Bajémonos del caballo

Palpitando el mes de la amistad

Por Evangelina Daldi

Cuenta la historia que hace muchos años, había un anciano que aguardaba para cruzar el río en una helada mañana de invierno. Su barba parecía perlada por la escarcha. La espera se le hacía interminable y el viento le había entumecido el cuerpo.

Oyó un lejano y firme ritmo de cascos que se acercaban al galope por el sendero helado. Eran varios jinetes. El anciano, anhelante, dejó pasar al primero sin tratar de llamar su atención. Luego pasó otro, y otro más. Al fin, el último jinete se acercó al lugar donde él estaba sentado, semejante a una estatua de nieve.

Cuando estuvo cerca, el viejo lo miró a los ojos y le dijo: “Señor, ¿tendría inconveniente de llevarme hasta la otra orilla? Parece que no hay manera de cruzar a pie”.

El jinete replicó: “¡Cómo no! Suba”.

Al ver que el viejo no podía levantar del suelo su cuerpo medio helado, el jinete desmontó para ayudarlo a subir. Después lo llevó, no solo a la otra orilla, sino hasta su destino, algunos kilómetros más allá.

Cuando se acercaban a la cabaña, la curiosidad hizo que el jinete preguntara: “Señor, he notado que dejó pasar a los otros jinetes sin hacer nada por pedir ayuda. En cambio, cuando llegué yo, no vaciló en pedirme que lo llevara. Me gustaría saber por qué, en una mañana tan cruda, esperó hasta el último jinete para pedir asistencia. ¿Y si yo me hubiese negado dejándolo allí?”.

El anciano desmontó trabajosamente, luego miró al jinete a los ojos y dijo: “Hace mucho tiempo que ando por estos lugares. Supongo que conozco bastante a la gente. Me bastó mirar a los otros a los ojos para ver que mi situación no les interesaba. Pedirles que me llevaran habría sido inútil. Pero en usted vi amabilidad y compasión. De inmediato supe que su espíritu gentil apreciaría la oportunidad de asistirme en ese momento de necesidad”.

Ese reconfortante comentario emocionó profundamente al jinete. “Le agradezco mucho esas palabras. Quiera Dios que nunca, por muy ocupado que esté en mis propios asuntos, deje de atender a la necesidad ajena con amabilidad y compasión”.

Con estas palabras, Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, hizo girar su caballo y emprendió el camino de regreso a la Casa Blanca.

Esas mismas palabras que dijo Jefferson son las que me digo y me repito a mí misma: “Quiera Dios que siempre tenga la capacidad de mostrarme amiga. No solo para con aquellos amigos que hacen de mi vida un espacio más alegre, sino de aquellos que están a mi alrededor y son anónimos para mí”.

Hace algunas semanas escuché un mensaje sorprendente. Desde la plataforma, un pastor dijo que a medida que el creyente crece en su caminar con el Señor, se va alejando de aquellas personas que no conocen a Cristo ni comparten su fe, y de hecho, reafirmó que muchos cristianos carecen de amistades “del mundo”.

¡Qué triste! Qué pena me da pensar que los paradigmas de pensamiento nos hayan llevado a creer que el mostrarnos amigos con aquellos que no comparten nuestra fe es algo que el Señor ve como malo.

En lo personal, espero que pueda ser una persona que siempre se muestre amiga para todos. Que las personas sepan que pueden contar conmigo. Que sea un fiel reflejo del amor del Señor sin hacer discriminación por raza, religión, color, ideologías ni ninguna otra cosa semejante.

Que nuestra oración pueda ir en dirección a mostrarnos amigos, cercanos, conectados con la gente, con la necesidad, con sus alegrías y con sus tristezas, con sus dolores y sus festejos. Que nuestro caminar esté lleno de personas que nos marquen y a las que marquemos para bien. Que podamos ser aquellas personas que impactemos con el amor con el que Jesús nos impactó.

No hay nada más lindo que los amigos. Son aquellos que están sin importar las circunstancias. Son aquellos que nos prestan el hombro para llorar y sus manos para aplaudir. Que se ríen y lloran con nosotros. Aquellos que nos bendicen con su sola presencia. Aquellos que hacen más ameno nuestro caminar diario.

Por eso, a medida que alzamos nuestra cabeza en agradecimiento al Señor por aquellas personas que Él puso a nuestro lado, no podemos dejar de agradecer a nuestro Amigo por excelencia. Aquel que nos ama sin condiciones, que se entregó sin reservas, que no nos deja caminar solos, que nos brinda su gracia sin importar qué hayamos hecho, que nos perdona una y otra vez. A Jesús, nuestro gran amigo, imposible de comparar, al ejemplo y modelo de todo. “Gracias, Jesús. Gracias porque si hablamos de amistad también allí eres perfecto. Porque sabemos que la gente puede ir y venir. Puedes fallarnos o no. Podemos tener muchos amigos o no. Pero si hay alguien inconmovible, ese eres tú. Gracias porque nos repites una y otra vez que estarás siempre con nosotros. Porque nos recibes con los brazos abiertos independientemente de las circunstancias. No hay palabras, y por eso mismo te brindamos nuestro corazón, que es lo único que tenemos. Pero también te pedimos que nos des la gracia de ser canales de esa bendición que hemos recibido para con otros. Que nuestro corazón se mantenga sensible a la necesidad, al dolor, al llanto, al sufrimiento. Que otros vean en nosotros personas confiables, leales, buenas y serviciales. Que seamos imagen de tu persona en esta Tierra que tanto te necesita”.

Aprovechemos este mes para celebrar la amistad. Para acercarnos a quien hace mucho que no vemos o hablamos. Para pedir perdón a quien hayamos podido ofender. Para abrir los ojos y apreciar esos tesoros que tenemos al lado.

¡Dios le bendiga!

Evangelina Daldi

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