Engendrados en Dios para dar vida

Debemos ponernos en las manos de Dios y dejar que el fruto comience a fluir

Por Roberto Vilaseca

Sucedió una noche de verano de 1974 en una ciudad de la provincia de Buenos Aires. Una mujer se acercó para auxiliar a un hombre que tropezó y cayó pesadamente en el cordón de la vereda. También se arrimó al caído otro hombre, quien tiernamente comenzó a hablarle con palabras tan especiales que la mujer quedó impresionada. Aquel hombre hablaba del amor y de la libertad que venía a través de Jesucristo. La mujer estaba tan sedienta de Dios que puso toda su atención en cada expresión de aquel varón. Siempre dispuesto a sembrar semillas de fe por donde sus pies lo llevaban, aquél pastor vio la oportunidad para predicarle a la mujer que, por primera vez en mucho tiempo, durmió en paz sin sus infaltables pastillas para el insomnio y sus crisis de epilepsia.

Nunca supe que ocurrió con el hombre caído en esa vereda, pero puedo asegurar que ese simple incidente cambió la historia de mi familia.

Aquella mujer era mi madre, quien nunca se olvidó del rostro del pastor de ojos celestes profundos y sus palabras llenas de vida. Un día, tiempo después, el siervo volvió por la ciudad; esta vez para entrar a nuestro hogar, y toda la familia volvió a escuchar La Palabra de Dios. Esas semillas encontraron tierra fértil y en poco tiempo dieron fruto. En casa nos convertimos al Señor junto con algunos vecinos, y se formó una comunidad maravillosa.

 “Un día Dios te llamará para que seas pastor”, declaró tiempo después ese mismo pastor apenas entrado en mi adolescencia. En aquel momento no entendí demasiado esa declaración, pero pasaron veinticinco años, y la palabra se cumplió en mi vida. Una vez más esa semilla de verdad dio un fruto.

Siempre relato la historia de la conversión de mi madre para explicar el poder de una semilla puesta en las manos de Dios. Aquella noche cualquiera, en un lugar poco convencional, en una circunstancia no planeada, bastó con que un hombre sembrara una semilla para que, de ese primer grano, se sembraran en todo tipo de tierra miles de semillas de vida con el potencial genético del cielo.

Aunque mi fe pasó por momentos de crisis, sentí el llamado del Señor desde el primer momento y, aún sin mucha luz, abracé con pasión mi vocación ingresando a un seminario católico para ser sacerdote. Luego Dios marcó mi rumbo, llegó el tiempo de la universidad en Buenos Aires y el comienzo de una carrera periodística. Pero en mi corazón seguía ardiendo el llamado de Dios para servirle sembrando la semilla del Evangelio. Era tal el deseo que no pasaba un día sin sembrar el mensaje a quien fuera. Mi lema era: “Cada día una semilla”. Una equina, una plaza, un colectivo fueron mis improvisadas plataformas en aquellos años de juventud.

Luego de casarme Dios me envió de nuevo a mi ciudad natal donde seguimos predicando de mil maneras: desde una máquina de escribir en los diarios, un micrófono de radio o frente a una cámara de televisión.

Había aprendido la lección de aquel siervo de Dios llamado Iván Baker: una semilla que cae en buena tierra es capaz de producir miles de espigas. Así hace Dios con nosotros. Su Palabra tiene el poder de una semilla que es incorruptible y poderosa.

¿Quién puede detener la potencia de vida de las semillas de La Palabra de Dios?

Pedro declaró que Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece(1 Pedro 1:23). No de simiente humana, débil, que se corrompe y que falla, sino engendradas por Cristo en la cruz, con características únicas. Esta semilla es elaborada con una genética divina, pura, con una vitalidad capaz de superar las peores adversidades, con una capacidad imposible de comparar, poderosa, perfecta, indestructible y eterna. Hemos sido renacidos porque antes hemos muerto. Ya no estamos condenados a obedecer nuestras pasiones y cargar con la vergüenza de nuestras debilidades. Cristo transformó esa semilla corrompida en una nueva semilla con una genética divina, con todas las cualidades de su personalidad.

