“Me tocó bailar con la más fea”

Porque nunca sabes cuando se está gestando algo grande

Por Dante Gebel

Hace poco leí una historia: una niña paseaba con su papá cuando observó que una famosa cada de comida rápida ofrecía una “Cajita feliz”, que traía un juguete que ella deseaba tener. La publicidad decía que si comprabas la cajita “sería para siempre feliz”. Al verlo, la pequeña dijo:

¾Papá, yo sé que si me compras la cajita seré muy feliz por siempre.

¾No creo que sea así. Si te compramos la hamburguesa con el juego, al final del día te habrás olvidado de él y querrás otra cosa.

¾Si me lo compras, al final del día no me voy a olvidar. Voy a recordarlo por el resto de mi vida. Aunque sea vieja, voy a ser muy feliz porque ustedes me van a comprar la cajita feliz.

El papá aceptó y le compró lo que pedía.

Cuando aquella niña cumplió 24 años se casó. A los 26 su marido la abandonó con dos hijos, pero ella no se hacía problema porque tenía al juego de la cajita feliz, y era muy feliz.

Luego, cuando llegaron los 40 se volvió a casar. El nuevo marido la volvió a engañar, pero ella no se preocupó porque era feliz. Cuando tuvo 70 años, y ya era una señora grande, se enfermó. Pero no se entristeció sino dijo: “No importa porque tengo el juguete de mi cajita feliz”.

Obviamente es una historia ficticia, nadie es feliz por un juego. Si uno pudiera decirle al niño: “Algún día crecerás y la vida será más compleja que la felicidad momentánea que te podrá dar un jueguito”, se lo diría, pero no podrá entenderlo hasta que crezca.

Sin embargo, crecemos y seguimos transitando la vida mientras decimos: “Me siento insatisfecho porque no alcanzo mis sueños. Si los alcanzara, sería feliz”. Otros dicen: “Si pudiera casarme con la persona que he visto en mis sueños, sería feliz”. Hay momentos en la vida cuando nos sentimos insatisfechos con todo lo que tenemos y pensamos que otra cosa nos haría feliz. ¿Cuánto dinero es suficiente para ser felices? ¿Cuánto es necesario para ser rico?

Siempre tenemos una “cajita feliz” más adelante para alcanzar. Es como un conejo corriendo por la zanahoria. Pero eso no es lo peor, porque uno tiene que tener sueños. Y deben ser más grandes que tú mismo, de modo que ese sueño te permita seguir adelante. El problema es cuando por amar ese sueño, por creer que la cajita feliz nos dará la felicidad, como lo creía la niña de la historia, no valoramos ni consideramos lo que ya tenemos.

En la Argentina hay otra frase que es muy común escucharla decir a nuestros padres, y es: “Te tocó bailar con la más fea”. En épocas pasadas nuestros padres o abuelos, cuando iban a un baile, siempre los más audaces y valientes invitaban a las más bonitas a bailar, ellas eran las que salían primero a la pista. Por lo tanto, las menos agraciadas se quedaban sentadas esperando y, finalmente, los más cobardes o tímidos, las sacaban a bailar. De ahí el reconocido dicho. Pero con el paso del tiempo, esta frase se popularizó y se aplicó a otros sucesos de la vida, por ejemplo para describir momentos difíciles que debemos atravesar.

Llorar por amor

A Jacob le tocó bailar con la más fea.

Mientras él caminaba por el desierto vio a una muchacha pastora de ovejas. Se acercó a hablarle y le dio un beso. Presumo que habrá sido un beso amistoso. Lo suficiente como para que él corroborara que esa era la mujer de sus sueños. De la emoción al verla, Jacob sintió que su corazón se le iba a salir por la boca, y lloró. Esa era la mujer de sus sueños. Inmediatamente se enteró que Raquel era la hija de un magnate granjero, Labán, quien terminó siendo su pariente y fue a hablar con él.

 Labán tenía dos hijas. La mayor se llamaba Lea, y la menor, Raquel. Lea tenía ojos apagados, mientras que Raquel era una mujer muy hermosa”(Génesis 29:16-17). A juzgar por la descripción, es obvio que Lea no era exactamente lo que puede definirse como una mujer bella.

“Como Jacob se había enamorado de Raquel, le dijo a su tío: ‘Me ofrezco a trabajar para ti siete años, a cambio de Raquel, tu hija menor’”(v. 18). Labán aceptó la oferta.

Estuvieron enamorados durante siete años, pero estoy seguro de que Jacob no la tocaba, no la besaba, no se tomaban de las manos, porque todo podía arruinarse si su suegro se enojaba. No sé cuántos estarían dispuestos a esperar tanto por una persona que aman. Pero el tiempo tan soñado llegó.

