Es tiempo de salir de tu sótano

Deja la vergüenza y levanta tu cabeza. Eres libre

Creo que todos, de alguna manera, usamos alguna máscara. Es nuestra forma de “encajar”, de pertenecer. Mientras más rotos nos sentimos en el interior, más nos inclinamos a ocultar nuestro quebranto de los demás, para que no se rían de nosotros ni nos rechacen. Por los pasados dieciséis años he hablado a más de cuatro millones de mujeres, y escucho lo mismo una y otra vez: “No me gusta mi apariencia”, “No me gusta cómo me siento”., “Detesto la imagen que veo en el espejo”, “Si la gente conociera quién soy realmente, nadie querría conocerme”, “¿Cómo puede Dios perdonarme si no puedo perdonarme a mí misma?”.

Me rompe el corazón darme cuenta de que, aunque Cristo murió para darnos libertad, con mucha frecuencia los seguidores de Cristo parecemos ser los más cautivos. Todo comienza cuando nos sentimos juzgados por los estándares de nuestra cultura (y queremos más). Y luego añade a esto el juicio de la comunidad cristiana  la Iglesia , y aquí tienes suficiente para hundir cualquier barco. La palabra “inmisericordia” se queda corta.

¿Recuerdas en Juan, cuando los fariseos y los maestros de la ley arrastraron ante Jesús a una mujer sorprendida en el acto de adulterio? La tiraron al suelo como si fuera un trapo sucio y dibujaron un círculo de condenación alrededor de ella. Recuerdo que lo mismo le ocurrió a una de mis amigas. Su matrimonio había terminado, y mientras ella luchaba por encontrar ayuda y esperanza, terminó en el centro del círculo de los acusadores. Nadie quería escuchar: solo querían decirle lo que tenía que hacer.

¿Qué hace que nos sintamos tan cómodos en un círculo? ¿Acaso es que nos deja sin ninguna salida? ¿O es que nos permite ver por encima de las personas rotas y mirarnos en los ojos de aquellos que pensamos que son como nosotros?

Sea lo que sea, Cristo mismo entró aquel día al círculo… y lo rompió en pedazos. ¿Cómo lo hizo? Simplemente invitó a aquellos que nunca habían pecado a que tiraran la primera piedra. Eso fue muy ofensivo para la multitud porque implicaba que el pecado de los que habían tirado a la mujer en el círculo, ¡era tan malo como el dela mujer en el suelo! Esto segura de que ninguno de ellos les gustó probar esa medicina, así que fueron soltando las piedras, una por una, y se retiraron sin hacer mucho ruido.

Me parece muy triste que nadie se acercara y se sentara al lado de ella. Nadie realmente “entendió” la verdad radical que Cristo proclamaba: todos estamos rotos y hemos metido la pata, cada uno de una forma distinta. Y también pasaron por alto otro detalle: no entendieron la verdad de que Dios tiene toda la experiencia del mundo lidiando con personas rotas, y que las ama profunda y entrañablemente.

¿Has sido víctima alguna vez del tipo de juicio que describe Juan 8? Si es así, no cabe la menor duda de que tenía la intención de mantenerte escondido en el sótano porque tus acusadores dejaron ver muy claramente que ese era tu lugar. (Y si te atrevieras a salir, ellos te estarían esperando con piedras afiladas).

Si estás en esa situación, permíteme hacerte una sugerencia. Abre la puerta del sótano lo suficiente como para admitir esta verdad: tal como estás ahora, con todas tus luchas, tus secretos y las máscaras que te esconden del mundo, Dios te ama apasionadamente. Y conoce tus “cosas”. Él ve tu dolor. Él te invita a que te acerques a Él, tal como estás, exactamente como estás justo en este momento de quebranto.

Sí, eso requiere que tengas algo de valor. Es posible que no les agrade a algunas de las personas a tu alrededor. Y hasta es posible que no se sienta “bien” porque, seamos realistas, te has escondido en ese sótano húmedo por mucho, mucho tiempo.

Cuando sientes que has enredado todo, que has caído y que le has fallado a Dios de alguna manera, ¿cómo respondes normalmente? La mayoría de nosotros quiere esconderse. Queremos huir, tratar de enmendar las cosas o por lo menos, arreglarlas un poco por nuestra cuenta. Luego entonces, nos decidimos, iremos a Dios y le explicaremos todo.

Eso no funcionó en el Edén ni tampoco resulta ahora. Adán y Eva intentaron cubrir su desnudez haciendo ropa con hojas, lo más grande que encontraron para cubrirse. Es posible que hayan logrado cubrir su desnudez mutua, pero no pudieron cubrir su pecado y su vergüenza. No pudieron ocultarle a Dios que estaban rotos.

Y tú, ¿qué? Todos tenemos escondites preferidos.

Algunos se esconden en la comida. Algunos se esconden en las “cosas” (“Solo un par de zapatos más, un bolso más, un vestido más y me sentiré mejor”). Algunos se esconden en las relaciones. Otros en la religión. Algunos se esconden en el ministerio.

Nos escondemos de miles de maneras. Solo mencioné unas pocas. Tal vez hayas escogido un método diferente, un sótano diferente. Quizás tus escondites puedan ser tan oscuros y tenebrosos que ni siquiera puedes identificarlos. Y aun así, Dios nos pregunta a todos los que nos escondemos lo mismo que les preguntó a Adán y a Eva: “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9). Creo que la pregunta estaba impregnada de gracia. El Señor no preguntó: “¿Por qué te escondes?”. En lugar de eso le preguntó: “¿Dónde estás tú?”.

¿Notas la diferencia? Si Dios hubiera pregunta ¿por qué? Habría empujado a Adán y a Eva mucho más adentro del huerto y habría acentuado la vergüenza que ya sentían. Así que preguntó ¿dónde? Este tipo de pregunta tiende a llamarnos fuera de nuestro escondite. Ese era el deseo de Dios con Adán y Eva, y es su deseo para cada uno de nosotros hoy.

La verdad es que todos somos personas rotas. Algunos nos damos cuenta pero no sabemos cómo resolverlo, mientras otros no se percaten de ello a pesar de que a veces sentimos un estruendo distante en nuestra alma. Para cada uno de nosotros, la respuesta de Dios es Cristo.

¡Ya no tienes que esconderte! Eres amado tan cual eres. No necesitas ponerte una máscara, Dios te ve tal cual eres. No tienes que fingir que estás bien. Cristo es nuestro justicia y, después de todo, sí podemos ser seres humanos, reales, amados y libres. No tienen que negar la verdad: el Señor lo sabe todo y te ofrece a Cristo.

Por Sheila Walsh
Tomado del libro: Dios ama a las personas rotas
Nelson

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