“Vi a Jesucristo sobre la multitud”

Cómo el Señor puede hacer nuevas todas las cosas

Por Doug Favuzza

Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. En mi vida he experimentado su misericordia, su amor y el poder transformador de su resurrección. Espero que mi testimonio pueda animar tu fe. ¡Recuerda que Cristo está vivo y cuando estamos con Él no hay nada que pueda detenernos!

Me críe en un hogar italiano de Nueva Jersey, Estados Unidos. Cuando tenía 3 años, mis padres se divorciaron y mi familia quedó devastada. Durante ese tiempo de amargura, mi madre comenzó a ir a una iglesia y se acercó al Señor. En mi corazón, en cambio, empezaban a crecer semillas de enojo y amargura. Comencé un estilo de vida rebelde lleno de drogas, alcohol y excesos, lejos de Dios y su Palabra.

Mientras estaba en la universidad, tenía tanto enojo dentro de mí que recuerdo una noche que comencé a tirarle botellas de cerveza a las personas sin hogar que vivian en las calles de mi ciudad. Cuando salía de noche, mezclaba drogas con alcohol. Todos esos años de excesos me llevaron a despertar una mañana y sentir que mi corazón salía de mi pecho. Casi no podía respirar, no tenía fuerzas. Pensaba que iba a morirme y me aterraba no saber con qué me iba a encontrar del otro lado.

Con tan solo 21 años, mi cuerpo estaba devastado. Después de esa emergencia médica me enfermé, perdí mucho peso y comencé a sentirme deprimido y desesperanzado. No podía funcionar fuera de mi casa, por lo que tuve que abandonar mis estudios. Durante esos dos meses de dolor, mi madre me preguntó si quería acompañarla a una conferencia de mujeres evangélicas. Yo seguía muy deprimido y asustado por los problemas de mi corazón. Mi salud se encontraba delicada, por lo que decidí ir con ella con la esperanza de no ser el único hombre que asistiera a ese evento.

Viajé hasta la conferencia sin tener idea de lo que iba a pasar y sin conocimiento sobre Dios y su Palabra. Llegue a un gran estadio junto a mi mamá y mí tía. La adoración dio comienzo oficial al evento. Durante ese tiempo observe a una multitud de adoradores con banderas danzando al Señor y cantando con gran pasión. De repente empecé a sollozar. Nunca había visto a alguien adorar a Jesús con un amor tan puro y verdadero. No podía parar de pensar que eso era lo más hermoso que había visto en mi vida.

Un mar de lágrimas mojaba mis mejillas. En medio de la emoción, levanté mis ojos y de repente vi a Jesucristo sobre la multitud de adoradores. El estadio estaba inundado en gloria y majestad. No podía creerlo. ¡Nunca había creído en Dios y ahora lo veía vivo frente a mí! Usaba una túnica blanca, como la que vistió en la tierra, y tenía sus brazos abiertos recibiendo el amor de su Pueblo. No hay palabras para explicar, el gozo y amor que Él sentía al recibir la adoración de sus hijos. Por la expresión de su cara, podía ver que su corazón estaba conmovido y contento. Su presencia irradiaba santidad, amor y belleza. En ese momento, no sabía que el salmo 22:3 dice que el Señor habita entre los que lo adoran. ¡En verdad veía La Palabra de Dios delante de mis ojos!

De repente, Jesús vino con mucha fuerza detrás de mí y comenzó a levantarme por detrás. Al sostenerme, me dijo: “Deja afuera todo el dolor y tristeza”. Esas palabras me quebraron por completo, me llevaron a derramar intensas lágrimas de sanación delante de mi amoroso Padre eterno, que me contenía con poder mientras mi corazón comenzaba a ser restaurado. Él se estaba llevando lejos toda mi depresión y enfermedad. Me abrazó por delante y por detrás con sus fuertes brazos y comencé a llorar sobre su pecho.

Luego Jesús levantó su mano derecha y de ella salieron majestuosos rayos de amor y poder. Habacuc 3:4 explica que su resplandor es como la luz; tiene rayos que salen de su mano, y allí se oculta su poder. ¡Eso fue exactamente lo que vi! Después de ese poderoso momento, Él me hizo totalmente libre de toda depresión y pecado, y me llenó del poder transformador del Espíritu Santo. Después de ese glorioso momento, Él desapareció.

Estaba anonadado. Acababa de ver a Jesucristo resucitado con mis propios ojos, y no podía negar que Él estaba vivo y era real. De inmediato acepté a Jesús en mi corazón, recibí el bautismo del Espíritu Santo y nací de nuevo. Desde ese momento en adelante me entregué a Él y mi vida comenzó a cambiar drásticamente. Pase de ser un joven amargo, arrogante y resentido a un hombre lleno del amor, la paz y el gozo de Jesús. Soy la prueba viviente de lo que relata Juan 8:36: “Así que si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres”.

Durante ese poderoso tiempo el Señor me llamó a predicar el Evangelio a todas las naciones. En obediencia a ese llamado comencé, junto con mi esposa que también es evangelista, un ministerio asociado a Las Asambleas de Dios llamado “El deseado de todas las naciones”. Para más información sobre nuestro trabajo, puedes visitar el sitio: www.thedesireofallnations.org.

 

 

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