¿Amistad entre el Perdon y la Justicia?

¿Estamos seguros que entendemos el verdadero concepto del perdón?

Por Brian Zahnd

Al asimilar el llamado de Cristo para sus discípulos a ser practicantes del perdón radical, inevitablemente nos encontramos con la espinosa cuestión de cómo se relaciona el perdón con la justicia. El salmista imagina una reunión de misericordia y verdad, un abrazo entre la justicia y la paz: “La misericordia y la verdad se reúnen; la justicia y la paz se besan” (Salmo 85:10).

¿Pero de qué manera? ¿Cómo pueden reunirse misericordia y verdad? ¿Cómo puede besarle la justicia y la paz? ¿Hay una manera en la cual la misericordia del perdón pueda besar a la verdad de la justicia y no ser un beso de una traición? Al perdonar, ¿decimos adiós a la justicia? Si perdonamos al ofensor por su transgresión y dejamos que esa persona sencillamente se salga con la suya, ¿acaso no ha sido traicionada la justicia? Por lo tanto, nos enfrentamos a la inquietante pregunta de si el perdón y la justicia están enfrentados. ¿Tenemos que escoger lo uno o lo otro: justicia o perdón?

Necesitamos ser sinceros y admitir que, a veces, el perdón y la justicia parecen irreconciliables. El filósofo Nietzsche llegó hasta el extremo de sugerir que perdonar actos extremadamente injustos es parte de lo que él denominó moralidad esclava: la moralidad débil. Él lo veía así: el fuerte tiene la capacidad de obtener venganza, pero el perdón es el único recurso a disposición del débil. Según Nietzsche, el perdón es un medio por el cual el débil manipula al fuerte.

Desde luego, el cristiano tendrá que hacerse a sí mismo esta pregunta: cuando Jesús dijo: “Padre, perdónalos”, ¿fue eso un acto de fortaleza o uno de debilidad? En el drama del viernes santo, ¿quién es el que muestra fortaleza? ¿Es Caifás? ¿Es Pilato? ¿Es Jesús? Caifás y Pilato representaban la innegable fortaleza del imperio romano y del sistema religioso que se confabuló con Él. Ellos poseían la capacidad de sentenciar a muerte a los hombres; desde una perspectiva, la mayor capacidad de todas. ¿Pero qué fortaleza y capacidad están presentes cuando un hombre inocente que atraviesa una ejecución patrocinada por el estado perdona a quienes le ejecutan? ¿Es esa meramente una moralidad debilitada?

 

Entender la justicia

En el contexto de nuestra propia experiencia con lo que consideramos ser un trato injusto, el uso de la palabra justicia probablemente tenga algo que ver con protección, castigo, recompensa o alguna combinación de las tres cosas. Desde luego, eso es lo que nuestros sistemas de justicia legal y criminal intentan proporcionar. Pero las cosas nunca son tan sencillas como eso.

Por una parte, la justicia es con frecuencia un asunto de perspectiva. Estar sinceramente convencido de la rectitud de nuestra propia causa no es garantía de que tengamos razón. El engaño con respecto a la rectitud de nuestra causa puede que sea la forma más común de autoengaño. Salomón observó sabiamente, aunque quizá con desaliento: “EL primero en presentar su caso parece inocente, hasta que llega la otra parte y lo refuta”. Bob Dylan lo dice del siguiente modo: “Tienes razón desde tu perspectiva, y yo tengo razón desde la mía”.

¿No es así como sucede con frecuencia? La justicia no siempre es blanco y negro; a veces apenas puede discernirse. Quién tiene razón y quién está equivocado puede ser enormemente complicado. Y cuando estamos implicados en una disputa, nos serviría muy bien recordar que nuestra perspectiva puede que esté limitada.

Intentar ganar una pelea normalmente no es una buena manera de llegar a la verdad. Con demasiada frecuencia la verdad se sacrifica por causa de la pelea. Cuando tenemos algo en juego, tenemos la tendencia natural a simplificar en exceso lo que constituye justicia, y con frecuencia justicia es poco más que salirme con la mía.

