El aborto desde adentro

Un testimonio escalofriante que arroja luz en tiempos turbulentos

La hilera de lámparas del quirófano arrojaba una luz intensa sobre la paciente mientras el Dr. Bernard Nathanson examinaba la escena con un acostumbrado ojo clínico por debajo de sus pobladas cejas negras. Pesadas sábanas blancas cubrían el torso de la mujer; sus rodillas estaban dobladas y sus pies en los estribos de la camilla. Hacía cuarenta minutos le habían dado un tranquilizante para disminuir su ansiedad.

Nathanson posicionó el espéculo para mantener abierto el canal vaginal, y luego administró anestesia local al cuello del útero con una jeringa hipodérmica. Ensanchó el canal cervical con una varilla de metal e insertó la cureta (un instrumento largo de acerco con una anilla de bordes filosos) en la cavidad uterina. El embarazo de la paciente era de aproximadamente nueve semanas, tiempo suficiente como para Nathanson demorara uno o dos minutos adicionales para asegurarse de raspar todo el revestimiento del útero y juntar el tejido para examinarlo.

Al final de los diez minutos del procedimiento, Nathanson examinó con cuidado los bultos de tejido sanguinolento sobre la bandeja para asegurarse de que podía ver todas las partes del feto desmembrado. Satisfecho de que el procedimiento se completó con éxito, Nathanson desvió la mirada de la camilla, hizo una seña a la enfermera y se quitó los guantes. Después de arrojarlos en el cesto de la basura, se frotó las manos satisfecho, pero también para sacar de su mente lo ocurrido.

Caminó unos pasos y miró el rostro de la mujer para la sábana blanca.

¾Todo está bien ¾dijo¾. Descanse un momento en la sala de recuperación; luego iré a verla. Alguien puede llevarla a casa, ¿verdad?

La mujer movió la cabeza asintiendo, pasándose la lengua por sus labios resecos.

Nathanson se dirigió a las puertas que conducían al área de descanso de los cirujanos, donde se tomaría un momento antes de regresar a la mesa de operaciones para los pacientes de la tarde. Otro grupo de mujeres aterrorizadas, a menudo desconsoladas.

Nadie observando la escena en el quirófano hubiera podido adivinar que la mujer en la camilla del hospital era la amante de Nathanson… ni hubieran podido adivinar que él acababa de abortar a su propio hijo.

Para el Dr. Bernard Nathanson a mediados de la década de 1960 esta escena tipificaba el nuevo mundo de la libertad reproductiva. Él había hecho una vigorosa campaña para la legalización dela borto, y a sus ojos, sus intenciones eran buenas y razonables. Hasta honorables. Después de todo, cuando diez años atrás había comenzado su residencia en la clínica de obstetricia y ginecología del Hospital de Mujeres de Nueva York, había visto cientos de emergencias médicas como resultado de abortos ilegales. Y los resultados diferían de manera muy marcada, dependiendo de la situación social y económica de la mujer.

Las mujeres pobres llegaban con hemorragias muy intensas, con fiebre alta, descompensadas. Ellas habían intentado auto incidir el aborto, usando instrumentos toscos, o habían sido víctimas de una carnicería por parte de matasanos. Las infecciones masivas que a menudo seguían por lo general terminaban en esterilidad, y muchas veces llevaban a la necesidad de una histerectomía. Algunas mujeres hasta morían.

En contraste, a las pacientes privadas les resultaba fácil. Con la ayuda de médicos “compasivos”, ideaban maneras de simular abortos espontáneos, lo cual significaba que Nathanson y otros residentes realizarían dilatación y raspado (un procedimiento que se raspa la pared uterina). O bien las mujeres simplemente viajaban a Puerto Rico, Inglaterra o Japón, y allí se practicaban el aborto.

Fue esta desigualdad social lo que ante todo motivó a Bernard Nathanson a hacer campaña por la legalización del aborto.