Pablo declara que pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir(1 Corintios. 15:22) ¿Qué tipo de vida? Cristo la definió como una “vida abundante”, plena, con una capacidad sobrenatural para suplir todas las necesidades. Esa vida que encontró la mujer samaritana junto al antiguo pozo de agua; esa vida que alcanzó María de Betania cuando encontró perdón en la mirada tierna del Maestro; esa vida que llevó a un fanático legalista como Pablo a tenerlo todo por basura por alcanzar a Cristo. ¿Conoces esa vida?

 Somos una semilla con poder divino

Esta semilla no pierde vigor. Su poder no tiene fecha de vencimiento.

Cuentan que cuando los arqueólogos descubrieron las piezas mortuorias de los faraones egipcios, encontraron en ellas gran variedad de semillas, en perfecto estado de conservación. Algunas de ellas fueron sembradas y ¡tres mil años después! Tuvieron la suficiente fuerza para germinar y dar vida.

¡Cuánto más La Palabra de Dios que no vuelve vacía! Ni el paso del tiempo, ni el paso de las generaciones, ni el paso del cielo y la tierra, ni el propio Satanás puede contra ella. La semilla de La Palabra es lo más poderoso que existe en el universo.

En Génesis 1 Dios declaró con autoridad: “Sea”… “Y fue hecho”. Esta tierra que nos rodea es el producto de la autoridad de la Palabra. Dios hizo al hombre y lo puso bajo la autoridad de la Palabra: “Y mandó Jehová al hombre…”.

En la era por venir, Cristo reinará con la autoridad de La Palabra: De su boca sale una espada afilada, con la que herirá a las naciones(Apocalipsis 19:15).

Entre el Edén y el milenio ha existido un conflicto sobre la autoridad de La Palabra de Dios y comenzó cuando Satanás le preguntó a Eva: “¿Con que Dios les dijo?”. Hoy la misma pregunta desafiante está en la mente de todos los hombres para desautorizar a La Palabra. Pero su autoridad es respaldada por su misma esencia. Ella permanece inconmovible y firme ante los asaltos de los demonios y de los hombres. Aunque los cielos y la tierra pasen, La Palabra de Dios prevalecerá eternamente.

Los átomos no solo se unen ante el mandato del Creador, sino que además permanecen unidos por el poder de su Palabra “…y todas las cosas en él subsisten…”. Detrás de toda creación, está la mente, pensamiento, palabra, poder y vida de Dios.

Las palabras del ángel a María fueron: “Porque no hay nada imposible para Dios”, es decir, “ninguna Palabra de Dios está exenta de poder”. Por eso María respondió: “Hágase conmigo conforme a tu Palabra”. Por esta palabra sembrada en nuestro corazón recibimos una nueva vida. Una vida que, como la semilla, recibe de La Palabra de Dios los nutrientes necesarios para alimentarse, es regada por la lluvia del Espíritu Santo, y el sol de Justicia, que es Cristo mismo, la baña con la tibieza de sus rayos fortaleciéndola, mientras se mantiene oculta bajo la poderosa mano de Dios para transformarse en una bella espiga, cuando Él lo determine.

¿Has nacido de nuevo? Entonces tienes una nueva genética, pura, poderosa, de naturaleza sobrenatural que crecerá en tu vida hasta transformarte a la imagen de Cristo. Es la nueva vida implantada por el poder de La Palabra con la capacidad de crecer aún en las peores circunstancias. No tienes que resignarte a vivir condicionado por una debilidad que te avergüenza o atado a una vida mediocre y dolorosa. Comienza a creer que en Cristo has nacido a una vida nueva, y que en esta vida no tienes limitaciones. Dios te ha dotado de amor, de poder y de dominio propio. Él te revistió de una estirpe de vencedor para alcanzar cada una de sus metas soñadas.

¡Con Cristo puedes alcanzar todas y cada una de las promesas de La Palabra!

 Somos una semilla de pureza divina

Así como la semilla es causa u origen de otra, La Palabra de Dios produce vida en nosotros, y esa vida es Cristo mismo. Él es La Palabra de Vida, y en el corazón que es sembrada sobrenaturalmente comienza a crecer según su genética de origen. De la misma manera que una semilla de tomates no puede producir otra cosa que tomates, la semilla de La Palabra de Dios va a dar como fruto el carácter de Cristo mismo en nosotros.

Los mismos atributos del carácter de Cristo se encuentran en potencia en nuestra vida: amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Y a través de la fe y la obediencia estos rasgos comienzan a definirse en nuestra propia vida.

