En la misma condición que Pedro

Si ese es tu caso, necesitas tener un encuentro con el Maestro

Por Jacobo Ramos

Luego de la invitación de Jesús, muchas cosas extraordinarias sucedieron en la vida de Pedro. Caminó sobre las guas, confesó a Jesús como el Mesías, sanó enfermos, experimentó milagros impresionantes y estuvo dispuesto a tomar una espada para defender la vida de Jesús. Sin embargo, un día decidió negar todo lo que había visto y degustado. Por eso se encontraba en la orilla nuevamente.

¿Qué hizo que aquel que había dejado todo por seguir al Hijo de Dios decidiera un día negarle? Parece inexplicable que un hombre que caminó tanto junto a Jesús, negara la fe que un día le dio propósito y avivó su corazón. Es fácil llegar a criticar a Pedro, pero la realidad es que muchos nos hemos encontrado en la misma situación.

Una de las razones puede ser que, con el paso del tiempo, muchas cosas se nos olvidan. Damos por sentado dónde estamos y cómo estamos. Podríamos caminar por la vida disfrutando de la sanidad que un día nos llegó, y se nos olvida cómo fue que la recibimos. Se nos escapa de la memoria lo que nos motivó a tomar decisiones que cambiaron nuestro curso de vida.

Prohibido olvidar

Hay muchas leyendas relacionadas a la construcción del TajMahal, en India. Es una obra impresionante, señalada como una de las siete maravillas del mundo. Quiero compartir contigo la más notable de esas leyendas.

Se cuenta que el emperador ShahJahan decidió hacer un monumento para recordar el amor que tenía por su tercera esposa, quien había muerto durante el parto de su décimo cuarto hijo. Se dice que el emperador quedó muy triste debido a que no había tenido la oportunidad de brindarle a su esposa un palacio ni una corona. Por eso propuso darle una ofrenda póstuma. Decidió edificar un palacio que sirviera de tumba para ella.

Más de veinte mil hombres trabajaron en su construcción. Valiosos materiales como mármol blanco, oro y piedras preciosas se trajeron de diferentes puntos del mundo para añadirle atractivo a esta hermosa obra.

El tiempo pasó y la obra comenzó. Llegó un punto donde la carga, las tareas y las responsabilidades de esta construcción abrumaron al emperador. Cada detalle requería mucha atención de su parte. Pasado el tiempo, ya había perdido el entusiasmo y la pasión que tenía al comienzo. Al ver todos los malestares que traía la edificación, estaba muy incómodo y cansado. Un día llegó malhumorado a la construcción, y comenzó a tomar decisiones a la ligera.

Mientras caminaba por el palacio, tropezó con una caja de madera que se encontraba entre los escombros. Molesto, sacudió su pierna y ordenó que se deshicieran del cajón viejo. Ninguno de los obreros se atrevió a decir algo. Sin saber, el emperador había pedido que retiraran la caja que contenía los restos de la emperatriz amada, la misma a quien había querido honrar.

El palacio fue terminado después de veintidós años. Desde entonces, se conoce al TajMahal como el único palacio que no tiene reina. El emperador nunca imaginó que aquel tropiezo era una señal que debió haberle hecho recordar qué le llevó a construir ese palacio. Hay veces que de tanto hacer lo que hacemos, se nos olvida por qué lo hacemos.

El emperador no sabía que había ordenado la eliminación de la razón de todo el esfuerzo. Los restos de la amada estaban escondidos bajo capas de escombros y tiempo. Aquella a quien se quería honrar estaba siendo olvidada, sin embargo, todo siguió como si nada. La construcción se terminó, tal y como se planificó. Solo que en el camino se perdieron la razón la intención y la motivación original.

Parece increíble que algo así suceda. Sin embargo, sucede más de lo que imaginamos. A todos puede pasarnos. Puede que comencemos a construir un templo, y en el proceso olvidemos por qué. Podríamos levantar un monumento y olvidarnos del campeón a quien le quisimos erigir un monumento. Podríamos comprar una casa para la familia, y con todo lo que hay que hacer para mantenerla, olvidar la familia para quien se compró la casa. Podríamos estar casados durante años, y olvidarnos de por qué caminamos juntos. Por eso es importante recordar constantemente por qué hacemos lo que hacemos.

Preguntas de rigor

Como a Pedro, a veces se nos olvida por qué y cómo llegamos a la orilla. Se nos olvida por qué negamos todo lo que un día nos hizo vivir tan enamorados de la vida. Se nos escapa que la única razón por la que hemos podido caminar sobre las aguas es porque fuimos invitados por Dios, en amor, a caminar una vida extraordinaria. Fue su amor lo que hizo que todos podamos vivir más allá de lo que habíamos imaginado,

Una de las mejores reacciones que podemos tener al encontrarnos así, es regresar al lugar donde recordemos la razón que nos hizo apasionarnos por primera vez. Tenemos que recordar, constantemente, cómo llegamos aquí, para qué y por qué dejamos todo por seguir la pasión que nos conquistó el primer día.

El segundo encuentro de Pedro con Jesús no fue un accidente, ni una casualidad. Fue una muestra más del incesante e inquebrantable amor del Padre. Esta visita era tan oportunamente divina para ver, recordar y volver a apasionarse con aquello que un día le brindó a Pedro las razones abundantes para vivir una vida más allá de la orilla.

Jesús se acercó. ¡Qué impresionante que a Dios le interesa acercarse a nosotros en los días cuando sentimos que hemos decepcionado a tantos! Dios desea renovar nuestra fe y nuestra pasión.