Sin embargo, en 1973, cuando el caso Roe versus Wadeconvirtió el aborto por pedido en algo legal en todo el país, Nathanson decidió un cambio en su carrera profesional. Aceptó un puesto como jefe del servicio de obstetricia, y su tarea cambió de atender a madres a atender bebés (aunque siguió realizando abortos).

En ese tiempo, uno de los artefactos más emocionantes era el equipo de ultrasonido (equipo para ecografías) que literalmente abrió una ventana al desarrollo fetal. La primera vez que Nathanson vio un ultrasonido en acción, estaba con un grupo de residentes rodeando a una paciente embarazada, observando una demostración a cargo de un técnico.

Este aplicó un gel conductivo en el abdomen de la mujer, y luego comenzó a mover sobre su vientre un sensor que sostenía en su mano. A medida que el manchón en la pantalla de video se hizo más clara, Nathanson se asombró. ¡Podía ver un corazón que latía! Cuando el técnico enfocó con cuidado la imagen, Nathanson pudo ver las cuatro cavidades bombeando sangre. Se parecía a una flor animada, con tal nitidez y definición que lo dejó sin aliento. También podía ver los conductos más importantes desde y hacia la roseta cardíaca.

El técnico luego enfocó la frente, ojos y boca del bebé. Luego, utilizando el zoom, el técnico mostró que el bebé tenía las manos dobladas sobre la cara. La mano derecha, la mano izquierda. En cada una Nathanson contó cuatro deditos y un pulgar.

La vista por sobre la coronilla de la cabeza del bebé mostraba el desarrollo del cerebro, donde podía observarse los primeros pliegues. Luego el técnico escaneó la elegante arquitectura de la columna vertebral.

¿Era niña o varón? Como si ellos mismos fueran los padres, el grupo no podía dejar de preguntarse. Era una niña. Luego, por último, el técnico mostró la estructura ósea de las piernas, y cada pie con cinco dedos perfectos.

Durante el tiempo que duró el procedimiento, Nathanson se dio cuenta de que su mente había dejado de lado la palabra feto y había adoptado bebé. De repente, se hizo claro todo lo que él había aprendido sobre el bebé en el vientre desde sus comienzos en el área de perinatología. Por ejemplo, él sabía que un óvulo humano fertilizado se convierte en una entidad independiente muy al comienzo, después de que se ha multiplicado a solo cuatro células; sabía que el latido del corazón puede comenzar hasta en el decimoctavo día después de la concepción; que a las seis semanas los sistemas orgánicos más importantes se han formado. En realidad, después de solo doce semanas, no ocurre ningún desarrollo anatómico nuevo: la criatura simplemente crece en tamaño y se hace más capaz de continuar la vida fuera del vientre de su madre.

Todos estos habían sido simplemente datos médicos, pero ahora se fundían con la imagen granular en la pantalla y detonaron en la conciencia de Nathanson. Sintió un escalofrío, y el aire en el ambiente pareció hacerse más denso, hasta que le resultó difícil respirar. Su disposición de ánimo fue de la emoción por el nuevo conocimiento hasta que un pánico húmedo en su frente lo golpeó con toda su fuerza. ¿Cuántos bebés como esta niñita él mismo había cortado en pedazos? ¿Con cuántas vidas humanas había terminado?

Bernard Nathanson pronto se convenció de que había vida humana en el vientre de una mujer desde el comienzo mismo del embarazo. En un artículo que escribió para una prestigiosa publicación, confesó que en el Centro para Reproducción y Salud Sexual había dirigido “sesenta mil muertes”. En los abortos “estamos tomando la vida”, escribió, “y la toma deliberada de una vida, hasta de un orden especial y en circunstancias especiales, es un asunto terriblemente serio”. Si bien su conclusión no fue que el aborto estaba mal, dijo que los médicos “deben trabajar juntos para crear un clima moral lo suficientemente fecundo como para proporcionar abortos, pero lo suficientemente sensible hacia la vida como para reconciliar un profundo sentido de pérdida”.

