Deja de lado tu “inteligencia”

Aprender a confiar en Dios ciegamente

Por Jim Cymbala

La incredulidad habla consigo en lugar de hablar con Dios. Si miramos la historia de Jeroboán nos daremos cuenta de que hubiese sido mucho mejor que él analizara sus temores y luego los presentara al Señor. Si tan solo hubiera orado: “Oh, Dios, no pedí ser rey, pero sé que me pusiste aquí. Me parece que puedo llegar a perder todo si mi pueblo sigue haciendo el viaje a Jerusalén. Pero dijiste que estarías conmigo y establecerías mi dinastía. Dime, por lo tanto, lo que debo hacer”. Jeroboán no lo hizo. En cambio, reflexionó.

Cuando hablamos con nosotros mismos, no hablamos con alguien que sea muy listo. Nuestra perspectiva es muy limitada. Pero si hablamos con Dios, estamos hablando con alguien que sabe todo. Él sabe lo que prometió desde el principio, y sabe exactamente cómo cumplirlo sean cuales fueran las circunstancias que nos rodean.

Jeroboán también se dirigió a algunos consejeros (1 Reyes 12:28) que apuntalaron su desobediencia. Si usted va en dirección errada, siempre podrá encontrar algunos compinches que le den palmadas en la espalda y estén de acuerdo con usted. Lo que él necesitaba era un piadoso compañero de oración que lo detuviera en seco al decir: “Momento… ¿acaso Dios no te dio una promesa en el principio? ¿Cómo es posible que se logre algo bueno haciendo algo malo?”.

Esta historia no trata un asunto de desfalco, ni un encuentro en un hotel con una mujer ni de fumar alguna droga ilícita. El tema de esta historia es sencillamente alejarse de Dios y de su palabra. Sí, estoy consciente de lo que Dios dijo, pero en la situación presente, verdaderamente siento la necesidad de hacer tal y cual cosa. En lugar de prestar atención a la fidelidad de Dios, nos centramos en lo que al parecer indican las circunstancias.

Pero la fe nos capacita para ver a Dios por encima de nuestros problemas. Si solo vemos las dificultades, nos deprimimos y empezamos a tomar decisiones erradas. Cuando tenemos fe, vemos que Dios es más grande que cualquier montaña, más grande que todo. Sabemos que cuidará de nosotros.

Si Dios está de su lado, no importa cuántos demonios del infierno intenten oponerse a usted. Si Dios está de su lado, no importa lo que susurren sus opositores a los oídos de las personas. La incredulidad tiene una manera retorcida de ver las cosas negativas. Cuando una persona anda en fe, se levanta por la mañana diciendo: La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del Señor habitaré para siempre” (Salmo 23:6). Pero cuando anda la incredulidad, se levanta por la mañana diciendo, anda en incredulidad, se levanta por la mañana diciendo: “Qué desgracia… ¿será este el día en que pierda todo lo que tengo?”. El vaso siempre está medio vacío.

Los que andan en fe siguen siendo realistas; a menudo admiten que no saben cómo ha de resultar todo. No obstante, insisten en que a pesar de ello su Dios les suplirá lo que necesiten.

Escuchemos la voz de la fe

A la larga, las preocupaciones de Jeroboán lo condujeron al fatalismo. ¡Para cuando se desarrolló la totalidad de la escena, había pasado de imaginarse la pérdida de la lealtad del pueblo… hasta llegar a decir “me matarán”! (1 Reyes 12:27). A la incredulidad le encanta pintarnos la imagen más sombría posible. Le encanta llevarnos a murmurar: “No lo lograré. Yo sé que esto va a resultar terrible. Con seguridad del futuro me caerá encima”.

Dios puso esta historia en La Biblia para que nos sirviera de luz roja de alarma. Prácticamente expresa a voces que cuando la incredulidad se mete en el interior de un líder, o en realidad en cualquiera, conduce a la primera decisión errada, que a su vez conduce a la segunda y luego a la tercera, y el impulso crece desmedidamente hasta descontrolarse. Dios le había dicho a Jeroboán allá en el campo: “Si haces todo lo que te ordeno, y sigues mis caminos, haciendo lo que me agrada y cumpliendo mis decretos y mandamientos… estaré contigo” (1 Reyes 11:38). Pero él optó por elaborar su propio plan de acción, y al final Dios bramó en su contra usando palabras tan devastadoras que nos hacer estremecer de solo leerlas.

Confiar plenamente en Dios para que nos conduzca y nos guíe suena bien, pero seamos sinceros: también puede resultar un poco desconcertante. Nuestros amigos quizá nos miren de reojo y piensen (o a veces digan) que estamos exagerando un poco con todo este asunto espiritual. La búsqueda de la dirección de Dios se contrapone a la confianza en el yo de la mente moderna. Nuestra cultura nos enseña a hacernos cargo de nuestra vida y tomar nuestras propias determinaciones. Es difícil.

Permítame que le diga algo: Dios, que empezó una buena obra en usted, no tiene intención de detenerse ahora. Después de haber enviado a su Hijo a morir por sus pecados, después de haberlo salvado a un precio tan terrible, ¿por qué habría de dejarle librado del fracaso ahora?

Declaremos ahora mismo la guerra contra la astucia que en realidad encumbre la incredulidad. Presente su problema ante Dios, como lo haría un niño, con total confianza que solo Él puede componer lo que sea que esté roto. Abra su Biblia y permita que el Espíritu Santo plante dentro de usted las semillas de fe viva que pueden florecer en su interior al esperar en el Señor. No deje de pedir, buscar y golpear… por más presión que siente de “hacer algo”.

¿Cómo puede nuestro Padre celestial hacer otra cosa que responder a nuestra perseverante oración de fe? Como dijo Jesús: “¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? Les digo que sí les hará justicia, y sin demora. No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lucas 18:7-8).

Por Jim Cymbala
Tomado del libro: Fe viva
Editorial Vida

Fe Viva (Ed. Bolsillo)

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