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El Evangelio nos recuerda una y otra vez que ya fue hecho todo

 Por Tullian Tchividjian

Al volver una y otra vez a Colosenses 1, el grado de mi esclavitud quedaba cada vez más expuesto para mí, junto con las profundidades oscuras en las que esto me había sumergido, pero siempre me encontraba allí con la fuerza alentadora del mensaje del Evangelio.

Descubrí que tenía problemas de inseguridad; reconocí que me sentía vulnerable e indefenso, tan abierto a los ataques, y que ansiaba profundamente sentirme más protegido. Pero Dios me aseguró que mi identidad y mi valor no tenían nada que ver con mi fortaleza o mi capacidad para ganar. No tenía nada que ver conmigo. Se debía todo a la obra terminada de Jesús por mí. ¡Qué liberación tan dulce y llena de valor!

Me ayudó a entender la certeza de mi seguridad y, a la larga, la impenetrabilidad de mi posición, en las siguientes palabras que Pablo les dijo a los colosenses (nuevamente en tiempo pasado): “Él nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención, el perdón de pecados” (1:13-14).

Tullian, ya has sido liberado de las garras de las tinieblas y trasladado al reino de Jesús; ahora estás, y siempre lo estarás, seguro y firme en Jesús, debido a lo que Él logró por ti hace mucho tiempo. Con esa perspectiva, Él me recordó nuevamente que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados y poderes en el reino espiritual. Me ayudó a identificar otra vez quién era mi verdadero enemigo.

Pero comprendí que también tenía otros problemas. Me preocupaba mi reputación debido a todas las cosas erróneas que se habían dicho sobre mí. Después de todo, me había costado mucho ganarme la buena reputación que tenía, y ahora se cuestionaba y se difamaba. Tenía miedo de que las personas a las que respetaba (y aquellas que quería que me respetaran) pensaran mal de mí. Había llegado a creer que mi identidad estaba relacionada en forma directa con lo que podía lograr, con quién podía llegar a ser y con la imagen que las personas tenían de mí. Era una esclavitud.

De nuevo, Colosenses 1:12 me abrió los ojos: “Él [el Padre] los ha facultado para participar de la herencia de los santos en el reino de la luz”. Tullian, tú eres uno de los santos en el reino de la luz. Has sido unido a Él; siempre tendrás su nombre, su presencia, su personalidad, su reputación que eclipsa y llena todo lo que eres en lo más profundo de tu ser. Debido a que Jesús fue alguien, tú tienes la libertad de no ser nadie. Aquí estaba mi identidad. Es cierto que no la merecía; es cierto que se había hecho realidad solo por la asombrosa gracia de Dios para mí en Cristo; sin embargo, era más preciso para mí en forma profunda y duradera que cualquier otra cosa que había logrado por mí mismo. Fue un gran alivio finalmente comprender que, gracias a la obra que Cristo hizo por mí, no tenía nada que demostrar ni ninguna reputación que proteger.

Y hay algo más con lo que tuve que enfrentarme: con toda la confusión en la iglesia, me di cuenta de lo esclavizado que me sentía a una situación dolorosa de la cual deseaba desesperadamente liberarme. Yo no pedí esto. Y si bien había sabido que la unión de dos iglesias iba a ser difícil, no esperaba el nivel de dolor, temor y aislamiento que iba a sentir. No había manera de que pudiera haber previsto la desesperación y la depresión que estaba experimentando. Me sentía rechazado, acosado y, en cierto sentido, abandonado. Quería salir de esta situación. Quería ser libre.

El pasaje de Colosenses volvió a hablar un montón a mi corazón, al mostrarme mi verdadera condición: “Él nos libró […]; tenemos redención”. Dios me recordó que en Cristo ya era libre. Ya había sido redimido, comprado del mercado de esclavos del pecado y la muerte. Ya tenía la profunda liberación que tanto anhelaba. Ahora era libre para siempre.

