Ser agentes relevantes

La importancia de que se nos considere culturalmente importantes

Por Brad Powell

La iglesia, para que trabaje bien, debe ser relevante. Debe comunicar la verdad y la esperanza de Dios en el lenguaje de la cultura en la que está situada. Es una desdicha que muchos consideren la relevancia culturar una componenda para la iglesia. Puede que su crítica sea sincera, pero están equivocados. Como ejemplo incontrovertible, permítame referir algunas palabras de Jesús sobre este tema: “Videns autem turbas ascendit in montem et cum sedissetaccesserunt ad eumdiscipulieius et aperiens so suumdocebateosdicensbeatipauperesspirituquoniamipsorumestregnumcaelorumbeati mites quoniamipsipossidebuntterrambeatiquilugentquoniamipsiconsolabunturbeatiquiesuriunt et sitiuntiustitiamquoniamipsisaturabunturbeatimisericordesquiaipsimisericordiamconsequenturbeati mundo cordequoniamipsiDeumvidebuntbeatipacificiquoniamfilii Dei vocabunturbeatiquipersecutionmenpatiunturporpterinstitiamquoniamipsorumestregnumcaelorumbeatiestis cum maledixerintvobis et persecuti vos fuerint et dixerintomnemalumadversum vos mentientespropter me gaudete et exultatequoniammercesvestra copiosa est in caelis sic enimpersecutisuntprophetasquifuerunt ante vos…”.

Impresionante, ¿verdad? Aquí se define el mensaje fundamental de Cristo, y se explica su vida y su ministerio, ¿correcto? Bien, acaba de leer una porción del más grande sermón jamás predicado, por el más grande predicador de la historia… el Sermón del Monte (Mateo 5). Las verdades que acabas de leer son parte del fundamento de la esperanza que Jesucristo vino a darnos.

Pero permíteme preguntarte: ¿cuánta esperanza experimentaste como resultado de leer estas palabras de Jesús? ¿Cuán relevantes resultaron para tu vida? Si eres honesto, a menos que fueras diestro en el latín, estas palabras te han sido totalmente irrelevantes. Y el por qué se debe a que no las pudiste entender. No eran lógicas para ti. Tu incapacidad para entenderlas las hicieron inoperantes en tu vida. Contienen poderosas verdades, pero leerlas resultó aburrido y una pérdida de tiempo. Es muy probable que ni siquiera intentaste leerlas o que enseguida te diste por vencido.

Cuando la gente perdida y que no está familiarizada con la iglesia, asiste a una congregación que comunica la verdad de Dios en lo que yo llamo “cristojeringoza”. Ese es el idioma que habla la mayoría de las iglesias en todo el mundo, lo sepan o no. La “cristojeringoza” es el lenguaje de la cultura y la tradición de una iglesia dada. Como es el caso con todos los idiomas, lo entienden sin dificultad solo los que se han criado hablándolo. Pero el problema es que solo los de adentro pueden entenderlo y apreciarlo. Aquellos a los que la iglesia no les es familiar, o son de una iglesia diferente, cuando la visiten les resultará ininteligible la forma propia de la cristojeringoza que una iglesia hable. No tendrán la más mínima idea de lo que se dice. Será como una lengua extranjera para ellos.

Así es como se siente la gente no familiarizada con la iglesia cuando entran a una de corte tradicional: que ni se les quiere ni se les recibe. Sienten que la iglesia ha perdido el contacto con la realidad y que no es útil. Se les desconecta literalmente de la verdad a la que hemos sido llamados a compartirles. Aun si quisieran sustraer algún beneficio, no tardan mucho en darse por vencidos, como sucedió con el pasaje en latín.

Las cosas en su lugar

Ser relevante, es decir, hablar en el idioma de la cultura, no compromete la verdad de Dios en ningún sentido. Lo que la compromete es ser irrelevante. Es un hecho que Dios ha llamado a los cristianos a ser embajadores de su Reino en este mundo. El trabajo de un embajador es aprender el lenguaje y la cultura de la nación a la que ha sido asignado. Él no tiene que adoptar la cultura o las creencias del país, pero debe entenderlo, y entender la cultura y el lenguaje, a fin de representar bien a su propia nación.

