Estoy enamorado

La vida cristiana no es más que una relación de amor

Por Darlene Zschech

La historia de Oseas es trágica, pero es también una hermosa ilustración del profundo amor de Dios hacia nosotros. Oseas tomó como esposa a una mujer llamada Gomer, una prostituta o una mujer que más tarde se convertiría en prostituta. Tuvieron hijos juntos. Pero, ¿de quién eran esos hijos? Ella no le era fiel a Oseas. En su angustia e ira, Oseas nombra a su hijo mayor Jezreel, el nombre de un valle en el que Israel había cometido atrocidades. A su segunda hija la llamó Sin misericordia [Lo-ruhama], y a su tercer hijo De nadie [Loammi]. Esto no suena como el comienzo de una historia de amor.

Dios estaba harto de la infidelidad de su pueblo escogido. Él no quería tener nada más que ver con ellos. Sus acciones eran despreciables, y Dios se lo recordó a Oseas haciéndole ponerle a su hijo el nombre de un lugar que representaba sus atrocidades. Su lealtad era como el vapor. No se sentían identificados con Aquel que los libró de la esclavitud y les dio la Tierra Prometida. Así que le dio otro niño llamado De nadie.

Pero nosotros sabemos muy bien cómo es el corazón de Dios. Esa no era la última palabra. Él quería que el pueblo se apartara de su descuido y desobediencia; quería despertarlos de su letargo espiritual. Pero Él no podía desecharlos, ni lo haría. La adoración tiene sus raíces en la presencia de Dios y para nosotros comienza en la misericordia: su misericordia infalible hacia nosotros.

Dios le pide a Oseas que cambie el nombre, no solo de sus hijos, sino de todas y cada una de las personas de su país. Han de ser llamados Pueblo mío (Ammi) y Misericordia [Ruhama]. Pero Dios no se detiene allí. Le pide a Oseas que busque a su caprichosa mujer y la redima. Gomer se había metido en tantos problemas, que sus amantes la habían vendido como esclava. Su esposo la compró son que ella lo supiera. ¿Cómo se acercó Oseas a su esposa? ¿Lo hizo con desprecio y desdén? ¿Le dio el trato que se merecía? De ninguna manera. Él la trató con amor pleno y puro. La “conquistó”, así como Dios nos conquista: Por eso, ahora voy a seducirla: me la llevaré al desierto y le hablaré con ternura. Allí le devolveré sus viñedos, y convertiré el valle de la Desgracia en el paso de la Esperanza. Allí me corresponderá, como en los días de su juventud, como en el día en que salió de Egipto”(Oseas 2:14-15).

¡Esta sí es una historia de amor! Dios nos atrae hacia Él.

La respuesta

¿Qué pide Dios a cambio por su amor? Oseas nos lo dice: “Ustedes me traen ofrendas, pero eso no es lo que quiero. Lo que quiero es que me amen y que me reconozcan como su Dios”(Oseas 6:6 TLA).

Más que cualquier cosa, Dios quiere nuestro amor. Él quiere que estemos perdidamente enamorados de Él, así como Él nos ama a nosotros.

Yo doraré a Dios todos los días de mi vida, con todo mi corazón, con alegría, con alabanza, con agradecimiento y honra. No porque haya dicho que me castigará si no lo hago; lo adoraré por el increíble amor que siento en el fondo de mi alma y que me hace enamorarme de Él.

Adorar lo cambia todo. ¿Por qué? En nuestras mentes y en lo más profundo de nuestro ser está arraigado cuán amados somos. No carecemos de misericordia. No nos llamados “de nadie” porque somos de Dios.

Enamórese de Aquel que lo creó, que conoce cada uno de sus sentimientos, pensamientos y acciones, y le ama como nadie más. Usted es de Dios. Es de su amado.

La idea de que adorar es asistir a un servicio dominical, realmente no abarca lo que es la verdadera adoración. Cantar, abrir la Palabra, congregarnos y prepararnos para servir, lo cual de por sí es excelente, representa tan solo el principio de la verdadera adoración. Recordemos lo que Dios le dijo a su pueblo escogido por medio de Oseas: “Yo no quiero que solo se presenten en la iglesia y canten himnos, den ofrendas e inclinen sus cabezas para orar. Quiero que me conozcan, quiero que me amen”.

San Agustín dijo: “Enamorarse de Dios es la más grande de todos los romances; buscarlo, la mayor aventura; encontrarlo, el mayor logro humano”.

El enamoramiento

No debemos limitarnos a amar a Dios, debemos enamorarnos de Él. En el Salmo 18 leemos sobre el gran amor de David hacia Dios. Todo el salmo parece la trama de una superproducción de Hollywood. Es una película sobre un rey poderoso que abandona la comodidad y el esplendor de su palacio para rescatar a su amada que está en cautiverio. David comienza con una declaración sencilla: “Te amor, Señor; tú eres mi fuerza”. Me parece fascinante que David usa una expresión de devoción: “te amo”, que no aparece en el Antiguo testamento hasta ese momento. David no pudo contenerse, ¡necesitaba expresar lo que había en su corazón!

Si no hemos llegado a este punto en nuestra vida, debemos preguntarnos qué es lo que nos frena. ¿Tal vez una mala experiencia en la iglesia? ¿Acaso es porque algunas personas que nos rodean no aman y honrar a Dios y hemos seguido su ejemplo? No nos quedemos en la mera intención de encontrar una iglesia o una comunidad de creyentes. Hagámoslo. Busquémosla.

Mantengamos motivado nuestro corazón junto con otros hermanos en la fe. El autor de la epístola a los hebreos da el mismo consejo: “Sigamos confiando en que Dios nos salvará. No lo dudemos ni un instante, porque él cumplirá lo que prometió. Tratemos de ayudarnos unos a otros, y de amarnos y hacer lo bueno. No dejemos de reunirnos, como hacen algunos. Al contrario, animémonos cada vez más a seguir confiando en Dios, y más aún cuando ya vemos que se acerca el día en que el Señor juzgará a todo el mundo”(Hebreos 10:23-25).

Debemos actuar en este mundo de manera que podamos ser sal y luz para los demás. Pero también debemos mantener nuestro pie plantado entre aquellos que nos animen al amor, a las buenas obras y a la perfecta voluntad de Dios para nuestra vida: amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente.

 

Autor: DarleneZschech
Tomado del libro: Adorar lo cambia todo
Editorial: Casa Creación

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