La responsabilidad del intercesor

Para que haya paz primero tiene que haber victoria

Por Arthur Mathews

Ejemplos de la oración en funcionamiento nos ilustran, espectacularmente, la autoridad del creyente sobre todo el poder de los enemigos de Dios. Hay una indiscutible finalidad en la forma en que se dispone el poderío superior de los ejércitos, a medida que oran los siervos de Dios.

Este alto propósito no se ve en las negociaciones políticas que son características de nuestros días. Se hacen recíprocas concesiones, se firman tratados de paz y aquellos que trabajan para lograrla se trasladan a otra zona de conflicto; pero las luchas todavía continúan.

¿Permitimos que nuestra decepción con los aclamados forjadores de la paz influya en nuestra forma de pensar acerca de la guerra espiritual? ¿Estamos realmente convencidos de que nuestro llamado es a la guerra espiritual y a la paz que se alcanza a través de la victoria?

En cualquier situación en la cual Satanás domina y amenaza, Dios busca a un hombre a través del cual pueda declararle la guerra al enemigo. Con esta herramienta Dios procura que el enemigo sepa que debe retroceder, hacer las valijas y marcharse. El poder de las armas espirituales, la perseverante fe en medio de las condiciones conflictivas, no puede menos que ayudar a estorbar al enemigo, permite conseguir la victoria al pueblo cristiano y cumplir los propósitos de Dios.

Esta es la única explicación que tengo para las palabras de 1 Samuel 7:13: “Durante toda la vida de Samuel, el Señor manifestó su poder sobre los filisteos. Estos fueron subyugados por los israelitas (esto es victoria) y no volvieron a invadir su territorio” (esto significa que la victoria se mantiene). Durante el tiempo de la vida de Samuel, la mano del Señor estaba contra los filisteos (este es un factor adicional, el cual solo se explica bajo el supuesto de que alguien interceda). Hay elementos por los que puede llegarse a esta conclusión. La carga de oración de la vida de Samuel fue: “En cuanto a mí, que el Señor me libre de pecar contra él dejando de orar por ustedes…” (1 Samuel 12:23).

El hombre que ora ejerce supremacía incluso sobre situaciones internacionales. Los hombres van a tener que saber que la paz no será alcanzada por las acciones de los políticos. Vendrá a través del intercesor que ha aprendido a acometer la guerra espiritual sobre los principados y contra los poderes en los lugares altos.

La vida de Samuel se nos presenta en un contexto de oración que funciona. El Señor había cerrado la capacidad de Ana para tener hijos. Pero su poder de oración movió a Dios a levantar sus restricciones. Tuvo un hijo y, en un testimonio triunfante al mundo de que su oración había traído la respuesta sobrenatural de Dios, “le puso por nombre Samuel, pues dijo: ´Al Señor se lo pedí”.

El contacto de Dios con Samuel era a un nivel íntimo, hogareño. Moisés escaló el Monte Sinaí, hacia los aterradores truenos que acompañan la divina presencia. En contraste, Samuel es despertado de su inocente dormitar infantil por la suave voz de Dios, que lo llamaba. Fue él, como profeta de Dios, quien ungió a los dos primeros reyes de Israel, a Saúl y a David. Como juez, pasó su vida recorriendo los polvorientos caminos del circuito entre las localidades de Rama, Betel, Gilgal y Mizpa. En medio de todo eso, encontró tiempo para organizar el reino y explicárselo a las pobladores y, luego, como autor, para registrar sus experiencias en un libro y dejar constancia de su vida ante el Señor.

La importancia del hombre, sin embargo, no se mide por su competencia en ninguno de estos ministerios. Él fue un guerrero de oración. En esta condición, brilla como una estrella de primera magnitud. El salmista dice: “Moisés y Aarón se contaban entre sus sacerdotes, y Samuel, entre los que invocaron su nombre. Invocaron al Señor, y él les respondió” (Salmo 99:6).

En 1 Samuel 7, se describe su función de oración, que podría servir como una introducción al libro de las guerras de Dios. La historia se divide fácilmente en tres partes: primero, ante todo, la limpieza. Samuel anima una anticuada reunión de avivamiento, urgiendo a las personas a buscar a Dios con verdadero arrepentimiento y a destruir a Balaam y a la corte de Astarté. Israel responde con quebrantamiento y arrepentimiento.

Luego de la limpieza viene la crisis. Hacia el oeste, una nube de polvo ocultaba una amenaza siniestra. El ejército filisteo avanzaba, empeñado en el derramamiento de sangre y en obtener el botín. Y, detrás de esta crisis, se escondía Satanás. En tanto que Israel se inclinaba a dioses extraños, el pueblo era esclavo de Satanás. La operación limpieza fue un destello de la rebelión a su autoridad. El malvado lo presentía. Al estimular a sus filisteos perros de guerra, planeaba recuperar el control.

Póngase usted mismo en el lugar de Samuel. La limpieza es desafiada. Un enemigo muy real lo amenaza. Atrapados en una fuerte situación emocional de vergüenza y de arrepentimiento, los israelitas no estaban en condiciones de lidiar con esta crisis. Por un lado, la inminencia del avance de las hordas filisteas presionaba. Por el otro, el pánico de la gente. El futuro inmediato de dos naciones estaba en las manos de Samuel, y el honor de Dios estaba comprometido. Se necesitaba una acción drástica, inmediata; no había tiempo ni lugar para experimentos. El paso tres dependía de él.

El climax. ¿Qué hace Samuel? ¿Cómo reacciona ante la crisis? “Y Samuel tomó entonces un cordero pequeño y lo ofreció en holocausto al Señor.” Siéntese y piense en esto. Quizás la mente de Samuel retrocedió en el tiempo y recordó al animal sacrificado en el Edén o al Cordero Pascual. Pero la esencia de su acto fue señalar hacia el camino futuro de la historia del Cordero y anunciar el gran clímax. “ Porque ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero…” (Apocalipsis 12:10-11).

Allí, de pie, identificado con la completa sumisión y humildad de su cordero, Samuel clama al Dios de Israel. El Señor se hizo sentir con una terrible tormenta; los filisteos se atemorizaron y, de acuerdo a lo que está registrado, “no volvieron a invadir su territorio”.

La victoria era necesaria para la paz. La paz es una victoria sostenida. El único hombre que puede mantener al enemigo a raya es el intercesor, y bendito es aquel intercesor que conoce cómo usar el poder de la sangre en la guerra espiritual.

Por Arthur Mathews
Tomado del libro: Nacido para la batalla
Peniel

Nacido para la Batalla

2 comentarios en La responsabilidad del intercesor

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*