia humana.

Esto debería ser igualmente posible en la esfera moral. Un conservador humilde defiende lo que él cree, pero nunca permite que sus reclamaciones de verdad se vuelvan una justificación para la discriminación y el fanatismo. Considera la homosexualidad y

el aborto como desvíos profundos de las intenciones del Creador para la humanidad, pero activamente promueve la amistad con la comunidad gay y con los que están a favor del aborto, y no les desea ningún daño.

Hay una falla en la imaginación ética de nuestra cultura que probablemente hace que mi argumento suene pintoresco e idealista. Hemos olvidado cómo flexionar dos músculos mentales al mismo tiempo: el músculo de la convicción moral y el músculo de

la compasión, de manera completamente independiente de su moralidad.

La sociedad secular, no menos que la religión, a menudo funciona sobre una lógica intolerante: solo pueden amar a aquellos cuyas vidas aprueban. Solo pueden ser amigos de las personas que están de acuerdo con ellos. La lógica puede llevarnos en dos direcciones. La versión religiosa reduce el número de gente que ama, de modo que hagan juego con los pocos modos de vivir que aprueba. La versión secular aumenta el número de modos de vivir que aprueba, al punto de aceptar prácticamente todo, así llegamos a hacer realidad el famoso chiste de G. K. Chesterton sobre la liberalidad: “Una mente abierta se parece a una boca abierta: su propósito es morder algo nutritivo. De otra manera, se vuelve como una alcantarilla, aceptando todo, no rechazando nada”. En ambos casos, la lógica es la misma: solo puede amar a aquellos cuyas vidas usted aprueba. Pero hay debilidades en ambas encarnaciones de la lógica. La debilidad de la versión religiosa es su falta de habilidad para mostrar compasión más allá de los límites de sus convicciones morales. La debilidad de la versión secular es la pérdida de fuerza en el conocimiento de lo que está bien y mal, en primer término.

Pero hay un tercer camino, basado en una lógica diferente. Es donde aprendemos a respetar y a preocuparnos aun por aquellos con quienes discrepamos profundamente. Mantenemos nuestras convicciones, pero decidimos nunca permitirles que se vuelvan justificación para pensar que somos mejores que aquellos con convicciones contrarias. Nos movemos más allá de la mera tolerancia hacia la verdadera humildad, la llave hacia la armonía en el nivel social.

Por John Dickson
Tomado del libro: Humilitas
Peniel

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