El perdón no necesariamente nos llama a olvidar; el perdón nos llama a poner fin al ciclo de la venganza. Parte de la razón por la que nos atrevemos a poner fin a esto es que hemos dejado a Dios el asunto de la justicia.

 

Justicia y fe

Nuestra esperanza de justicia está con nuestra fe en Dios y no en el gobierno. Los gobiernos pueden ser tiranos; los jueces pueden ser sobornados; los policías pueden ser corruptos. Desde una perspectiva humana, la justicia no siempre se logra. Para un ateo como Nietzsche, el perdón de una atroz injusticia puede ciertamente ser debilidad. Pero para quienes creemos en un Dios que está personalmente comprometido con la causa de la justicia, el perdón es un acto de fe y no de debilidad. La elección de perdonar no es exonerar al criminal; es una elección de poner fin al ciclo de la venganza y dejar el asunto de la justicia en manos de Dios.

Esta perspectiva sobre la justicia nos ayuda a entender lo que se conoce como los salmos imprecatorios: los salmos que maldicen. Sin los enojados salmos que ruegan a Dios que haga justicia e inflige su ira sobre los malvados. Lo que aprendemos de estos es que la ira contra la injusticia le pertenece a Dios. En lugar de albergar ira contra la injusticia en nuestro corazón, donde se le permite que se desarrolle y se corrompa, ponemos nuestra ira delante del trono de Dios, reconociendo que Él ¾solamente Él¾ es capaz de juzgar al mundo con rectitud. La ira contra la profunda injusticia es inevitable. Ella puede llevarse delante de Dios para que Él juzgue al mundo y establezca justicia, y a veces lo hacemos con gran pasión. Pero es ahí donde pertenece tal pasión: delante del trono de Dios y no albergada en nuestro corazón o amontonada sobre la cabeza de nuestro enemigo.

 

Concepto poco cómodo

El concepto de justicia de Dios tal como se revela en La Escritura parece tener mucho más que ver con pacto y relación que con una justicia fría, dura e imparcial. El mayor compromiso de Dios parece ser al pacto y la reconciliación, un compromiso que, a veces, parece eclipsar lo que podríamos denominar como justicia.

En Jueces 4 se nos dice: “Los hijos de Israel volvieron a hacer lo mano ante los ojos del Señor”. Este es un tema recurrente en este libro. Como resultado de su maldad, Dios sujetó a Israel a los cananeos. Pero cuando Israel clamó al Señor, Él oyó y los liberó (¡otro tema recurrente!). Pero después, en el capítulo 5, esto se denomina justicia. Parece como si ella es lo que sucede cuando Dios actúa por causa de su pueblo del pacto, sin considerar la rectitud de su causa. En este punto en la narrativa histórica de La Biblia, Dios parece más interesado en alcanzar una relación de fidelidad con Israel que en lograr justicia imparcial entre los clanes guerreros del antiguo Oriente.

Para decirlo de otro modo, Dios interpreta la justicia en términos de relación y reconciliación, no necesariamente en términos de lo que nosotros podríamos considerar justo. Y ya que el objetivo final de Dios parece ser la reconciliación y no meramente la retribución o incluso la compensación de las ofensas, por eso el perdón no puede recorrer todo su curso y lograr el objetivo final de la reconciliación a menos que la parte ofensora participe en un arrepentimiento genuino, uno donde el pecado sea reconocido, nombrado como pecado y abandonado. Pero el arrepentimiento debe entenderse correctamente. Este no es la práctica punitiva de la penitencia, sino la práctica transformadora de afrontar la verdad y alejarse del pecado. Solamente esto hace posible la reconciliación final.

 

Por Brian Zahnd
Tomado del libro: ¿Incondicional?
Casa Creación

¿Incondicional?

1 comentario en ¿Amistad entre el Perdon y la Justicia?

  1. Referente al tema,si la amistad entre el perdon y la justicia van de la mano,no creo que en estos tiempos de tanto estres en que vivimos se haga realidad,porque eso va en el temperamento de las personas,porque cuando cometen un error no aceptan porque se creen mas fuertes y para ellos el Perdon parece ser la palabra mas dificil de pronunciar

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