Tras los pasos del Espíritu Santo

Él nos capacita para el cambio

Solo el Consolador puede hacer que nuestra vida sea transformada. Busquemos su guía.

Por Erwin Lutzer

¿Puede ser transformada la naturaleza humana? ¿O es la rutina del comportamiento demasiado profunda, y la materia básica de la psiquis humana demasiado calcificada? ¿Estamos estancados con nuestro tipo de personalidad, sin importan qué tan negativa, iracunda o temerosa pueda ser?

  1. S. Lewis dice: “Puede ser difícil que un huevo se convierta en pájaro, pero imposible que aprenda a volar mientras aún es un huevo. Actualmente, nosotros somos como huevos, pero no puedes seguir siendo indefinidamente un huevo. Tenemos que ser empollados, o nos pudriremos”.

Pedro le ofrece esperanza a quienes creen que el cambio es imposible. Cristo le había prometido que llegaría a ser una roca, una piedra en el fundamento de la iglesia. Y tal como hemos aprendido, si el cambio se iba a operar, sería Cristo quien lo realizaría. Primero, el corazón de Pedro sería cambiado por el poder de Cristo. Segundo, las circunstancias y la misma presencia de Cristo serían el cincel que moldearían a Pedro hasta convertirlo en el hombre que Cristo deseaba que fuera. Ya hemos notado cambios en su vida, pero ahora el contraste se vuelve aún más asombroso. Con la venida del Espíritu Santo, Pedro es por supuesto, un nuevo hombre. Desde el comienzo de su amistad, él tenía una devoción resuelta por Cristo. Pero era compulsivo, vacilante y a veces cobarde. O, para expresarlo de manera diferente, el huevo fecundado es empollado.

Hechos 2 es más conocido porque describe cómo el Espíritu Santo vino sobre los creyentes, y empezaron a hablar en lenguas, es decir, en los idiomas de aquellos países fronterizos con Israel. Este don especial le fue dado al pueblo judío como una señal de que la era de los gentiles había llegado. Las Buenas Nuevas ya no estarían limitadas al hermoso idioma hebrero, sino que serían predicadas en los diversos idiomas de los gentiles, representados en Jerusalén.

Pero, más importante que ese don especial, fue la transformación que Dios produjo en los apóstoles, mediante la llenura del Espíritu Santo. El regalo prometido llegó con el sonido de un viento recio y con un poder que haría de este pequeño grupo de creyentes, un equipo que sacudiría al mundo.

Después de diez días en el aposento alto, el milagro sucedió. Aunque todos los discípulos fueron renovados como resultado de la venida del Espíritu Santo, Pedro, el vocero, es el más claro ejemplo de una transformación. Escasamente se parece al hombre vacilante que vemos en los relatos de los evangelios.

Del temor a la confianza

Una fábula india cuenta de cierto ratón que vivía en constante angustia debido a su temor por el gato. Un mago se apiadó de él y lo volvió gato, pero entonces empezó a temerle al perro. Así que lo convirtió en perro, pero inmediatamente le comenzó a temer al cazador. Al final, el animal estuvo contento con volver a ser ratón. Siempre hay algo a lo que le tememos. Si no es a la pobreza, es a la enfermedad, al crimen o a la muerte. La única respuesta frente al temor es la convicción de que Dios estará con nosotros sin importar cuál sea la situación.

Recordemos que Pedro reaccionó negando que conocía a Cristo, cuando la sierva lo interrogó. De hecho, él juró firmemente sosteniendo que nunca había visto al Señor. Pedro temía, al tener que sobrellevar la persecución por su fe, al ser identificado con Cristo.

Ahora lo escuchamos hablar con libertad y poder. No solo responsabiliza directamente a la nación de Israel por la muerte del Señor, sino que también afirma que ellos serán llamados a rendir cuentas por lo que hicieron.

¿Dónde obtuvo Pedro su fortaleza? Cuando Cristo prometió el Espíritu, dijo: Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes” (Juan 14:16-18). En griego hay dos palabras para otro. Una significa “similar” y la otra, “el mismo”. Cristo emplea el segundo término para indicar que el Espíritu Santo sería un ayudador, como el mismo Cristo cuando estuvo en la tierra. El Espíritu Santo ha venido a tomar el lugar de la presencia física de Cristo. Esta es la razón por la que el Espíritu no podía ser completamente vertido hasta que Cristo ascendiera al cielo y fuera glorificado.

El Consolador está parado donde nosotros lo estamos; se sienta donde nosotros lo hacemos, escucha cuando hablamos y soporta lo que vemos. Nunca nos deja ni nos abandona de su presencia, sin importar la circunstancia.

Cuando el temor y la fe se alojen en el puerto de nuestro corazón, es importante que solo a la fe se le permita tirar el ancla. Y cuando servimos en fe, sabemos que no estamos solos.

Del desánimo a la determinación

Cuando caminamos siendo sensibles al Espíritu, Él nos capacita para refrenar la lengua, apartarnos del pecado, alejarnos de la maldad y deshacernos de los vicios que nos plagan. También tenemos el valor de compartir la fe.

El poder del Espíritu aumenta a medida que la voluntad personal disminuye. No precisamos de mecanismos psicológicos para lidiar con las presiones de la vida. Necesitamos más fe, más entrega, más de la cruz. Nuestro Señor dijo: “Ciertamente les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero si muere, produce mucho fruto”(Juan 12:24). Esta muerte al ego significa ponerle fin a nuestra autodeterminación.

El sol del amor de Dios y la tierra de su Palabra pueden darnos vida si estamos dispuestos a morir a nuestros propios planes y ambiciones. La entrega puede ser a medias y condicional, pero también completa y final. Solo esta clase de sumisión atrae las bendiciones completas del Espíritu.

Él no nos empuja, pero nos guía. No nos aguijonea compulsiva mente, sino que nos estimula con ternura. Pero solo quienes han muerto a su propia voluntad pueden disfrutar el regalo de su presencia. Pedro era un hombre común y corriente, pero dependía del Espíritu con una fe extraordinaria. Lo que tenemos es importante solo si lo ponemos en las manos de Cristo; tal actitud hace la diferencia.

Por Erwin Lutzer
Tomado del libro:Cincelado por la mano del Maestro
CLC

Cincelado por la Mano del Maestro (Ed. Bolsillo)

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