Como el pez necesita el agua

Hay una necesidad imperiosa de predicar el Evangelio

Por Reinhard Bonnke

Puede que algunos interpreten Las Escrituras de manera que puedan justificar su negligencia en la salvación de los perdidos. Pero incluso la oración misma, que es vital, no debe sustituir al evangelismo. Como dice Suzatte Hattingh: “La oración sin  evangelismo, es como una flecha disparada al aire”.

Las necesidades del mundo saltan a la vista y son tan grandes que llenaríamos un libro si intentáramos enumerarlas. Si hay algo que puede aliviar los pesares del mundo, es sin duda el Evangelio. Predicarlo es soltar ataduras. No predicar significa atar. ¡Dejar de divulgar La Palabra de Dios equivale a esconder el remedio del paciente!

Algunos han perdido la esperanza. Se han dado cuenta de las limitaciones de la ciencia, la tecnología, la medicina, la política y la educación. Buscan la forma de olvidar. Drogas, bebida, cualquier cosa, incluyendo el misticismo. La idea de que el hombre solo tiene al hombre para ayudarle es alarmante. Cada esfera de la vida clama por el Evangelio; y es que sin La Palabra de Dios, somos como un pez fuera del agua. Ya sea en lo personal, en lo social o en nuestra vida cristiana, la única esperanza que tenemos es el Evangelio.

Isaías escribió: “…Toda su cabeza está herida, todo su corazón está enfermo” (Isaías 1:5). A veces nuestros cuerpos sanan por sí mismos, pero muy a menudo necesitan medicinas. La enfermedad puede vencer las defensas naturales del cuerpo, y entonces requiere de ayuda externa a fin de reforzar dichas defensas. De igual manera, cuando de la salvación se trata, el único remedio de que disponemos es el poder divino de las Buenas Nuevas. Nuestra tarea es poner ese remedio sobre la mesa. No debemos dudar de su poder solo porque algunas personas no quieran aceptarlo. Uno no puede forzar la curación del individuo. Si el paciente resuelve no someterse a un tratamiento, simplemente morirá, a menos que Dios, en su misericordia, decida intervenir.

La historia de Israel es prueba de que cuando los judíos eran fieles a su fe, les iba bien. Cuando entregaban sus corazones a religiones nuevas, a dioses paganos o a la perversión y el desenfreno, la consecuencia automática era el desastre. La vida espiritual del pueblo de Israel siempre fue un factor determinante para su prosperidad.

Tratar la fe en Dios como un asunto secundario, o como un tema de controversia sin importancia, es fatal. Nosotros somos lo que creemos. Toda actividad es regulada por la fe. Si no nos damos cuenta de eso entonces no sabemos nada acerca de la naturaleza humana. En última instancia, lo único que cuenta es Dios. ¡Es imposible no exagerar la urgencia del Evangelio!

Uno no puede predicar como un mero beneficio social. El mensaje de la cruz tiene que ver con Dios, y Él tiene que ver con la eternidad. Para comenzar, nada está completo sin Dios. Muchos ateos afirman que la vida no tiene significado. Esta es una muestra del cinismo de los incrédulos. Ellos no pueden tener esperanza porque no tienen a Cristo.

Afortunadamente, la mayoría de nosotros nos damos cuenta de que Dios nos confronta con la eternidad. Nuestro destino está ligado al Evangelio. La Palabra nos dice: “Jesús salva”. Él salva de la ira, del juicio, del infierno, de las ataduras, del diablo y de las tinieblas. Nos salva de morir en nuestros pecados.

Yo sé que hay quienes despectivamente han llamado al Evangelio un “seguro contra incendios”.  Y bueno, ¿qué hay de malo en tener un “seguro contra incendios”? De hecho, quien no asegura su casa, no es precavido. Como quiera que sea, nosotros sabemos que asegurar nuestra salvación es mucho más importante que asegurar nuestra casa, y ¿quién nos ofrece ese seguro sino Jesús?