Ese es el propósito de la Iglesia. Ella representa el cielo, la esperanza y a Cristo en este planeta. Para ser buenos embajadores, deberemos entender y hablar el lenguaje de la gente en nuestro rincón del mundo. No tenemos que adoptar los valores de su cultura. Pero, al igual que lo hizo el Señor Jesús, debemos aprender a relacionarnos con su gente.

Si no comunicamos la verdad de Dios en el idioma de nuestra cultura, fracasaremos y no cumpliremos el propósito expreso de Dios para la Iglesia. Y esa sería en última instancia la componenda. Yo creo que la iglesia de hoy, al oponerse al cambio, compromete la tarea que Jesucristo nos envió a hacer en este mundo. Él nos envió a que siguiéramos sus pisadas. Dejó el cielo, su zona de confort, para “buscar y salvar” a los perdidos. Es desafortunado que muchas iglesias prefieran permanecer dentro de su propio mundo de comodidad, y hablar su propio lenguaje privado, antes que cumplir con el arduo trabajo de dejar su zona de seguridad para alcanzar a la gente que está sin Dios y sin esperanza. Cuando la Iglesia fracasa, se debe a que se rehúsa a ser como Jesús. Él no obligó a la gente a aprender el idioma del cielo como condición para poderles expresar la verdad. Adoptó el lenguaje de la cultura de su día, y se relacionó exitosamente con ella. Es tiempo de que la Iglesia de hoy empiece a seguir otra vez a Cristo.

Por lo general, tendemos a ver este asunto a través del lente de nuestra denominación, nuestra tradición o nuestra historia, ya que es ahí en donde se ubican nuestras experiencias y en donde vivimos las relaciones personales más significativas. En términos generales, esa es la causa de que dejemos de ser el impacto positivo y la esperanza que un cambio puede traerle a la gente que hoy se encuentra fuera de la Iglesia. Por supuesto que eso creará estrés, tensión y hasta temor. ¿A quién le gusta perder amigos por alcanzar extraños? En vista de nuestra naturaleza, a nadie. Sin embargo, en vista de la naturaleza de Cristo, a todos los creyentes nos debe deleitar hacerlo. Exponernos a la realidad de la vida de la gente fuera del marco de la iglesia nos ayudará a desarrollar perspectiva. Buscar entender cómo piensan las personas nos incentivará a querer alcanzarlos.

Estas son las preguntas que se hacen muchos de los que no tienen a Cristo: “¿Hay algo acerca de Dios, o acerca de la Iglesia, que de verdad me pueda ayudar en mi vida? ¿Hay alguna esperanza?”. Cuando uno piensa en las necesidades con las que luchan las personas que tienen a Dios, y las que no, y luego observa cómo les ministra la iglesia típica, es fácil entender por qué ni siquiera se molestan en venir. ¿Para qué? Si la Iglesia no les va a mostrar la manera en que Dios sea real y relevante para sus vidas. ¿Para qué ir y perder el tiempo? La Biblia misma está de acuerdo con esta lógica. En 1 Corintios 15:32, Pablo escribió: ¿Qué he ganado si, sólo por motivos humanos, en Éfeso luché contra las fieras? Si los muertos no resucitan, ‘comamos y bebamos, que mañana moriremos’”. Si no hay sentido ni esperanza más allá de este momento, entonces Dios no importa. Vivir el momento no resuelve ninguno de nuestros problemas, ni llena nuestro vacío, pero mejor vivirlo que perder nuestro tiempo en la iglesia.

Para revertir esta realidad, la Iglesia deberá cambiar, pero sin concesiones. Si vamos a poder cumplir el propósito que Dios nos ha designado como creyentes en este planeta, necesitamos comunicar la verdad divina con integridad doctrinal y relevancia cultural.

