Hablemos del divorcio

Se ha convertido en una epidemia en los últimos años

Por Dr. Edwin Lemuel Ortíz

Soy de la escuela pro matrimonio. No tengo la menor duda de que este fue creado por Dios y que debe ser un pacto para toda la vida. Sin embargo, también tengo que admitir que en nuestros años de práctica como consejeros de familia ha habido casos en los que por “la dureza de corazón” de uno o de ambos cónyuges, no tuvimos otro remedio que aceptar como necesario la alternativa del divorcio.

En una de sus prédicas televisivas, escuché al evangelista T. D. Jakes decir: “El divorcio se ha convertido en algo tan común como los restaurantes de comida rápida”. Y aunque es triste, es la realidad.

Moisés, cerca de mil cuatrocientos años antes de Cristo según el cálculo de los historiadores ya redactaba leyes sobre el divorcio. Legisló sobre ello en Deuteronomio 24:1: Si un hombre se casa con una mujer, pero luego deja de quererla por haber encontrado en ella algo indecoroso, sólo podrá despedirla si le entrega un certificado de divorcio”.

Más adelante, en Mateo 5:31-32, Jesús amplió esa ley: “Se ha dicho: ‘El que repudia a su esposa debe darle un certificado de divorcio’. Pero yo les digo que, excepto en caso de infidelidad conyugal, todo el que se divorcia de su esposa, la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la divorciada comete adulterio también”.

En su sermón más trascendente, Jesús abordó temas extremadamente sensitivos. La gente no salía de su asombro ante la autoridad con que hablaba y, para terminar, Jesús simplificó sus enseñanzas de forma brillante, directa y concisa. Les dijo: “Entren por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran”(vv. 13-14).

Hay dos caminos: uno ancho y uno estrecho. El divorcio, como el adulterio, suelen ser los “caminos anchos”. Los fáciles. Por eso muchos andan por ellos.

El camino más fácil

Jesús deja claro que no está a favor del divorcio. Su ideal es el matrimonio “para toda la vida”. Si bien es cierto que Dios autorizó el divorcio como última opción, la sociedad lo ve como el primer paso para solucionar cualquier tipo de desacuerdos. En el lenguaje divino es una concesión, no una invitación.

La gente se divorcia por las mismas razones por las que se casa: la soledad. Las personas se casan desconociendo la seriedad del matrimonio y se divorcian ignorando sus consecuencias. Personalmente creo que la mayoría de los divorcias no resuelven nada. Por lo general, las discusiones entre esa pareja continuarán, los reclamos aumentarán, los rencores mantendrán su intensidad. La única diferencia es que antes se llamaban esposo y ahora le añaden el prefijo “ex”.

Esto no invalida otra realidad triste: hay situaciones en las que no hay otra opción que recurrir al instrumento legal del divorcio. Sin embargo, lo que quiere enfatizar es que el divorcio no debe ser una crisis un poco más complicado que las “normales”. El divorcio es un reconocimiento de que no cumplimos con las expectativas de Dios para esa unión. Significa que ha habido un conflicto no solo entre los cónyuges, sino también entre lo que Dios esperaba de ese matrimonio y lo que ha resultado de él. Eso es el divorcio: un atentado contra los buenos pensamientos de Dios para esa pareja, pensamientos que siempre son buenos.

¿Por qué duele tanto?

El divorcio duele y lastima como lo hace porque no fuimos diseñados para sufrirlo. Nuestra estructura emocional no fue diseñada para la pérdida. El divorcio es una muerte y, como consecuencia, produce luto. Los deudos del divorcio llorarán de tristeza o de rabia, sufrirán por la vergüenza de lo que les hicieron o sufrirán las consecuencias de lo que provocaron. Y si no son ellos, serán los hijos y familiares. Todo se afecta: vida espiritual, la autoestima, las emociones y, en ocasiones, hasta la salud.

El divorcio duele porque con él muere un sueño de Dios contigo y con tu ex. Duele porque con el divorcio, muere un plan que no pudo ser. Se entierran proyectos concebidos en pareja. Duele porque también muere la amistad, muere un cómplice de vida, un socio o una socia de sueños.

El divorcio duele porque en muchos casos hay un homicidio de la confianza, de la ilusión. Alguien traiciona la lealtad y la dignidad de un inocente. Pega duro porque muchas veces se trata de un suicidio emocional egoísta, planificado por la falta de perdón. El divorcio desangra la vida y paraliza el corazón que antes latía de amor.

En ese proceso de luto surgen emociones, pensamientos e ideas que, si no se tratan adecuadamente, marcarán sin remedio a los protagonistas.

¿Cuándo es necesario?

Es necesario poner un punto final a la relación sin duda alguna cuando tu integridad física o emocional está en peligro. Cuando hay abuso sexual, violencia física contra ti o los hijos. Esto es inaceptable y es momento de salir de ese ambiente de hostilidad. Estoy hablando de golpes, empujones, privaciones a la libertad, amenazas, agresiones o cualquier tipo de agresión verbal que percibas que pone en riesgo tu vida o la de tus hijos.

También debes actuar de inmediato cuando hay condiciones mentales entrelazadas con agresividad, falta de control y violencia. Además, cuando el cónyuge sabe que la conducta inmoral de su pareja fuera de la casa le expone al contagio de enfermedades de cualquier tipo.

Si las circunstancias no te dejan otra opción que terminar con el matrimonio, y el cónyuge responsable de la conducta inapropiada no está dispuesto a asumir su responsabilidad en cuanto a la manutención del hogar y la crianza de los niños, es tiempo de asesorarte con un experto.

Por Dr. Edwin Lemuel Ortíz
Tomado del libro: Intimidades
Thomas Nelson

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