Por un movimiento de transformación

Cristianos comprometidos a cambiar el mundo

Por Thom Raines

Su nombre era Jeremías Lanphier. la fecha era 23 de septiembre de 1857. El lugar era la ciudad de Nueva York.

Durante días, Lanphier había estado repartiendo volantes sobre un tiempo de oración. distribuyó unos 20.000 volantes él solo.

Era un hombre con una convicción de parte de Dios. Estaba desesperado por ver a Dios obrar y sabía que ningún sistema ni organización impulsados por el hombre podían crear esa obra.

Así que oró, y llamó a otros a orar también.

Lanphier esperaba ansiosamente que muchas personas asistieran el mediodía de ese 27 de septiembre. La ciudad tenía un millón de habitantes. Probablemente, los folletos los había visto más gente de la que los recibió originalmente.

Así que pidió prestada la habitación en la planta alta de una iglesia, se dirigió hasta allí y oró y esperó. Durante 30 minutos, no llegó nadie. Luego, escuchó pisadas de unos pocos que llegaban a la reunión de oración. Otras seis personas se sumaron.

A la semana siguiente, ya eran 14. Después de otra semana, eran 23, y las reuniones de oración continuaron creciendo.

La presencia de Dios era poderosísima. Los que estaban en las reuniones decidieron juntarse todos los días. Y la cantidad de gente siguió aumentando. Para el invierno de 1857, las reuniones de oración llenaban tres grandes iglesias todos los días. Después, para marzo de 1858, todas las salas públicas y las iglesias disponibles de Nueva York se llenaban a diario.

Horacio Greeley, famoso editor de un periódico, envió a un periodista para intentar contar la cantidad de gente en estas reuniones. En ese período de una hora, solo pudo llegar a seis lugares, moviéndose en carro y caballo. Aun así, contó 6.100 personas.

El movimiento de oración se expandió por todo el país. En un momento, diez mil personas convertían en creyentes cada semana. Más de un erudito estimó que un millón de personas siguieron a Cristo a través de estas reuniones de oración.

Un movimiento se había iniciado. Hoy, mi oración es que haya otro movimiento de parte de Dios

Un movimiento comprometido

Me preocupan las iglesias, y no estoy solo.

No te aburriré con estadísticas sobre el estado de las congregaciones. Basta con decir que no es nada agradable.

EL problema no es la iglesia como institución. El problema no son las denominaciones. El problema soy yo y eres tú. Las denominaciones no tienen más peso que sus iglesias y el poder de las iglesias depende de sus miembros. Yo soy miembro de una iglesia. El problema empieza conmigo y contigo.

Jeremías Lanphier era solo una persona, como tú y yo. Sabía que no podía crear un movimiento. Su función era pedirle a Dios que se moviera. Su función era estar dispuesto. Así que Dios usó a un don nadie obediente que dijo: “Me comprometo” y comenzó un movimiento.

Es hora de dejar de culpar a los demás. Es momento de mirarse al espejo y preguntarle a Dios en dónde puedo decir: “Me comprometo”.

Observa cómo Dios vuelve a traer movimientos a su Iglesia. Lo hizo con jeremías Lanphier. Lo hizo con las iglesias del Nuevo Testamento. Somos miembros de nuestras respectivas iglesias. Somos responsables. ¿Es posible que, a través de nosotros, Dios empiece un movimiento?

Aunque no podemos fabricar uno, podemos hacer lo mismo que Jeremías. Este hombre fue obediente. Es así de simple y profundo. Fue obediente.

Es hora de transformarse en esa clase de miembros obediente de nuestras congregaciones. es hora de tomarse en serio 1 Corintios 12 y de ser una parte vital del Cuerpo de Cristo. Es hora de decir “Me comprometo”.

“Me comprometo a tener la actitud de Cristo y a colocar a otros miembros de la iglesia ante mis deseos. Me comprometo a participar con alegría de la adoración colectiva con los demás miembros de la iglesia, siempre que sea físicamente posible. Me comprometo a participar de un grupo o una clase para que pueda crecer espiritualmente con otros, y pueda rendirles cuenta. Me comprometo a compartir el Evangelio con otros en palabras y en obras, y a no avergonzarme de mi Salvador. Me comprometo a dar alegría, reconociendo que Dios es el dueño de todo lo que yo administro. Me comprometo a participar de la vida de mi iglesia porque Dios me guía a hacerlo, no porque me siento obligado a agradar a los demás y a comprometerme más allá de mi capacidad. Me comprometo a concentrarme en lo que Cristo ha hecho por mí, y no es los defectos de mi iglesia, sus líderes o sus miembros. Me comprometo a orar para que Dios me use como instrumento para avivar su Iglesia, para su nombre y su gloria”.

Es momento de que los miembros de la Iglesia formen parte de un movimiento donde cada miembro se sacrifique y el cuerpo de Cristo se fortalezca. Es hora de buscar darle la gloria a Dios a través de su Iglesia. Es hora de un verdadero avivamiento en los corazones de los miembros de la iglesia.

Así que, a partir de este momento, transfórmate en el miembro de la iglesia que Dios use para ser un instrumento de avivamiento. Escúchalo con atención. Síguelo con obediencia.

Y, cuando hable para ponernos en acción, responde sin reservas ni dudas: me comprometo a dejar una huella.

Por Thom Raines
Tomado del libro: ¡Me comprometo!
B&H

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