No podemos corromper la verdad de Dios. No podemos diluirla como lo hacen muchos al tratar de alcanzar a la gente haciendo de la verdad algo que no ofenda demasiado. La verdad es la verdad. La verdad es la única esperanza para que la gente encuentre libertad y perdón. No podemos cambiarla. Debemos presentarla con integridad doctrinal.

Pero la verdad no ayudará ni impactará a la gente a menos que se la presentemos de forma culturalmente relevante. La Biblia le asigna a la Iglesia la responsabilidad de la integridad doctrinal así como la responsabilidad de la relevancia cultural (1 Corintios 9: 19-23). Aunque la relevancia cultural no es negociable cuando de cumplir el propósito de la Iglesia se trate, es vital que se entienda que es la verdad la que tiene valor, y no la cultura ni la relevancia. El lenguaje que hablamos no es valioso; la verdad sí lo es. Pero muchos cristianos luchan por preservan la cultura y el lenguaje en el que encontraron a Cristo, más que a la verdad en sí misma. Es un resultado directo y predecible que consideren una adulteración el que se haga algún intento de cambiar el lenguaje o la cultura de la Iglesia. Ven la relevancia como componenda. Pero la realidad es que, cuando valoran el idioma y la cultura de la iglesia más que la verdad en sí misma, son ellos los de la componenda. Les ponen mayor valor a la cultura, al lenguaje y a las tradiciones de su preferencia, que a las personas a quienes Cristo ama y por quienes murió para salvarlas. Por causa de sus tradiciones, impiden que la iglesia comunique eficazmente la verdad de Dios a los que la necesitan desesperadamente. Esa es la componenda.

Cultura y relevancia

Los cristianos de hoy no tienen excusa para no comunicar la verdad divina de manera culturalmente relevante. No solo tenemos el ejemplo de Cristo y de Pablo, sino que tenemos el mandato de Dios claramente expresado en 2 Corintios 5:18-20: Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: ‘En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios’”.De acuerdo con esta cita, estamos llamados a ayudar a las personas a reconciliarse con Dios. Nuestra asignación dada por Dios es ser embajadores.

Por lo tanto, cuando la Iglesia no hace todo lo que puede para comunicar la verdad de Dios a gente real, y de manera relevante, como lo hizo Jesús, comete un crimen contra todos aquellos por los que Él murió. Comete un crimen contra Él mismo. Él murió en la cruz para ofrecerle esperanza al mundo, la esperanza que todo cristiano experimenta por gracia, por eso la iglesia está llamada a revelársela al mundo. Cuando no lo hacemos, somos criminalmente negligentes.

Puede que esto les parezca duro a algunos, pero es la verdad de Dios, no la mía. En Ezequiel 3:18-19, Dios dijo: “Cuando oigas mi palabra, adviértele de mi parte al malvado: ‘Estás condenado a muerte’. Si tú no le hablas al malvado ni le haces ver su mala conducta, para que siga viviendo, ese malvado morirá por causa de su pecado, pero yo te pediré cuentas de su muerte. En cambio, si tú se lo adviertes, y él no se arrepiente de su maldad ni de su mala conducta, morirá por causa de su pecado, pero tú habrás salvado tu vida”. El apóstol Pablo, en Hechos 20:26-27, revela claramente esta verdad a la Iglesia: “Por tanto, hoy les declaro que soy inocente de la sangre de todos, porque sin vacilar les he proclamado todo el propósito de Dios”.

Para expresarlo en palabras actuales, si no compartimos con la gente acerca de la necesidad del perdón y la esperanza que Dios da, Él nos pedirá cuentas. A la luz de esta verdad, pienso que hay sangre en las manos de muchas iglesias de hoy, ya que se preocupan tanto por sus amadas formas culturales, que no les entregan la verdad divina a las personas en una forma que puedan honestamente entenderla. Se nos pedirá cuentas.

Por Brad Powell
Tomado del libro: Cambia tu iglesia para bien
Nelson

Cambia Tu Iglesia Para Bien

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