El llamado a dejar las redes y seguirle

Porque nos espera una misión que nos cambiará por completo

Por Richard Stearns

Raras veces la invitación a unirse a la misión rescatista de Dios es tan directa y pública como lo fue para mí en 1998. En ese entonces vivía mi versión del sueño americano siendo director de Lenox, la venerada empresa estadounidense de porcelana. Tenía uno de esos trabajos con los que sueña la mayoría de la gente, liderando a miles de personas, un salario enorme y otras muchas ventajas. Me había costado veinticinco años y muchas largas horas de duro esfuerzo y trabajo llegar hasta ahí. Y el día que recibí esa espectacular invitación de Dios, ciertamente no pensaba en cambiar el mundo, ni edificar su Reino. Lo que más me preocupaba era mi propio éxito: mi familia, mi carrera, mi reputación y mi estilo de vida. Claro, yo era cristiano. Era uno de esos que había tomado la decisión de aceptar a Cristo como su Salvador en la universidad. Pero no puedo decir que verdaderamente me había convertido en un discípulo. Yo desempeñaba el papel: voy a la iglesia todos los domingos, asisto a un grupo de estudio bíblico semanal, estoy en la directiva de una escuela cristiana y tengo una Biblia en mi gran mesa de director para que todos lo vean.

Realmente no había entendido que Jesús me llamó a alistarme, a reemplazar mi plan por el suyo, a arrepentirme y a seguirle, hasta que sonó el teléfono una mañana. La llamada era de un reclutador de ejecutivos contratado por la enorme organización cristiana de ayuda y desarrollo Visión Mundial para encontrar a su nuevo presidente. Esa mañana, Jesús me invitó de nuevo a seguirle, a convertirme en discípulo suyo. Me dio la oportunidad de asociarme con Él para cambiar el mundo proclamando las Buenas Nuevas a los pobres de que “el Reino de Dios se ha acercado”.

Visión Mundial, con su plantilla de cuarenta y cinco mil miembros en casi cien países, representa uno de los escuadrones más grandes en el avance del Reino de Dios. Me ofrecían el increíble privilegio de un puesto de mando en las primeras líneas de batalla. Solo había un problema: yo no quería unirme a ella. Estaba disfrutando de una vida “de civil” demasiado buena, no quería dejar lo que hacía, dejar mi trabajo, reducir mi salario, vender mi casa, mudar a mi familia e irme al frente de batalla. Parecía que Jesús me estaba pidiendo que le diera las cosas más valiosas que poseía.

¿Recuerda una “llamada de teléfono” similar hace unos dos mil años, la cual recibieron Simón Pedro y Andrés cuando pescaban en el mar de Galilea? Intento imaginarme a Pedro y Andrés diciendo algo como esto a Jesús: “Nos encanta ir, Jesús, pero tienes que entender que la empresa de pesca está empezando a despegar. Hemos encontrado algunos inversores y estamos a punto de ampliar nuestra flota a cuatro barcos. Hemos alquilado un espacio de venta al por menor y planeamos expandirnos a diez nuevos puestos en mercados. Además, Andrés acaba de conseguir una casa nueva y tiene dos hipotecas. Nos encantaría seguirte, pero no es un buen momento. Creo que lo entenderás”.

Eso resume bastante bien lo que yo quería decirle al reclutador esa mañana. En efecto, dije algo bastante similar: que no estaba interesado o disponible. Pero eso no es lo que dijeron Pedro y Andrés. Se nos dice que ellos inmediatamente dejaron sus redes y le siguieron. No hubo ni dudas ni más preguntas. “Jesús, aquí nos tienes. Tan solo dinos qué quieres que hagamos”.

Como vemos en la parábola del banquete de bodas del rey, Jesús sabía que muchos rechazarían su invitación. Cuando Jesús invitó al joven rico en Mateo 19, diciendo: “Anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”, el joven no pudo hacerlo. No podía dejar su posesión más valorada si eso era lo necesario para seguir a Jesús. Gracias por la invitación, Jesús, pero el costo es demasiado elevado.

En Lucas, Jesús invitó a otro hombre a seguirle: “‘Señor, le contestó, primero déjame ir a enterrar a mi padre’. ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos, pero tú ve y proclama el reino de Dios’, le replicó Jesús”. Otro afirmó: “Te seguiré Señor; pero primero déjame despedirme de mi familia” (Lucas 9:59)

Ambos tenían buenas excusas. Yo también tenía infinidad de ellas. Tenía que pagar estudios universitarios a cinco hijos. Renée y yo vivíamos en la casa de nuestros sueños. Mi carrera iba muy bien y me habían prometido una gran recompensa económica en los siguientes cinco años. Además, mi identidad, mi seguridad y mi reputación estaban atadas a ese trabajo y ese estilo de vida. Jesús entiende con bastante claridad. Siempre es una cuestión de prioridades. “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro” (Mateo 6:24)

Aunque no mostré el entusiasmo inmediato de Pedro y Andrés, finalmente tomé la difícil decisión de seguir a Jesús. Reticentemente dejé mi trabajo. Vendimos nuestra casa, sacamos a nuestros hijos de la escuela, nos mudamos a otro lugar del país y comenzamos lo que se convertiría en la mayor aventura de nuestra vida. Después de decirle sí a Dios, tuve el privilegio de servir en la primera línea del Reino, la satisfacción de unirme a la gran misión de Dios, la maravilla de descubrir dones y talentos que nunca antes había usado, y el gozo de sentir por primera vez en mi vida que hacía aquello para lo que fui creado.

Aunque es algo trivial decirlo, me había “encontrado a mí mismo”, me había encontrado a mí mismo al perderme sirviendo a Dios: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará” (Lucas 9:24).

A menudo me pregunto qué ocurrió con los dos hombres que le dijeron a Jesús que aún no podían seguirle. No se dice nada más de ellos, pero sabemos que Simón Pedro y Andrés fueron a cambiar al mundo. No eran hombres extraordinarios en nada, ni tampoco ninguno de los doce discípulos. Se describe a Pedro y a Juan en el libro de los Hechos como “gente sin estudios ni preparación”. Creo que Jesús los seleccionó precisamente porque eran comunes para demostrar las cosas tan asombrosas que podían lograr a través de personas promedio. Pero aunque era personas comunes, estaban dispuestos. Estuvieron disponibles. Dejaron sus redes y siguieron a Jesús sin dudarlo. Estuvieron dispuestos a ser usados por Dios. Eran discípulos, no solamente decisores, y eso marcó la diferencia.

Por Richard Stearns
Tomado del libro: Por terminar
Grupo Nelson

CREER es Solo el Principio por TERMINAR

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