Cuando llega la noche

El Señor nos revela que la noche tiene un propósito

Por A. W. Tozer

La noche tiene un ministerio para usted y para mí. Con “noche” me refiero a las circunstancias propias de un mundo caído. Es la la incidencia ocasional de la enfermedad, la pérdida de un ser querido, el fracaso de nuestras esperanzas y la decepción cuando otros nos fallan, y cosas por el estilo. A esto se suman los ataques del enemigo que nos acosa. Todas estas cosas son, en cierto sentido, la oscuridad en acción; estamos en medio de ellas y no podemos eludirlas.

En La Biblia descubro a aquel hombre que estaba enfermo y que, cuando contrajo su enfermedad, se volvió al Señor. Le dijo: Antes de sufrir anduve descarriado, pero ahora obedezco tu palabra” (Salmo 119:67). Las iglesias han creído, a lo largo de los siglos, que a veces el Señor endereza a su Pueblo permitiendo que padezca de enfermedades. Encontrará esta verdad en 1 Corintios 11:27-34, y en Las Escrituras hallará muchos pasajes más que le enseñen lo mismo. Por lo tanto, cada vez que sienta dolor, no acepte la idea moderna y absurda de que es el resultado de haberle fallado al Señor en algún sentido. El Señor puede convertir ese sufrimiento en gloria.

Cuando el Dios Todopoderoso nos involucra en el ministerio del día y de la noche, del bien y del mal, de Dios y del diablo, hace que este último trabaje para nosotros. La apareja como al asno necio que es, y le hace tirar del carro de los santos de Dios. Esto es algo que Dios siempre ha hecho y siempre hará. Cuando el diablo empieza a rugir, buscando a quién devorar, Dios embotella su rugido y lo hace obrar a favor del Reino y de sus santos. Los vientos que soplan y las estrellas en el firmamento luchan por los hombres y las mujeres a los que el Señor se deleita en honrar.

 

Dios de todo el día

El ministerio de la noche radica en esa angustia que usted ha llevado consigo y soporta ahora. La noche de Job el sufriente no solo estaba llena de dolor físico, sino de otro dolor peor, el de la sospecha y la culpa. Su propia esposa se volvió contra él y le dijo con sarcasmo que tenía que tirar la toalla. Él respondió: ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10 RVR60).

La esposa de Job desapareció, y nunca volvió a saberse de ella. Pero Job tuvo que soportar una situación difícil. Dios permitió que tres amigos elocuentes, que habían comido en su mesa, vinieran a verle y comenzasen a mascullar poesías para demostrar que Job había sido un hipócrita toda su vida. Si usted cree que eso es fácil de soportar, pruébelo alguna vez. Job tuvo que hacerlo. Fue un tiempo largo, y Job dijo: Él, en cambio, conoce mis caminos; si me pusiera a prueba, saldría yo puro como el oro” (Job 23:10).

A Jesús lo llamaron “el varón de dolores”. Por eso no puedo creer que nosotros, los cristianos felices que siempre queremos reír, seamos verdaderos seguidores del varón de dolores. Porque Él fue un varón de dolores, experimentando un quebranto. Quienes siguen a Cristo pasarán muchas noches tristes.

Pienso en nuestro viejo amigo Abraham, quien tomó el cuchillo para matar a su propio hijo (Génesis 22:1-9). Dios le aferró de la muñeca con la suficiente rapidez como para detenerle; pero Abraham ya había padecido todo ese dolor psicológico interno cuando le dijo que sí a Dios. En su corazón, Abraham ya había muerto. Era un hombre herido, que iba perdiendo la vida lentamente. Dios le suturó la herida, le sanó y le devolvió a su hijo. Además, le devolvió todo lo perdido, lo bendijo y engrandeció su nombre. Desde entonces todas las naciones de la tierra han sido benditas por medio de él. Pero Abraham tuvo que pasar por la llegada repentina de la noche oscura en mitad del día. Tuvo que conocerla.

Pienso en el profeta Jeremías. Descubro a muchos hombres que vagabundean por el mundo y que no hacen nada bueno, y a muchos otros que son los mensajeros y los santos de Dios, a los que nadie quiere. Nunca podemos decir si Dios bendice a una persona en función de las llamadas que recibe, porque muchos de esos hombres que las reciben, si se supiera la verdad sobre ellos, jamás recibirían llamada alguna, excepto la de un tribunal de justicia. Hay otras personas que son los santos de Dios, pero son rechazadas.

Recuerdo a un viejo predicador irlandés llamado Robert J. Cunningham, un querido amigo mío. Siempre me dijo que tenía entre 25 y 80 años, y nunca me dijo nada más. Jamás supe su edad. Era uno de esos hombres tan delgados que ya no podía adelgazar más, y tan seco que ni siquiera su aliento era húmedo pero era un santo. Miraba al techo y predicaba a su congregación. Le criticaban porque oraba mucho. En cierta ocasión dijo: “Si la única crítica que pueden hacerme mis amigos es que oro demasiado, no pasa nada; eso no es malo”. Tenía algo de fracasado; nadie le llamaba y le decía: “Hermano Cunningham, venga a predicar ante quinientos ministros”. Nadie le pidió eso jamás, porque entonces hubiera ido y, mirando al techo, hubiera predicado un sermón árido. Pero Dios estaba en aquel hombre. Era un santo. Caminó con Dios “y desapareció porque le llevó Dios”.

A veces el fracaso es una evidencia de la mano de Dios sobre una persona, y los cristianos podemos permitirnos fracasar, porque Jesús también se lo permitió. Murió allí en la cruz, y aquella situación pareció un final deslucido, trágico y absurdo para un hombre que tuvo una buena intención pero no supo manejarse bien. Al tercer día Dios le levantó de los muertos y le sentó a su diestra, colocándole como la cabeza de todas las cosas para la Iglesia, y poniéndolo todo como estrado de sus pies, ya sean principados, potestades o dominios, todo bajo sus pies; sin embargo, cuando murió pareció un fracasado. Solo “pareció”, porque fue un éxito resonante antes de que se creara el mundo, y en esta hora, y lo será en todos los mundos venideros. A veces, el fracaso es la noche.

¿Qué pensaba la gente de Juan el Bautista? Decían que más le valía no haber nacido. ¡Qué fracaso, qué pobre desgraciado era! Oí una vez decir a alguien que cuando murió Juan el Bautista, alguien en la Tierra dijo: “Ah, Juan el Bautista ha muerto”; y alguien en el cielo respondió: “¡Ah, aquí viene Juan el Bautista!”. Todo depende de cómo se miren las cosas.

En el Libro de visiones y revelaciones, lady Juliana de Norwich dijo lo siguiente: “Gracias al tierno amor que manifiesta nuestro buen Señor para con todos aquellos que han de ser salvos, los conforta aprisa y con dulzura, con lo cual nos dice lo siguiente: ‘Es cierto que el pecado es la causa de todo este sufrimiento; pero todo irá bien, todo saldrá bien, y todas las cosas tendrán un buen resultado’”. Cuando antes aprendamos a valorar el ministerio de la noche, antes perderemos todas nuestras aprensiones asociadas a ella.

Por A. W. Tozer
Tomado del libro: Fe auténtica
Portavoz

 

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