Defiende tu territorio

Lucha con fe para defender aquello que el Señor te ha dado

El profeta Samuel, que vivió en la época del rey David, describió a los singulares individuos que se situaron al lado de David y crearon una feroz alianza con él. Dio más detalles sobre tres individuos en particular, y de cada uno contó una historia que sirve como el currículum para su liderazgo. El tercero es un hombre llamado Sama. Samuel describió un breve momento cuando los filisteos se reunieron en un lugar donde había un campo sembrado de lentejas, y las tropas de Israel huyeron de ellos con temor. Pero Sama mantuvo su territorio en medio del campo, Él lo defendió y derribó a los filisteos. Y se nos dice que, sin duda, el Señor produjo una gran victoria.

Cuando imagino el incidente, la imagen es como una escena sacada directamente de la película Gladiador. Un amenazador ejército filisteo se reúne en el límite de un campo de lentejas. Los israelitas los ven y se ven abrumados por el temor. Los filisteos son imponentes tanto en estatura como en su número. Son el pueblo de Goliat. Son guerreros por naturaleza. Son despiadados y aparentemente valientes. Los israelitas, por otro lado, claramente no están preparados para la guerra. Solamente ver a los filisteos les hace abandonar sus puestos. Corren para salvar sus vidas.

Irónicamente, correr por temor no es una solución para su problema. Los filisteos van a llegar, y finalmente habrá guerra, lo cual es un recordatorio para nuestras propias vidas. Cuando corremos por temor, solamente posponemos lo inevitable. Eventualmente tendremos que enfrentarnos a esos temores. Eventualmente tendremos que pelear esas batallas. Salir corriendo solamente nos hace más débiles a nosotros, y más fuerte a nuestro oponente.

Pero ahí está Sama, firme entre dos ejércitos: uno que llegó para pelear y el otro que sale corriendo por temor. Quizá al principio él mismo sale corriendo con sus hombres. Tal vez al principio cree que es una retirada estratégica en un intento de reposicionarse para así poder encarar al enemigo con cierta ventaja. Pero después llega en un momento en que Sama se da cuenta de que, para ejército, la batalla ya se ha perdido.

Solo puedo imaginar la satisfacción que debe llenar a los filisteos cuando se dan cuenta de que la batalla ha terminado incluso antes de empezar. Qué extraño debe ser cuando de repente ven a un solo hombre detenerse y darse media vuelta. Quizá Sama lo hace solo después de rogar en vano a sus hombres que mantuvieran su territorio. Tal vez es en ese momento cuando él entiendo que todas sus apelaciones a su honor y su obligación son fútiles. Quizá cuando se encuentra solo es también cuando encuentra su valentía. De repente, los filisteos ven detenerse a un solo hombre y darse media vuelta. Sama se queda solo contra un ejército. Se detiene en medio de un campo de lentejas y mantiene su territorio.

Quizá al principio los filisteos simplemente envían a un solo soldado, su campeón, para enfrentarse a Sama y poner fin a su insolencia. Y entonces, para sorpresa y consternación de ellos, Sama lo derriba. Tal vez envían entonces a tres, y después a diez, y finalmente a cuantos hombres tienen sed de sangre. Cruzan de prisa el campo de lentejas para ganar una guerra contra un ejército de un solo hombre.

¿Quién puede conocer la mente de este hombre? ¿Cómo podemos denominar su acto como otra cosa sino locura? ¿Cómo podría una persona tener tan poco consideración por su propia vida que escogería una batalla que nunca podría ganar? Nadie se burlaría de él por salir corriendo. Después de todo, simplemente se estaría incorporando a una legión de cobardes que juntos entretejían una historia de posibilidades imposibles que justificaban su cobardía.

Personas como Sama crean un problema para el resto de nosotros. Una persona que escoge vivir una vida heroica interrumpe la narrativa “Estamos viviendo una vida menor” como la opción aceptable. Incluso si Sama hubiera fracasado, incluso si hubiera muerto, en el momento en que mantuvo su territorio, cambió la historia. Él cambió el estándar. Es difícil contar la historia mientras estás sentado junto a la chimenea y explicas que no tuviste otra opción sino la de correr, porque algún niño inocente preguntará: “Pero, ¿dónde está Sama?”.

Para Sama, no tiene caso correr para salvar tu vida si cuando llegas no tienes razón por la cual vivir. Y si su terquedad no hace que las cosas sean ya bastante malas, el resultado hace que sean peores. Él no solo sobrevive, ¡sino que gana! Hace por sí solo lo que los ejércitos de Israel no creían que podían hacer juntos. Dios hace por medio de un solo hombre lo que claramente deseaba hacer por medio de todo su pueblo. Si no hubieran salido corriendo por temor, la historia de Sama habría sido la historia de ellos. Cuando Sama regresa con su pueblo, cansado de la batalla y cubierto de la sangre de sus enemigos, realmente no hay nada que necesite decir. Su presencia, solamente su existencia, es una acusación a cada uno de los hombres que huyeron. No esperes ser popular si decides elevarte por encima del statu quo.

Tengo que preguntarme: ¿qué había en ese campo de lentejas en particular que inspiró a Sama a mantener el territorio? No hubo una explicación sobre por qué ese lugar concreto. Quizá sea porque eso no se acerca a ser tan importante como el punto de toda la situación. Llega un momento y un lugar donde tienes que decidir: “Vale la pena pelear por esto. Este es mi territorio. Este soy yo. Esta es la vida que he escogido. No huiré. No permitiré que el temor me mueva de donde debería estar hacia donde él quiera que viva. Prefiero morir enfrentándome al desafío que existir huyendo de él”.

Por Erwin McManus
Tomado del libro: La última flecha
Whitaker


Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*