En contra de lo que había pensado, no necesitaba circunstancias calmas, alivio de la dificultad y distancia del dolor para ser libre. Aprendí que la libertad que Jesús me aseguró no es libertad del dolor y el sufrimiento aquí y ahora. En cambio, es libertad de la amargura, el enojo, el temor, el resentimiento, la autocompasión, la ofensa y la desesperanza del crisol del dolor y el sufrimiento actual; es libertad de mi agobiante sensación de “Merezco algo mejor”, el estorbo del derecho. Comprendí que solo el Evangelio puede liberarnos de la terrible presión de tener que defendernos. Esa es la verdadera libertad, ¡la libertad que proviene de Dios!

Además, debido a que las cosas se habían vuelto tan desordenadas en la situación de la iglesia, anhelaba la limpieza, ansiaba sentirme limpio y restaurado. La sensación de limpieza que necesitaba provino de las palabras en tiempo presente de este mismo pasaje de Colosenses, que en “su amado Hijo […] tenemos redención, el perdón de pecados” (vv. 13-14). ¡La tenemos ahora! Y Dios me dijo: “Tullian, en mi amado Hijo, tú estás delante de mí en este momento como una persona limpia, perdonada, purificada. Por consiguiente, nunca, jamás te trataré según tu nivel de limpieza o suciedad, tu bondad o tu maldad, sino según la obra terminada de mi Hijo a tu favor”.

En todo esto, Dios no me mostró algo nuevo; me ayudó a redescubrir lo que ya estaba; me orientó una vez más el poder actual del Evangelio. Me recordó quién soy en Cristo y los beneficios que provienen de estar unido a Él. Y vi todo esto con nuevos ojos; en mi hora más oscura, Él volvió a conectar mi vida cotidiana con la luz del Evangelio.

Crecimiento del Evangelio para todos

El impacto de lo que comprendí en Colosenses 1 se intensificó sobre todo con algo más que vi en los primeros párrafos de esa epístola.

Al principio de esta carta, Pablo menciona “la palabra de verdad, el evangelio”, y agrega: “que ha llegado hasta ustedes. Este evangelioestá dando fruto y creciendo en todo el mundo, como tambiénha sucedido entre ustedes” (1:6). Les dice a los cristianos que el Evangelio no solo es fructífero y crece en todo el mundo, sino que en ellos también.

Estos versículos específicos fueron los que primero me convencieron hace mucho tiempo de que el Evangelio no es solo para los que no son cristianos. Es más grande que eso; es también para los cristianos. El Evangelio representa la naturaleza del crecimiento cristiano y la base de él. Cualquiera que fuere el progreso que hagamos en nuestra vida cristiana, sigamos avanzando o vayamos más allá, la dirección siempre será más profunda en el Evangelio, no alejados de él. El crecimiento en la vida cristiana es el proceso de recibir el “Todo se ha cumplido” de Cristo cada día en partes nuevas y más profundas de nuestro ser, y esto sucede a medida que el Espíritu Santo lleva cada día la buena palabra de la justificación de Dios a nuestras regiones de incredulidad, lo que un autor llama nuestros “territorios no evangelizados”.

Pablo les decía a los colosenses, quienes en su cultura eran continuamente tentados mediante el argumento de puntos de vista y las ofertas competitivas de salvación y libertad, que solo el Evangelio de Cristo tiene poder para provocar esa libertad, ese rescate hermoso y radical. Les decía: “Toda la libertad y liberación que anhelan ya es suya en Cristo. No necesitan salir y buscarla en otro lugar, de alguna otra enseñanza, filosofía o estilo de vida. Les venden libertades y liberaciones falsas. Ustedes ya tienen lo verdadero, así que no compren lo que ya tienen”.

Pablo trataba de persuadir a los cristianos colosenses para que no vivieran por debajo del nivel de los privilegios exaltados que ya eran suyos en el todo de Cristo. Esa era la buena noticia.

Hacer que las noticias sean buenas

El motivo por el que esta noticia es tan maravillosa es que la mala noticia es horrible. El Evangelio es grande porque nuestro pecado es grande.