Bailar con la más fea

Después de siete años exactamente, Jacob golpeó la puerta de la casa de su suegro y le dijo: “Ya he cumplido con el tiempo pactado. Dame mi mujer para que me case con ella”(v. 21).

La novia, como se acostumbraba en esos tiempos, tenía completamente cubierto su rostro, donde solo podían verse sus ojos. El esposo podía descubrirlo durante la noche de bodas, no antes, al igual que el resto de su cuerpo.

Después la gran fiesta, habrán llegado a la puerta del lugar donde pasarían su noche de bodas. La novia todavía tendría cubierto su rostro. Seguramente Jacob levantó a la novia entre sus brazos, pateó la puerta de la habitación y la depositó en el lecho matrimonial…

Cuando los ratos del sol irrumpieron por la mañana, Jacob se despertó. La luz iluminó la sala… y el rostro de su flamante esposa. Es allí cuando Jacob descubre que con quien se había casado y pasó toda la noche no era Raquel sino Lea, ¡la hermana fea!

“¿Qué hace mi cuñada en mi cama?”, se habrá preguntado Jacob. Sin haberlo notado bailó toda la noche con la más fea. Y lo que es peor, “había hecho el amor con la más fea”.

Si quieren ver a un hombre enojado y muy furioso, acompáñenme y vean a Jacob.

“A la mañana siguiente, Jacob se dio cuenta de que había estado con Lea, y le reclamó a Labán: ‘¿Qué me has hecho?”. ¿Acaso no trabajé contigo para casarme con Raquel? ¿Por qué me has engañado?’. Labán le contestó: ‘La costumbre en nuestro país es casar primero a la mayor y luego a la menor. Por eso, cumple ahora con la semana nupcial de ésta, y por siete años más de trabajo te daré la otra’” (vv. 25-27).

El suegro le pidió que trabajara siete años más por Raquel. Trabajaría catorce años para finalmente tener a la mujer de su vida. Pero Jacob no dudó. Él amaba a Raquel, aunque también estaba casado con Lea, con la fea.

El desprecio a la fea

Jacob estaba tan enojado que en cuanto pudo le dio el anillo de bodas a Raquel. finalmente se casaría con la mujer de su vida, no obstante debía trabajar diete años más. Pero Jacob despreciaba a Lea, un poco porque era la hermana fea y otro poco porque ella había sido parte del engaño. Así que cuando Jacob regresó ante Lea, le habrá dicho: “Lea, nunca tendrás mi amor. Me engañaste. Yo pensé que eras tu hermana. Estaré casado contigo pero nunca jamás te amaré”.

Jacob menospreció a Lea y amó a Raquel. No podemos culparlo. Aún así estaba casado con ella también. Esa era su realidad. Pero tendrás fruto con tu visión ni con tu sueño.

Seguramente habrás escuchado a personas decir: “Cuando tenga el trabajo que deseo, voy a llegar temprano y voy a trabajar en lo que me gusta”. Quiere casarse con su sueño pero menosprecio lo que tiene. No bendice lo que ya tiene. Pero cuando quieres tener hijos con tu realidad, Dios cerrará el vientre de la visión del futuro. No podrás lograr tu sueño.

El descontento de un amor imposible

La vida está llena de regalos imperfectos. Si estás casada, seguramente no tardaste mucho tiempo en darte cuenta de que tu marido está ligeramente fallado. Si eres esposo probablemente no tardaste mucho tiempo en darte cuenta de que tu mujer también tiene leves fallas. Es el hombre de tu vida, es amable, gentil, galán, pero cuando se acuesta a dormir… ¡ronca como un hipopótamo! Y tú dices: “¡Está fallado!”.

Cuando una madre tiene un niño, ¿qué dice? “¡Es perfecto!”. Pero todos los padres sabemos que tener diez dedos en las manos y diez dedos en los pies no es sinónimo de perfección. Tarde o temprano ese niño crecerá y tendrá ligeras fallas. No era tan perfecto como creíamos. No tiene la inteligencia del abuelo ni los ojos de la abuela. No es la perfección que imaginábamos.

El problema no es descubrir que no somos perfectos, sino que alegrarnos por los regalos imperfectos que Dios nos da. ¿Tienes un sueño grande? Ama tu realidad.

Jacob no debía subestimar a Lea porque de su descendencia, luego de varias generaciones, nacería Jesucristo. Lea sería nada menos que una tatarabuela de Jesús. Después de todo, nunca sabes cuándo se está gestando algo grande…

Por Dante Gebel
Tomado del libro: El amor en los tiempos del Facebook
DNX

  Image size: 98x150, 21.394Kb
  Image type: png

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*