Libérese de la avaricia

Debemos deshacernos urgente de este gran dañino mal

Es importante examinar nuestro corazón y ver si hay avaricia en él, puesto que esto nos separa de Dios.

Por Erwin Lutzer

La avaricia existe bajo varias capas de negación, condicionamiento y racionalizaciones. Es una de esas cosas que sencillamente nos cuesta trabajo entender. El amor al dinero es una parte tan integral de nuestra existencia que no podemos verla si no sacamos tiempo para meditar, pensar y orar. Si observamos con detenimiento, la veremos “como pancho por su casa” en nuestros corazones amantes de la riqueza.

En la parábola del sembrador, Jesús identificó dos clases diferentes de terrenos en los que cae la semilla. Él dijo: Otros son como lo sembrado entre espinos: oyen la palabra, pero las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y muchos otros malos deseos entran hasta ahogar la palabra, de modo que ésta no llega a dar fruto”(Marcos 4:18-19). La razón por la que es tan engañosa la riqueza es que aunque necesitamos dinero para vivir, este se apodera con mucha rapidez de nuestros afectos.

¿Dónde debemos colocar el hecha para cortar este árbol de raíz? En primer lugar, debemos admitir que la avaricia existe en nuestros corazones. La avaricia es difícil de detectar porque la sociedad no le asigna estigma alguno. Como peces que no pueden ver el agua, así tampoco podemos ver el monstruo que acecha en nuestro interior. Solo Dios puede ayudarnos por medio de mostrarnos nuestro pecado y darnos la motivación y el poder necesarios para vencerlo. Nos encanta oír historias acerca de mendigos que mueren la calle por desnutrición y después de su muerte los parientes descubren que tenía miles de dólares. Decimos: Ese es el colmo de la avaricia”. En realidad muchos tenemos una sensación cálida al escuchar historias de ese estilo porque sabemos que no se trata de nosotros. Comparados a esas personas, nosotros somos la mata de la generosidad, y con nuestras propias definiciones de lo que es la avaricia creemos que podemos eliminarla de nuestra vida.

Al ser descubierto un magnate de Wall Street en trampas fiduciarias que le permitían hacerse acreedor de todavía más millones de dólares, decimos: “Eso sí que es avaricia”. Nos negamos a reconocer que las sobras que colocamos en el plato de la ofrenda cada domingo también son evidencia de nuestra propia avaricia. Rehusamos admitir que nuestra propia acumulación de bienes es avaricia, así como también lo es prestar más atención al mercado de valores que a La Biblia.

También es posible que definamos nuestra avaricia en términos de prudencia. Justificamos nuestra tacañería al recordar que no es el dinero sino solo el amor al dinero la raíz de todo mal. Luego decimos que en realidad no lo amamos. Tal vez tratamos de conquistar, pensamos en él y nos preocupa perderlo, pero en realidad no sentimos amor por él.

Quizá no pensemos que somos avaros cada vez que no pagamos bien a quienes debemos por su trabajo, o cuando pasamos más tiempo preocupados por nuestras finanzas que en el estudio de La Palabra de Dios. No pensamos en términos de avaricia cuando damos lo que nos sobra para apoyar las misiones y la obra de nuestra iglesia. El problema que tenemos es que no vemos la avaricia como el monstruo que es, un monstruo que se niega a morir y salir de nuestros corazones.

En segundo lugar, debemos preguntar: ¿hasta qué punto estamos satisfechos con Dios y su provisión para nosotros? La avaricia puede tomar el lugar de Dios con mucha facilidad, por la simple tazón de que hace las mismas promesas que Dios hace. El dinero dice: “Si me tienes lo suficiente, prometo que nunca te dejaré ni te desampararé. Estaré contigo, no importa si la economía va para abajo o para arriba. También estaré contigo si enfermas y al llegar a viejo”.

Piense en las promesas que las riquezas representaban para el rico necio: ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida”(Lucas 12:19). La riqueza acumulada prometió darle a este hombre una buena vida, y esa promesa suplanta la que Jesús hizo a sus seguidores: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Dios sabe que la avaricia es un contendiente fuerte por nuestros afectos.

El amor al dinero y el amor a Dios son mutuamente excluyentes. Jesús habló de esa competencia en términos absolutos: “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas”(Mateo 6:24). Dios detesta la avaricia porque Él sabe que tan pronto el dinero satisface nuestras necesidades, podemos llegar a confiar en el dinero y no en Él. Por esa razón la avaricia es, en sentido figurado, peor que una bofetón para Dios.

En tercer lugar, la parte difícil consiste en rendir de verdad todo lo que tenemos a Dios. He descubierto que entre más sinceros seamos en nuestro compromiso, más difícil se hace la sumisión. Entregar todo al Señor: cada cuenta bancaria, cada fondo de inversión, la casa, el automóvil, etc. Ceder el control de estas cosas a Dios requiere un acto de fe que somos propensos a resistir. Solo es con la muerte al ego que podemos empezar a aniquilar el monstruo de la codicia y la avaricia. Las líneas de la batalla quedan bien definidas en este punto: Dios no tendrá rivales a su lado.

En cuarto lugar, debemos asfixiar la avaricia con generosidad. Al dar nuestro dinero nos damos a nosotros mismos, y al hacerlo rendimos a Dios nuestro corazón mezquino. Muchos de nosotros podríamos duplicar lo que damos a la obra del Señor y aún vivir con holgados. Ese sería un paso maravilloso que restaría fuerzas en gran medida al monstruo de “quiero más”. La dadivosidad no es una válvula de escape que permite la salida del material que sobra, sino más bien el flujo diario de una vida que ha aprendido a depender de Dios.

Por Erwin Lutzer
Tomado del libro:Siete trampas del enemigo
Portavoz

Siete Trampas del Enemigo (Ed. Bolsillo)

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