Un solo clamor

Si el tema de la vida eterna no justifica la urgencia de proclamar el Evangelio, no puedo pensar en otra cosa que sí lo haga. Es cierto que hay otros tipos de fe; pero al examinarlos, uno se da cuenta de que están totalmente vacíos. Los cultos orientales de control mental, apenas producen beneficios transitorios. No hay comparación; el Evangelio va más allá del control o el relajamiento de la mente.

Jesús no vino para darnos sentimientos religiosos o sugerirnos un sistema de control mental. No vino a enseñarnos a utilizar nuestros “recursos internos” para salvaros. ¡Él vino a salvarnos! Jesús no fue un maestro de meditación trascendental, del quietismo o del estoicismo. Él fue y es, primero y primordialmente, nuestro Salvador.

Lo que hace maravilloso al Evangelio es su perspectiva de la vida; una vida de tal calidad, que nos llenará por toda la eternidad. Jesús dijo: Entonces Jesús le dijo: ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?’” (Juan 11: 25-26).

¡Eso es el Evangelio! Lógicamente, es imposible mejorarlo. Lo mejor de todo es que esa vida está actualmente a nuestra disposición. ¿Será urgente llevar el mensaje? El mundo necesita del Evangelio como el pez necesita del agua. La vida eterna es el regalo más precioso que se nos puede dar. Ese es el mensaje del Evangelio, y también es la razón principal para predicarlo. ¡Hoy en día, el mundo necesita desesperadamente de él!

Cuando tomamos el camino de Dios, todo el gozo es nuestro. Cuando nos resistimos, rechazamos su preocupación por nosotros. Echamos a perder su propósito de bendecirnos, y destruimos la felicidad. ¡Y vaya que nos distinguimos por destruir! Podemos ver desde inscripciones que arruinan paredes hasta la amenaza de extinción del medio ambiente. Hacemos guerras, odiamos, pisoteamos la buena tierra y arruinamos mucho de lo que Dios nos da.

La mayor parte de esta destrucción, proviene de la maldad o de la codicia. En realidad, proviene de nuestro alejamiento de Dios. La mayoría de los males del hombre son causados por él mismo. El Evangelio trastoca estos procesos fatales. Nos transforma para hacer la voluntad de Dios, que siempre es nuestro beneficio. Dios ama su planeta. Si nos volvemos a Dios, recibiremos la bienvenida del Padre y “comenzaremos a regocijarnos”.

Dios está sacudiendo al mundo con el Evangelio. El resultado es la salvación: perdón de pecados, armonía racial, eliminación del crimen, devolución de bienes robados, matrimonios restaurados, familias reunidas, hombres malvados transformados en santos, adicciones fatales curadas y milagros de sanidad.

Las Buenas Nuevas son la fuerza más increíble que hay sobre la Tierra. Su propósito no es rebajarnos al mínimo común denominador, ¡sino crear nuevas criaturas y darnos a todos el privilegio de ser hechos hijos de Dios! Hombres que alguna vez fueron salvajes, son restaurados y andan como príncipes. ¡Aleluya! ¡Qué motivación para predicarlo! ¿Habrá algo más emocionante, más venturoso y que valga más la pena? ¿Qué otra cosa vale el esfuerzo de la vida?

La escena de Dios es la única escena. Afuera están los desiertos y los horizontes donde jamás amanece. A fin de aplacar su sed, los incrédulos tendrán que extraer lo que puedan de la tierra seca por el resentimiento, la duda y el odio. Pero el Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!… toma gratuitamente del agua de la vida” (Apocalipsis 22:17). En el Evangelio se predica una manera de vivir que nos acerca cada vez más al día perfecto. Por eso es necesario predicar el evangelio. ¿Puede haber mayor urgencia que esta?

Por Reinhard Bonnke
Tomado del libro: Evangelismo con fuego
Editorial Desafío

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