Una vejez con propósito

La edad no debe ser impedimento para el obrar de Dios

Dejemos de lado la excusa de nuestra edad avanzada. Dios quiere y puede usarnos si estamos dispuestos.

Por Samuel Arriete

Por nuestra condición de hijos de Dios y poseedores de una nueva naturaleza espiritual tenemos características diferentes al resto de los seres humanos.

Veamos el ejemplo del apóstol Juan que fue utilizado por Dios y escribió las cartas apostólicas que fueron de mucha ayuda para sus destinatarios, como lo son actualmente para nosotros. Estas cartas, por su contenido inspirado se convirtieron en parte de La Palabra de Dios. Los estudiosos consideran que fueron escritas durante la vejez del apóstol y por eso conforman los últimos escritos bíblicos. Fueron escritas entre los años 90 y 95 d.C. durante la época del emperador Domiciano; es decir que el apóstol tendría entre 90 y 95 años de edad o quizás algunos menos.

Cabe una pregunta que tiene contestación obvia: ¿existe un límite de edad para ser utilizados por Dios? Pensemos por un instante utilizando el razonamiento humano: ¿qué sería de La Biblia sin el Apocalipsis? ¿Qué había sucedido si Juan hubiese pensando: “Ya tengo más de 90 años, estoy viejo para seguir escribiendo”?

Juan ya no era el joven discípulo que se peleaba por ocupar un lugar de privilegio al lado de su Señor, eso ya era parte del pasado. Ahora tenía otra visión del Reino de Dios, había crecido espiritualmente y tenía suficiente conocimiento para apreciar con mayor claridad los propósitos de Dios. Un cambio había operado en su ser, muchas experiencias emocionales y espirituales habían impactado su vida. Fue testigo viviente del Ser más glorioso que haya pisado la tierra, fue partícipe de sus milagros y de momentos inolvidables viendo a Elías y a Moisés en el Monte de la Transfiguración. Había madurado tanto que ya era completamente un ser espiritual, y por eso Dios le permitió completar su vida con aquella Revelación.

Dios le tenía preparada esa gratificante sorpresa solo a Juan; y él supo esperar el tiempo de Dios para cumplir con la tarea encomendada.

En el libro Aplauso del cielo, de Max Lucado, encuentro una ilustración sobre la vida del gran maestro Antonio Stradivari, cuya declaración me parece oportuna para destacar la importancia de hacer “todo lo que nos venga a la mano: “Cuando un maestro sostenga entre el mentón y la mano un violín de los míos, se alegrará de que Stradivari haya vivido, haya fabricado violines y los haya fabricado de la mejor manera. Si mi mano se aflojara y no ejecutara, estaría robándole a Dios”.

Es cierto que este hombre tenía su autoestima bien alta, pero también es cierto que a él Dios le había provisto ese don de artesano que ningún otro poseía. De la misma manera, hay tareas y funciones que cada uno de nosotros puede hacer y que ninguna otra persona podría hacerlas de igual manera. Si bien no son dones espirituales, sino capacidades naturales del hombre, me atrevo a tomar la afirmación de que Dios “repartió dones a los hombres” para hacerlos extensivos a todas las personas.

Cada uno tiene el suyo en particular y por eso el ser humano no podría haber creado tantas cosas sin esa capacidad propia, recibida naturalmente de parte de Dios. ¡Cuánto más los que somos sus hijos!

Cada uno debe valorar lo recibido por Dios y ofrendárselo a Él como muestra de gratitud. Tan solo eso debe animarnos a seguir realizando tareas que dignifiquen el nombre del Señor. La clave está en preguntarnos: ¿cuánto puedo dar todavía?

A veces miro la vida de algunos hombres; algunos son populares y segurante serás recordados por varias generaciones por lo que hicieron. Muchos de ellos, con sus 80 años o más, siguen proyectando obras a futuro que se extenderán en el tiempo y que seguramente después alguien continuará.

Tiempo atrás, un político argentino que fue Vicepresidente de la Nación, el Dr. Víctor Martínez, en un homenaje por sus 88 años, a la pregunta “¿Qué podía hacer por el país a su edad?, contestó: “Mientras exista la posibilidad de servir, vale la pena intentarlo”.

Esto nos debe ayudar a dejar a un lado la postura cómoda que muchas veces asumimos: “Estas son cosas que ya tienen que hacer otros”.

Lo importante es que no caigamos en la tentación de dejar de proyectar obras que pueden completarse más allá de nuestra existencia. Debemos pensar que si la obra está dentro de la voluntad de Dios, otro la culminará.

Estoy seguro de que Dios todavía nos llama a ser protagonistas de la historia en su obra, y debemos tomar la decisión de responder a su llamado que recibimos en forma personal y que cada uno debe saber interpretar.

Nunca piense que los proyectos ya no tienen cabida en usted, que ya lo ha hecho todo o que debe dejar el lugar libre para que lo ocupe alguien más. Dé lugar en su vida a nuestro proyectos, no piense en volver a hacer lo mismo que ya hizo en el pasado.

Encuentre su actividad

Las vivencias de los mayores pueden ser muy positivas para los jóvenes. La forma de transmitirlas quizá no sea por medio de la exhortación o mandato, sino por medio de una sugerencia, demostrando apoyo y dando el ejemplo.

Recuerdo la historia que contaba mi padre sobre una anciana: “Ella no podía ni siquiera concurrir por sus propios medios a los cultos. Si alguien iba a buscarla con algún vehículo, tampoco podía concurrir, porque el dolor de sus huesos no le permitía estar sentada mucho tiempo. Pero era una fiel cristiana y mientras se desarrollaba la reunión, cualquier que fuese, ella dedicaba ese tiempo íntegramente a orar e interceder por la actividad que se desarrollaba”.

Ella había encontrado una tarea para desarrollar y lo hacía con responsabilidad y dedicación. El mismo Jesús pensó en la Gran Comisión. Su propósito consistía en dejarles a sus discípulos un trabajo para realizar mucho después de su partida. Es mucho más beneficioso y satisfactorio vivir pensando en los objetivos a alcanzar, que recordar los triunfos del pasado.

Por Samuel Arriete

Tomado del libro:“Ya me jubilé, ¿ahora qué hago?”

Ya Me Jubile ¿Ahora Que Hago?

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