El artículo de Nathanson causó una controversia acalorada, y la atención del público lo forzó a pensar aún más de cerca sobre la moralidad del aborto.

El artículo además generó un nuevo acontecimiento que tomó a Nathanson por sorpresa. Comenzó a recibir invitaciones para hablar en reuniones en pro de la vida, grupos que consistían especialmente en personas muy religiosas, fueran católicos, protestantes conservadores o judíos ortodoxos. Aunque Nathanson aceptaba las invitaciones, siempre dejaba en claro que sus objeciones para con el aborto no se basaban en ningún tipo de creencia religiosa sino que procedían de realidades científicas y conclusiones puramente humanitarias.

Para esa época, Nathanson había llegado a la conclusión de que el aborto solo podía justificarse cuando la vida de la madre estaba en peligro. El mismo año en que se publicó Abortando a América, él dejó de practicar abortos. Siempre había creído que uno debía juzgar a una sociedad moralista en base a cómo trataba a los débiles y a los desamparados, y su labor inicial para la reforma del aborto se había inspirado en preocupación por los pobres. Pero la tecnología del ultrasonido le había revelado una clase aún más vulnerable: los bebés por nacer.

Un día Nathanson tuvo una inspiración súbita. En vista de que el ultrasonido podía revelar al bebé en el vientre, también se podría usar para ser testigo de un aborto. Le pidió a un colega que practicaba varios abortos diarios que pusiera un dispositivo de ultrasonido en algunas de las pacientes y que, con el permiso de ellas, grabara el procedimiento.

Nathanson sabía perfectamente lo que sucedía durante un aborto. No obstante, cuando vio que los conceptos abstractos se transformaban en imágenes miembro a miembro ¾cuando en realidad vio cómo los pequeños cuerpos eran desgarrados miembro a miembro¾ se sobresaltó y sintió repugnancia. Aún peor, el ultrasonido mostraba a bebés tratando desesperadamente de escabullirse del aparato de succión. Un feto de doce semanas continuó luchando incluso hasta después de haber sido severamente mutilado, abriendo su boca en lo que parecía un horripilante grito de miedo y dolor.

Nathanson convirtió la cinta del feto de doce semanas en una película y la tituló El grito silencioso. Cuando se puso en circulación en 1985, transformó instantáneamente la naturaleza del debate sobre el aborto. Las fuerzas pro aborto se enfurecieron, acusando a Nathanson y a los productores de truquear el metraje. Cuando se confirmó la autenticidad de la cinta, cambiaron las tácticas y desviaron el debate a la cuestión de si el feto es capaz de sentir dolor durante un aborto, como el feto tan claramente parecía sentirlo en la película. Sin proponer ninguna posición teológica, Nathanson había forzado a los defensores del aborto a reconocer que el aborto era quitar la vida humana.

Al mismo tiempo, un “grito silencioso” interno comenzó a dominar la vida de Bernard Nathanson. Preguntas preocupantes surgían en su mente una y otra vez: ¿cómo pude haber sido tan ciego en cuanto a la naturaleza del aborto? ¿Cómo pude haber dirigido asesinatos masivos? ¿Y cómo pude hacerlo con una actitud tan groseramente utilitaria, como si simplemente fuera una cuestión de competencia profesional?

¡Qué irónico que su gran causa humanitaria al final se hubiera convertido en nada menos que asesinato en masa! Nathanson se encontró cara a cara con la culpa. Culpa verdadera. No un sentimiento pasajero de vergüenza o turbación, sino el conocimiento brutal y aplastante de su propia maldad. Él era una ruina andante.

A fines de los años 80, una y otra vez Nathanson contempló la posibilidad del suicidio. Se despertaba de sueños que se interrumpían a las cuatro o cinco de la mañana; sentía que un miedo sin nombre lo ahorcaba.

