Las sandalias del pescador

Lo que al Señor le importa es tu corazón

Por Beatriz Garrido

Estoy segura de que la mayoría de ustedes o hayan visto o escuchado igual que yo, sobre una fantástica película del año 1968 protagonizada por el inigualable Anthony Queen junto a actores secundarios del tamaño de Laurence Olivier, “La sandalias del pescador”.Es una película basada en la novela mundialmente famosa que escribió Morris West en el año 1963.

Cuenta la historia de un obispo ucraniano condenado a trabajos forzados en una prisión soviética que a través de los años llega a ser Papa y, en momentos de crisis y profunda pobreza saca a la plaza de San Pedro un montón de riquezas del Vaticano y renuncia a ellas…. Es una historia bonita, pero lo que me interesa de esta película es, sobre todo, su título. Me parece bellísimo y ¾evidentemente¾ esta referido a Pedro y realmente es de él de quien quiero hablar.

¡Me encanta el apóstol Pedro!… simplemente me encanta y me da muchísima pena cuando se le quitan todos los defectos, y parece que siempre sale perdiendo ante todo un Pablo.

Evidentemente, la trayectoria del apóstol Pablo desde su juventud es increíble y puedo ver la mano de Dios apartándolo para su servicio de forma muy especial. ¿Recuerdan las palabras del Señor a Ananías?: “Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles y de reyes y de los hijos de Israel”. Me parece fascinante cómo, sin que él lo supiera, Dios toma la vida de Saulo de Tarso desde las entrañas de su madre, lo hace nacer en una familia muy determinada, hace que sea enseñado ante los pies de todo un Gamaliel, no en vano se definiría Pablo como “hebreo de hebreos, fariseo de fariseos, criado a los pies de Gamaliel”. Pero me parece preciosa la forma en que el Señor va moviendo los hilos de tal modo que aquel grandioso y equivocado Saulo de Tarso llegue a poder decir; “Pablo, siervo de Dios y esclavo de Jesucristo”, ”Porque me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetea… y el Señor le respondió, “Bástate mi Gracia”.

Dios trató con aquel impresionante instrumento escogido y lo fue puliendo, hasta llegar a ser el siervo del Señor que llegó a ser, quien fue el artífice de poner las bases y la doctrina de la iglesia en el Nuevo Testamento.

Pero quiero volver a mi querido Pedro. Al lado de todo el currículum de un Pablo y con un temperamento tan ecuánime cómo el de él, ¿cómo queda Pedro? ¿El precioso, rudo, fuerte pescador? ¡Las sandalias del pescador! Aquel hombre con sus sandalias y unos pies encallecidos por las olas y el salitre del mar de Galilea, aquel hombre sin letras, un simple pescador; pero a quién Jesús dice un día a las orillas del mar: “Ven en pos de mi y te haré un pescador de hombres”. Pedro, como de costumbre, no lo piensa dos veces y, deja caer las redes al suelo para seguir a Jesús hasta el final de su vida.

Me molesta muchísimo cuando escucho tantas críticas dirigidas al hombre de las sandalias de pescador.Sí, lo sé. Era tan impulsivo… Se hunde sobre las aguas, dice a bote pronto lo que se le ocurre en multitud de ocasiones y mete la pata, le corta la oreja al soldado, no quiere que Jesús lave sus pies y lo más triste, llega a negar a su Señor tres veces y parece que siempre sale perdiendo en todo al lado de Pablo por muchos motivos. Se le llama impulsivo, mete patas y miles de cosas más. Algunas son ciertas, no lo puedo negar; pero, ¿quién es el único que se lanzó a caminar sobre las aguas? ¡Pedro! ¿Quién fue el único que ante una importantísima pregunta de Jesús responde de manera contundente e impresionante: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”?… ¡Por supuesto, Pedro! Y, algo que me parece precioso, cada vez que se equivoca, el pescador de las sandalias sabe retroceder y pedir perdón, sobre todo en la escena de la restauración después de la negación; Pedro llora amargamente y cuando Jesús clava sus ojos en los de Pedro y le hace la pregunta: “Pedro, ¿me amas?”, el impulsivo y precioso pescador de las sandalias dice con lágrimas en los ojos: “Señor, Tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo” y Jesús le dice:“Apacienta mis ovejas”.

Pedro entiende, obedece y es increíble lo que el Señor hace a través de este apóstol.El humilde y rudo pescador sin letras, llega a predicar de tal modo, que en uno de sus discursos se convierten tres mil personas, hace milagro tras milagro, trabaja infatigablemente para su Dios, pasa por cárceles, persecuciones y miles de cosas. Incluso se dice que murió crucificado. El pescador de las sandalias, a pesar de todos sus errores, amaba a su Señor inmensamente y a través de cada acierto y cada error, el Dios que lo llamó de entre las redes, lo va puliendo con su cincel hasta hacer de Pedro lo que hizo, un increíble instrumento en sus manos quien fue “fiel hasta la muerte”.

De todo ello aprendo muchas cosas. Lo primero es que a cada uno de nosotros, de modo muy especial a aquella persona que Dios escoge y aparta para servirle, lo entreteje dentro de las entrañas de su madre tal y como Él quiere, del mismo modo hizo con Amy Carmichael, aquella niña de ojos de color marrón que lloraba y le preguntaba al Señor: “Por qué yo no tengo los ojos azules?”. Toda la familia los tenía de ese color menos ella, pero el Señor sabía lo que hacía. Amy necesitaría más tarde aquellos preciosos ojos de color marrón para esconderse bajo un shari y trabajar de forma increíble en la India haciendo una preciosa labor durante cincuenta años.

Muchas veces en mi vida me he preguntado: “¿Por qué yo no tengo los ojos azules?”, y mi Padre siempre me responde lo mismo: “Eres tal y como quise, te escogí y te hice tal y como eres con un propósito muy determinado…Tus cosas negativas, ponlas al pie de la cruz día a día y deja que mi cincel te pula y yo te usaré hasta tu último suspiro, déjame a mi y obedéceme siempre!”.

Las sandalias del pescador… ¡Qué precioso calificativo! Cuando pienses en Pedro, deja de mirarle con un poquito de recelo, no juzgues sus errores, mira sus enormes triunfos y cuando pienses en ti mismo, recuerda a Pedro, recuerda a Amy y sus ojos de color marrón y deja que Dios haga su obra en ti. No le falles, porque Él no te fallará, colócate en sus poderosas manos y sé… como el precioso pescador de las sandalias.

Por Beatriz Garrido
Columnista de Protestante Digital

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