Usted y yo nunca sabremos que Cristo es un gran Salvador a menos que primero entendamos que nosotros somos grandes pecadores. Nunca sentiremos en verdad la liberación si no sentimos primero la desesperación. Nunca experimentaremos la gloria de la verdadera libertad si primero no experimentamos el dolor de nuestra propia esclavitud.

En Colosenses, Pablo pasa claramente por la mala noticia, al igual que por la buena noticia. Y para registrar la impresión correcta de la mala noticia, usa palabras vívidas. Fíjese lo que dice: “En otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estabanalejados de Dios y eran sus enemigos” (1:21). Alejados. Malos. Enemigos. No es exactamente la terminología política correcta de la actualidad.

Lo que Pablo describe aquí es la condición natural de todos los seres humanos alejados de la gracia salvadora de Dios. La Biblia deja en claro que todos estamos muertos en nuestros delitos y pecados, esclavizados a nosotros mismos, vueltos ciegamente hacia adentro. Aprendemos que cada uno de nosotros llega a este mundo como enemigo de Dios (Romanos 5:10). Nadie, ni siquiera el niño más dulce, comienza su vida libre, moralmente neutral o con buena disposición hacia Dios. Llegamos a este mundo con la necesidad de ser liberados, resucitados y rescatados por la redentora gracia de Dios. Lo que todos justamente merecemos, debido a nuestro pecado, no es el favor, sino la ira de Dios (Efesios 2:1-3). Todos comenzamos nuestra vida separados de Dios, alejados de Él. Pablo también dice en Colosenses 1:21 que éramos “de ánimo hostil”. No es un asunto de simple indiferencia; es hostilidad absoluta.

Puede responder a la declaración de Pablo con pensamientos como estos: “Bueno, antes de ser cristiano, no recuerdo haber sido hostil hacia Dios. Simplemente no me interesaba; no pensaba en Dios ni me importaba”. Permítame decirle algo con toda claridad: en La Biblia, la indiferencia hacia Dios es hostilidad hacia Él. Dios se mete en el camino de lo que creemos que necesitamos para ser felices y libres; entonces, lo ignoramos, en forma consciente o inconsciente, y esperamos que nos deje en paz. Esa es la máxima arrogancia descarada.

Pero ninguno de nosotros llega a este mundo verdaderamente indiferente hacia Dios, aunque pensemos que podría ser así. Romanos 1:18-25 habla de la condición universal de la humanidad, al decirnos que todos los hombres y las mujeres, los niños y las niñas, tienen una conciencia de Dios. Todos nosotros hemos sido creados a imagen de Dios y por eso lo conocemos ineludiblemente en cierto nivel. Somos ligeramente conscientes de una necesidad, una sed transcendente, pero el efecto del pecado es tal que somos incapaces por nosotros mismos de saber con exactitud de qué tenemos sed o dónde se puede saciar esa sed. Debido al pecado, llegamos a este mundo dedicando nuestro tiempo y energía a reprimir esa vaga sensación de trascendencia, ese conocimiento de Dios, que nos pertenece. Intentamos ahogarlo con los breves placeres y actividades de este mundo, cualesquiera que sean. Cambiamos “la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles” (Romanos 1:23).

Por lo tanto, nuestro mayor problema no es la indiferencia a Dios, sino la idolatría. La idolatría, según John Piper, “es un intercambio suicida de valor infinito y belleza por cierto sustituto fugaz inferior”. En este sentido, somos suicidas por naturaleza, y por eso necesitamos salvarnos de nosotros mismos. Pablo insiste en que todos fuimos hostiles en nuestro ánimo hacia Dios “por nuestra actitud”. Antes de que recibiéramos la gracia de Dios en Cristo, lo ignorábamos completamente en nuestros pensamientos, nuestra disposición y nuestras actitudes.

