Ese brillo permanente

Sin importar las transformaciones sociales o culturales

Por Wenceslao Calvo

Conocí a un joven. Y conocí su historia. El caso de este muchacho me hizo pensar en tantos y tantos emigrantes que llegan a países extraños huyendo de una pesadilla de estrecheces y penurias laborales y económicas en sus países de origen para encontrar allí un mejor porvenir.

Algunos de ellos lo encuentran, materialmente hablando, pero otros, arrastrando problemas personales y familiares no resueltos, hallan que con su venida a este país nuevo su situación, lejos de mejorar, se ha complicado aun más: la soledad, la desorientación y el desarraigo unidos al deslumbrante escaparate del consumismo y el materialismo dominantes, terminan por sumirlos en un caos todavía mayor del que querían huir.

Pero la conversación con mi joven amigo emigrante me hizo pensar en otra cosa también, pues mientras hablábamos me di cuenta de la peligrosidad de las fiestas en que vivimos inmersos. El derroche, los excesos, el desmadre generalizado y la invitación a la transgresión estarán ahí y la fuerza de esa vorágine se lleva por delante todo lo que encuentra. Ahí estaba mi amigo, con su sincero deseo de vencer un persistente y agudo problema. Pero ahí estaba, al mismo tiempo, amenazante e inquietante, la proximidad de las fiestas navideñas.

De manera que tuvimos que pensar en cosas prácticas para prever y eludir las encerronas en las que, casi sin buscarlas, puede verse envuelto dentro de unos días. Y al ver que teníamos que tomar medidas especiales porque se acerca la Navidad no pude reprimir un sentimiento de estupefacción al contemplar en lo que estas fiestas se han convertido: exactamente en lo contrario de lo que deberían ser, en una especie de agujero negro que succiona todo lo que cae en su radio de acción. Las fiestas de fe, del amor, de la esperanza, de luz, de alegría y de piedad, se han convertido en las fiestas de la disipación, de la iniquidad, de la desvergüenza, de la oscuridad y de la mundanidad. En lugar de ser la ocasión que ayuda a los que su camino quieren enderezar se han convertido en un tropiezo de maldad.

¡Ay Navidad! ¡No hay quién te reconozca! ¡Tú eres la prueba palpable de lo que somos capaces de hacer los humanos con lo bueno, lo limpio y lo sublime! Pero, ¿de qué me admiro? Si hemos sido capaces de convertir este hermoso planeta en un basurero moral y material, no es maravilla que hayamos podido convertir la Navidad en vanidad.

Y sin embargo, y a pesar de nosotros mismos, la realidad de la Navidad sigue ahí, tal como nos la muestra el siguiente texto bíblico: Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos. Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ‘¡Abba! ¡Padre!’. Así que ya no eres esclavo sino hijo; y como eres hijo, Dios te ha hecho también heredero” (Gálatas 4:4-7). Podríamos dividir este pasaje en tres partes:

  1. La planificación de los tiempos: “Pero cuando se cumplió el plazo…”. La primera Navidad no fue un accidente de la historia, ni una casualidad producto del azar, sino un acontecimiento sabiamente planificado. No se trata de una improvisación sobre la marcha, ni de un parche, sino de algo concebido y pensado desde la eternidad. De la misma manera que nosotros no dejamos a la improvisación las cosas verdaderamente importantes, así es impensable que Dios dejara el momento cumple de la historia sin un orden anticipado de todos sus detalles. La frase inicial del texto bíblico nos habla de algo que ocurre en el momento preciso, en el instante previsto, lo cual muestra el control y el poder del que lo planeó todo para administrar su propósito.
  2. La ejecución de la salvación:Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley”. Este consiste en la encarnación del Hijo de Dios: un acto único porque no tiene comparación con ningún otro, un acto sublime porque es la conjunción de lo divino y lo humano en Persona, acto indisoluble porque ni siquiera la muerte del Hijo de Dios: su sometimiento a las demandas de la ley que él mismo había promulgado, su ser puesto a prueba para demostrar su categoría, su partir de cero aun siéndolo todo. Que consiste en la Redención efectuada por el Hijo de Dios: rescate hecho posible gracias al pago efectuado, la sangre, esto es, la vida del Hijos de Dios; rescate de una condenación eterna porque la ley justa demanda sentencia sobre los transgresores.
  3. La aplicación de la salvación:a fin de que fuéramos adoptados como hijos. Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ‘¡Abba! ¡Padre!’. Así que ya no eres esclavo sino hijo; y como eres hijo, Dios te ha hecho también heredero”. En esto consiste la adopción, es decir, en el acto de ser declarados y reconocidos como hijos por el Padre. En esto consiste la regeneración: en el hecho de recibir una nueva naturaleza, que es el Espíritu de filiación, el mismo espíritu de Jesús, el Hijo por antonomasia. Que consiste en una relación con el Padre, que es cálida e íntima con la palabra Abba expresa. Que consiste en una herencia, la más grande y valiosa que pueda haber.

 

“Gracias, Padre amado, porque a pesar de todo, la luz de la Navidad sigue y seguirá brillando como faro en medio de la noche. Que muchos perdidos en el mar de la vida puedan ser iluminados por ella en estos días”.

Por Wenceslao Calvo
Pastor de la Iglesia Presbiteriana Española

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