Permanecer en Él

La fe y la obediencia como camino hacia la bendición

Por Andrew Murray

En toda comunión de Dios con nosotros, la promesa y sus condiciones son inseparables. Si cumplimos con las condiciones, Él cumple con la promesa. Lo que Él será para nosotros depende de lo que estemos dispuestos a ser para Él. Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes (Santiago 4:8). Asimismo en la oración, la ilimitada promesa, “pidan lo que quieran” (Juan 15:7), tiene una simple y natural condición, “Si permanecen en mí”. Es a Cristo a quien el Padre siempre escucha; Dios está en Cristo, y puede ser alcanzado solo al permanecer en Jesús; estar en Él es el requisito para que nuestra oración sea escuchada; si permanecemos en Él plena y completamente, tenemos el derecho de pedir lo que queramos, y de pedir que la promesa sea cumplida en nosotros.

Cuando comparamos esta promesa con las experiencias de muchos creyentes, quedamos sorprendidos por una terrible contradicción. ¿Quién puede contar las innumerables oraciones que se expresan sin recibir ninguna respuesta? La causa debe ser que nosotros no cumplimos con la condición o Dios no cumple con la promesa. Los creyentes no están dispuestos a admitir ambas cosas, y por eso han inventado una vía de escape del dilema.

Ellos ponen en la promesa una cláusula que nuestro Salvador no ha puesto ahí, y dicha cláusula es: “Si es la voluntad de Dios”, y así mantienen la integridad de Dios tanto como la de ellos. Si tan solo pudieran aceptarlo y lo tomaran tal como realmente es, confiando en Cristo, en que Él justifique su verdad, el Espíritu los llevaría a ver la naturaleza divina de tal promesa para aquellos que realmente permanecen en Cristo en el sentido correcto, y los haría confesar que el fracaso en el cumplimiento de la condición, es la única y suficiente explicación en cuanto a la falta de respuesta a la oración. Y luego el Espíritu Santo haría de nuestra debilidad en la oración, uno de los motivos más poderosos que nos lleven a descubrir el secreto y a obtener la bendición de permanecer completamente en Cristo.

Una de las palabras inagotables y en constante crecimiento que abre para nosotros paso a paso la plenitud de la vida divina es la preciosa palabra del Maestro “permanezcan en mí”. Así como la unión del pámpano con la vid es una unión de crecimiento, de un crecimiento incesante, así nuestra permanencia en Cristo es un proceso en la que la vida divina toma posesión de nosotros de una manera más completa.

En la creciente vida de permanencia en Cristo, la primera etapa es la etapa de la fe. Cuando el creyente ve, con toda su debilidad, que el mandamiento realmente es hecho para él, su gran objetivo es simplemente creer que así como sabe que está en Cristo, así también ahora, a pesar de la infidelidad y del fracaso, sabe que permanecer en Cristo es su deber inmediato, y que una bendición está a su alcance. Ahora está ocupado especialmente con el amor, el poder y la fidelidad del Salvador.

No pasa mucho tiempo hasta que él ve que algo más es necesario. La obediencia y la fe deben ir juntas. No es que tiene que añadir la obediencia a la fe que ya tiene, sino que la fe debe ser manifiesta en la obediencia. La fe es la obediencia en su campo y mira al Maestro: la obediencia es la fe que sale para hacer la voluntad de Dios. Ahora él ve que ha estado más ocupado con el privilegio y con las bendiciones de su permanencia en Cristo, que con sus deberes y su fruto.

Ha habido mucho del ego y de los propios deseos que no han sido percibidos o que han sido tolerados: la paz que, como joven y débil discípulo, puede disfrutar al creer, se va de él; es en la obediencia práctica que la permanencia en Cristo puede ser mantenida: Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor (Juan 15:10). Como antes su principal objetivo era a través de la mente, y de la verdad que tomó para dejar al corazón descansar en Cristo y sus promesas, así también ahora, en esta etapa, su principal esfuerzo es lograr que su voluntad esté unida con la voluntad de su Señor, y que el corazón y la vida estén totalmente bajo el gobierno de Dios.

La fe y la obediencia son el camino de la bendición. Es cuando nuestra fe crece en obediencia, y cuando en obediencia y amor todo nuestro ser se pega a Cristo que nuestra vida interior llega a abrirse, y la capacidad se forma al recibir la vida, el Espíritu y al Jesús glorificado, como una diferente y consciente unión con Cristo y con el Padre. La Palabra es cumplida en nosotros: En aquel día ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes (Juan 14:20). Entendemos cómo, así como Cristo está en Dios y Dios en Cristo, siendo uno no solo en la voluntad y el amor, sino también en la identidad de la naturaleza y la vida, así también nosotros estamos en Cristo y Cristo en nosotros, unidos no solo en la voluntad y en al amor, sino también en la vida y en la naturaleza.

Fue después de que Jesús habló por medio del Espíritu Santo, sabiendo que Él estaba en el Padre, y así nosotros en Él, y Él en nosotros, que dijo, “Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Acepten, reciban esa vida divina de unión conmigo, en virtud de lo cual, así como ustedes permanecen en mí, yo también permanezco en ustedes, así como yo permanezco en el Padre. De tal manera que su vida es mía y la mía suya”. Este es el verdadero permanecer, ocupar la posición en la que Cristo puede venir y morar; así habitar en Él porque el alma ha dejado al “yo” al encontrar que Cristo ha tomado el lugar y que se ha convertido en nuestra vida. Es cuestión de llegar a ser como niños que no tienen ninguna preocupación, y que encuentran su felicidad en la confianza y la obediencia en el amor que ha hecho todo por ellos.

Por Andrew Murray
Tomado del libro: La oración en armonía con Dios
Editorial Peniel

La Oracion en Armonia con Dios (Ed. Bolsillo)

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