Lo mismo era cierto con nuestras acciones. La enemistad hacia Dios se manifestaba en nuestras “malas acciones”, dice Pablo. Es difícil para las personas aceptar esta descripción del mal con respecto a su propia conducta. ¿Fuimos alguna vez así de malos? Pensamos: “Sé que a veces he sido egoísta; de vez en cuando puedo ser insensible e irresponsable. Pero ¿han sido mis acciones realmente malas?” Nuevamente, esa perspectiva solo refleja nuestras normas habitualmente reducidas y nuestra falta de comprensión de las exigencias justas de Dios a la luz de su perfecta gloria, santidad y amor. ¿Quién puede decir que no es adicto al deseo constante de verse a sí mismo de la mejor manera? ¿Y quién ha caído en el hábito regular de medir sus acciones contra la santa luz de Dios?

La realidad es que la palabra griega traducida como “malas” para describir nuestras obras en Colosenses 1:21 es la misma palabra que se utiliza para describir a Satanás y sus demonios. Con toda seguridad, son palabras duras. Confíe en mí cuando le digo que nosotros somos mucho peores de lo que pensamos.

Pecado grande

La grandeza del pecado surge en muchos pasajes a lo largo de las cartas de Pablo. Romanos 5 es un ejemplo de ello. Pablo nos describe como “enemigos” de Dios (v. 10). El pecado y su resultado, la muerte, se representan como monarcas monstruosos: “la

muerte reinó” (vv. 14, 17) y el “pecado reinó en la muerte” (v. 21). El pecado no solo fue tirano en su poder, sino también amplio en su cobertura: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron” (v. 12). Y entonces sucedió que “una sola transgresión causó la condenación de todos” (v. 18). Generación tras generación, el pecado es incesante, la muerte abarcadora, la condenación completa.

Todo esto, como Pablo sabe y desea que sepamos, solo aumenta la dulce inmensidad de todo lo que Dios ha hecho por nosotros a través del Evangelio. Observe la cantidad de términos de medición, alcance e impacto en ese mismo pasaje de Romanos 5 cuando se vanagloria de la buena noticia: “¡Cuánto más el don que vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, abundó para todos!” (v. 15). “Con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo” (v. 17). “Un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos” (v. 18). “A fin de que […] reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor” (v. 21).

Encontramos la misma sorprendente yuxtaposición de la peor noticia posible con lo mejor de Colosenses, para lograr el mismo efecto: “En otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos. Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte” (Colosenses 1:21-22). La distancia cubierta es increíblemente extensa: desde enajenados, hostiles y malos hasta santos, intachables e irreprochables. Esto es totalmente asombroso. Pecado enorme, Evangelio excesivo.

El alcance cósmico

Tenga en cuenta también que así como nuestro pecado ha tenido un alcance cósmico, también se extenderá el poder transformador del Evangelio a nivel cósmico. La amplitud del pecado es tan grande como su profundidad.

Pablo nos enseña en Romanos 8 que debido a que el pecado de la humanidad ha expuesto el orden creativo a la inutilidad, “toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto” (v. 22). Debido a la “corrupción que la esclaviza” (v. 21) por el pecado de la humanidad, estos gemidos resuenan de modo continuo (y es posible que los grandes terremotos que ha visto la Historia mundial, incluidos los de nuestro propio tiempo, sean una de las manifestaciones más directas y trágicas de esto). La creación misma gime por renovación, suplica el regreso de Jesús. La creación canta: ¡Maranatha! ¡Ven, Señor Jesús, ven pronto!

Pero el alcance del Evangelio, al igual que el alcance del pecado, también es cósmico. En la misma declaración de Colosenses

Todo y nada

Cuanto más reflexionamos sobre el Evangelio, más permitimos a nuestro corazón y nuestra mente que se empapen de él, más vemos cómo el Evangelio se satura de la dinámica de nada y todo. que habla de cómo “toda la plenitud de Dios” habita en Cristo, Pablo agrega: “A Dios le agradó […] por medio de él [de Cristo], reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:19-20).

Él reconcilia todo en todas partes.