Se volvió a lo que llamaba “literatura de pecado”. Leyó repetidamente las Confesiones de san Agustín, y absorbió libros de Kierkegaard, Tillich, Niebuhr y Dostoievski, obras que describió como la búsqueda atormentada del alma para encontrar respuestas a la culpa. “Tu belleza me lleva a ti”, escribió San Agustín. “No tenía ninguna duda de que tú eras aquel al que me aferraría, pero… mi ser interior era una casa dividida contra sí misma”. Agustín quería volverse a Dios, pero no podía hacerlo. El clamor de Nathanson hacía eco de las meditaciones agonizantes de Agustín.

¿Pero acaso la solución final de Agustín estaba disponible para él? ¿Podía Nathanson aceptar el cristianismo? Desde su niñez había asociado el nombre de Jesús con la larga historia de la persecución de judíos por parte de cristianos. De manera que en vez de volverse al cristianismo buscó alivio en terapia, libros de autoayuda, drogas antidepresivas, consejos y una ensalada de métodos espirituales. Todo para nada.

“Sentí que la carga del pecado se hacía más pesada y más insistente”, escribió Nathanson. “Yo [tenía] un bagaje moral tan pesado que debía llevar al otro mundo… [Tuve] miedo”.

Entonces, en 1989, Nathanson asistió a un rally pro vida en la ciudad de Nueva York a fin de juntar información para un artículo que escribía sobre la ética de las protestas en clínicas de aborto. Tenía prohibida la participación por una orden judicial resultado de protestas anteriores (había sido condenado por invasión de la propiedad), de modo que permaneció distante como un observador objetivo. Y lo que vio allí finalmente le quebró las defensas.

Los activistas a favor de la vida parecían tener una paz que no era de este mundo. “Con los defensores del aborto lanzándoles epítetos obscenos, estando rodeados por la policía, con los medios masivos abiertamente hostiles a su causa, el poder judicial federal multándolos y llevándolos a la cárcel, y funcionarios municipales amenazándolos… con todo eso, ellos se sentaban sonriendo, orando en silencio, cantando, con confianza”, escribió Nathanson. Ellos mostraban una “intensidad en el amor y la oración que me dejó pasmado”.

Fue recién allí, con este vívido mensaje de amor persuadiéndolo, que Nathanson comenzó “por primera vez en toda mi vida… a pensar seriamente en la idea de Dios”.

Nathanson se preguntaba cómo uno podía conocer el perdón en forma personal e individual. ¿Cómo podría él ser librado de la muerte, la muerte de todas las vidas que él había quitado y la muerte de su propia alma?¿Quedaba una esperanza para él?

En busca de la redención

Un día al final del otoño de 1996, mi secretaria me informó sobre una sorprendente llamada telefónica. El Dr. Bernard Nathanson nos invitaba a mi esposa y a mí a su bautismo. Yo estaba asombrado.

─¿Estás segura de que ese era el nombre? ─pregunté─. ¿Bernard Nathanson?

─Sí─ dijo ella con una sonrisa.

Yo sabía que Nathanson estaba interesado en el cristianismo; pero, no tenía idea de que él hubiera llegado tan lejos.

Pocas semanas después, en una fría mañana de diciembre, Patty y yo caminamos con paso rápido las pocas cuadras desde nuestro hotel a la iglesia.

Fue un impaciente momento de victoria espiritual. La mayor parte del tiempo nosotros los cristianos luchamos en las trincheras, viendo solamente la sangrienta batalla a nuestro alrededor. Pero de tanto en tanto Dios nos permite ver un vestigio de la verdadera victoria. Este era uno de esos ratos momentos tan esclarecedores, mientras observábamos a Bernard Nathanson ─judío de nacimiento, un hombre que había sido ateo por convicción y un brillante médico amoral en su profesión─ que se arrodillaba ante la cruz de Cristo.

Por Charles Colson
Tomado del libro: Y ahora… ¿cómo viviremos?
Unilit

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