Somos semilla santa, declara Isaías. Cristo nos ha dado una nueva vida que es santa y toda impureza o falla ha quedado atrás. ¡Gloria a Dios!

En la ley levítica, Dios habla claramente con Israel de la limpieza y pureza que debía tener la semilla a ser sembrada. Pero si la semilla se remoja en agua, y alguno de esos cadáveres cae sobre ella, deberán considerarla impura(Levítico 11:38).

El pecado ensucia y contamina la vida, y así como una semilla se va degenerando, el fruto finalmente se corrompe. Por eso debemos pedirle al Espíritu que nos lave con su lluvia para que nuestra vida le agrade y mantenga la pureza y el potencial con que fue engendrada. El germen de la vida de Dios es santo, en él no hay pecado; por lo tanto si pecamos vamos en contra de nuestra nueva naturaleza. Nuestro nuevo hombre desea las cosas del Espíritu, ama la pureza de corazón y busca obedecer al Padre con la misma pasión con que Cristo lo hacía. La vida nueva es lo suficientemente fuerte para vencer toda tentación.

Una vida nueva, que ha sido comprada no con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo merece ser cuidada en santidad y pureza. No la ensucies con un placer pasajero, no la manches con una pasión desordenada, no la entregues a cambio de un plato de lentejas. Tu nueva vida vale más que todo el oro del mundo, vale lo que costó la muerte del Hijo de Dios. Él puede hacer cosas tremendas con tu vida. Dios ha puesto un potencial inimaginable en esa nueva vida que fue engendrada cuando recibiste a Cristo y naciste de nuevo. Dentro de esa semilla está encerrado un bosque. Ese es el sueño de toda semilla.

Así como Dios puso sus sueños en Abraham, hay sueños en lo más profundo de tu corazón que esperan ser soñados y alcanzados. Solo hay que estar dispuesto a creer y caer a tierra. Los hombres usados poderosamente por Dios no son una casta especial, tienen la misma genética que otros nacidos de nuevo. Solo que descubrieron el propósito de sus vidas y se entregaron en las manos de Dios para alcanzar sus sueños.

 Una nueva identidad

Cuando una persona acepta una determinada identidad, vivirá de acuerdo a ella. Los cristianos sufrimos un problema de identidad. No comprendemos lo que significa haber aceptado a Cristo en nuestro corazón y desconocemos el poder que actúa en nosotros.

Seguimos pensando que somos personas comunes, intrascendentes, llenos de limitaciones, impotentes de alcanzar cosas destacadas a los ojos de los hombres, acostumbrados a resignarnos a perder nuestros deseos y sueños más profundos, y acostumbrados a seguir arrastrando nuestras penas y dolores por la vida.

Vivimos de acuerdo a lo que creemos que somos. Lo que creas que eres, condicionará tu vida. Esa impresión de lo que eres y lo que vales parte de lo que te hacen sentir los que están a tu alrededor. Si te hacen sentir que no vales nada, seguramente, nunca en la vida serás nada importante. Los espías cobardes que fueron a reconocer la tierra prometida por Dios a los israelitas regresaron diciendo: “Allí vimos gigantes, y nosotros éramos como langostas”. Pero Josué y Caleb declararon: “Nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová”. ¡Qué distinta visión!

No podemos basarnos en lo que sentimos, ni siquiera en lo que nos puedan decir los demás. Lo importante es lo que dice Dios. Porque lo que dice Dios es la verdad. Él no nos engaña.

No nacimos de nuestros padres solamente, Dios nos hizo. Tal como un diseñador de ropa, Él nos pensó, nos diseñó, nos cortó. Somos un modelo del mejor Diseñador. Tomó como modelo a Cristo, para que seamos como Él. Como un vestido hecho a mano, no estás entre las baratijas de una tienda de ofertas. No eres una copia barata, no eres un modelo económico. Eres un diseño exclusivo, una prenda única, costosa, valiosa, digna de un rey, con el sello de Dios como diseñador.

Hoy Dios continúa introduciendo su mano en la sementera, tomando un puñado de granos, extendiendo su brazo y arrojándolos. El viento del Espíritu Santo hace su tarea y son esparcidas por toda la tierra. ¡Aleluya! Tú y yo estamos en sus manos. ¿Estás preparado para caer a tierra y dar mucho fruto?

Por Roberto Vilaseca

 

 

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