El alcance de la obra terminada de Cristo es individual y cósmico: va del perdón personal e individual del pecado hasta la resurrección final de nuestro cuerpo y la restauración de todo el mundo. Son buenas noticias las del Evangelio. ¿Verdad? Si depositamos nuestra confianza en la obra terminada de Cristo, la agria maldición del pecado dejará de afectarnos en forma individual, y algún día se nos dará una creación renovada. A través de la obra de Cristo, se restaura nuestra relación con Dios mientras se renueva la creación misma. Como dice el amado himno cristiano “¡Al mundo paz, nació Jesús!”:Ya es feliz el pecador; Jesús perdón le da.

En estas líneas extraordinarias, transmitimos en forma de canción un Evangelio tan grande como el mismo universo. La bendición de la redención fluye cuando recibimos el perdón. Este himno nos recuerda que el Evangelio son buenas noticias para un mundo que se ha torcido, de cualquier manera imaginable, más allá de la intención del diseño del Creador, a través de los poderes del pecado y la muerte, pero es un mundo al que Dios, en Cristo, vuelve a dar forma.

Solo Jesucristo es el gran reconciliador, el gran mediador. Por la buena voluntad y el plan de Dios, se colocó en el espacio entre el Creador y sus criaturas alejadas, entre un pueblo pecador y un Dios santo. Solo por la fe, solo en Cristo, nosotros, que estuvimos distanciados, ahora fuimos acercados, reconciliados en la relación con Dios el Padre, nuestro Creador.

Nosotros, que éramos hostiles, ahora, solo mediante la fe en Jesús, nos hemos convertido en “escogidos de Dios, santos y amados” (Colosenses 3:12). Una vez estuvimos distanciados de nuestro Creador; “pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo” (Efesios 2:13). Nuestra conducta anterior puede resumirse como “hacedores de malas acciones”, pero ahora “somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre” (Hebreos 10:10).

En su vida, que cumplió con la ley —una muerte que soportó la maldición y una resurrección que derrotó la muerte—, Jesús ha logrado de modo total por los pecadores lo que ellos nunca podrían hacer por sí mismos en lo más mínimo. El estandarte bajo el cual viven los cristianos dice: “Todo se ha cumplido”.

Este mismo Jesús que es tan infinitamente todo “se rebajó voluntariamente” (Filipenses 2:7). En Jesús “a Dios le agradó habitar con toda su plenitud” (Colosenses 1:19); sin embargo, “siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse” (Filipenses 2:6). “Se rebajó voluntariamente” (v. 7). El todo se convirtió en nada.

Y así de lejos llegó; esto es lo que Dios, “por nuestra causa”, hizo a través de Cristo: “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2 Corintios 5:21). El todo se convirtió en nada. Por nuestra causa.

En la cruz, Jesús cargó sobre sí mismo nuestro pecado, nuestra nada corrupta y mortal; luego nos puso su justicia, su todo. Es lo que se ha llamado el “intercambio glorioso”. Así es el Evangelio. Toma a los que esencialmente son nada y no tienen nada, y los lleva a una plenitud gloriosa de integridad y perfección. Ninguno de nosotros podría alguna vez haber hecho algo parecido a eso por sí mismo, porque “estábamos muertos en pecados” (Efesios 2:5). El próximo movimiento tenía que ser el suyo. Y en amor, lo hizo. “Así manifestó Dios su amor entre nosotros: en que envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de él” (1 Juan 4:9).

Una relación restaurada con Dios nunca se produce cuando trepamos hacia Él; se produce solamente en Jesús, quien vino a nosotros. La gracia es un amor unidireccional que desciende. Jesús es todo y, por consiguiente, el Evangelio es todo para la humanidad. Por eso Pablo les dijo a los corintios que decidió “no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de este crucificado” (1 Corintios 2:2). Por eso les habló a los colosenses de su compromiso en el ministerio de “dar cumplimiento a la palabra de Dios” (Colosenses 1:25).

Este amplio Evangelio, en su plenitud, ahora nos pertenece para que podamos conocerlo totalmente, experimentarlo plenamente y adoptarlo completamente.

Por Tullian Tchividjian
Tomado del libro: Jesús + Nada = Todo
Peniel

Jesus Mas Nada = Todo

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