Al despuntar el alba Jesús se hizo presente en la orilla, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era él. ‘Muchachos, ¿no tienen algo de comer?’, les preguntó Jesús. ‘No’, respondieron ellos. ‘Tiren la red a la derecha de la barca, y pescarán algo’.  Así lo hicieron, y era tal la cantidad de pescados que ya no podían sacar la red. ‘¡Es el Señor!’, dijo a Pedro el discípulo a quien Jesús amaba. Tan pronto como Simón Pedro le oyó decir: ‘Es el Señor’, se puso la ropa, pues estaba semidesnudo, y se tiró al agua. Los otros discípulos lo siguieron en la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues estaban a escasos cien metros de la orilla” (Juan 21:4-8).

Estaban todos juntos en la barca sin saber qué pasaría. Entre ellos se encontraba Juan, Natanael, Tomás y Pedro, tratando de encontrarle sentido a todo lo que vivían. Nunca imaginaron que sería así. Jesús se les acercó, no solo para recordarles que todo lo que habían vivido no era un vano, sino para afirmarles que todavía había más.

Aunque todos necesitaban ese encuentro, nadie más que Pedro. ¿Qué se hace luego de haber decepcionado a Aquel que creyó en ti cuando no tenías posibilidad de un futuro mejor? ¿Cómo puede creerse en uno mismo después de haber negado todo lo que uno ha creído? Jesús estaba a punto de darle a su discípulo una de las lecciones más memorables.

Pedro necesitaba arreglar cuentas, borrar el pasado y comenzar de nuevo. Por eso, cuando escuchó que era el Señor, no pudo contenerse. Por primera vez en tanto tiempo, su corazón volvió a latir con intensidad.

Jesús estaba a punto de sorprender a Pedro, así como quiere sorprenderte a ti hoy. “Al desembarcar, vieron unas brasas con un pescado encima, y un pan. ‘Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar’, les dijo Jesús. Simón Pedro subió a bordo y arrastró hasta la orilla la red, la cual estaba llena de pescados de buen tamaño. Eran ciento cincuenta y tres, pero a pesar de ser tantos la red no se rompió. ‘Vengan a desayunar’, les dijo Jesús. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio a ellos, e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado.

Cuando terminaron de desayunar, Jesús le preguntó a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’. ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’, contestó Pedro. ‘Apacienta mis corderos’, le dijo Jesús. Y volvió a preguntarle: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’. ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. ‘Cuida de mis ovejas’. Por tercera vez Jesús le preguntó: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’ A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera preguntado: ‘¿Me quieres?’ Así que le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero’. ‘Apacienta mis ovejas’, le dijo Jesús. De veras te aseguro que cuando eras más joven te vestías tú mismo e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir. Esto dijo Jesús para dar a entender la clase de muerte con que Pedro glorificaría a Dios. Después de eso añadió: ‘¡Sígueme!’” (Juan 21: 9-19).

Comer juntos es un símbolo de intimidad y transparencia. Es un espacio donde podemos abrir el corazón. Un momento donde tenemos muchas conversaciones claves necesarias con nuestras familias y relacionados. En una mesa, no solo se alimenta el cuerpo, sino también el corazón. Justo cuando terminaban de desayunar, Jesús preguntó. La intención de esta visita estaba a punto de revelarse. Pedro no lo esperaba, pero las preguntas de rigor estaban a punto de comenzar.

Me imagino luego de intentar aclarar su garganta, Pedro lo miró con cara de: “¿Cómo preguntas eso, Señor? ¿Aquí delante de estos? ¿Con todo lo que ha pasado entre nosotros?”. Ese es el tipo de preguntas que no debemos evadir. Justo las que nos ayudarán a salir de nuestra condición. Algunas de ellas nos harán sentir incómodos, pero son necesarias para renovar nuestra fe el día de la aflicción. También nos permiten definirnos. Necesitamos atrevernos a hacernos las preguntas difíciles y determinantes, aunque nos hagan sentir un poco incómodos.

Jesús estaba determinado. Había fijado su norte y no andaría con rodeos. Deseaba crear un ambiente donde Pedro pudiera definirse; darle una experiencia donde conociera la realidad de su corazón. Solo allí Pedro podría hallar libertad de esa fatiga que su alma experimentaba. Es como si con cada pregunta, Jesús dijera: “Es el momento de conoce dónde estás parado. Aquí puedes definir tu corazón y madurar tu pasión”.

“¿Me amas?”.

Para querer se necesita un deseo. Para amar se requiere voluntad. Querer es un impulso que busca ser satisfecho. El amor requiere una decisión. El querer no requiere un lazo firme. El que ama se compromete y permanece. El que quiere no tiene por qué asumir responsabilidad. El que dice amar busca entregar.

Para poder tomar decisiones que le den un giro a nuestra condición, debemos ser capaces de definir lo que creemos, y definirnos a nosotros mismos. Muchos matrimonios dicen que su amor se ha apagado, pero en realidad es que han renunciado a su capacidad de comprometerse como lo hicieron un día. Si lo hicieran nuevamente, verían resultados diferentes. Se les olvidó el compromiso que les llevó hasta allí. Se les nubló la pasión, al no ser capaces de mantener vivo en su mente el recuerdo de todo lo que les une. Cuando se nos olvida qué es lo que nos une, se debilitan la entrega, la pasión y el compromiso.

Muchos quieren alcanzar muchas metas, pero solo aquel que ama su causa con intensidad, será capaz de comprometerse para ir en pos de lo que persigue. Eso es pasión. Es un amor tan profundo y comprometido, que está dispuesto a sufrir lo que sea necesario con el fin de ver cumplirse la causa. Es la entrega incondicional con una conducta desmedida. Es la fuerza que cautiva y captura esa causa que conquistó el corazón.

Por Jacobo Ramos
Tomado del libro: Si acaso se me olvida
Casa creación

Si Acaso se me Olvida

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