A lo largo de nuestra vida es normal atravesar episodios tristes y aunque no nos agradan, entendemos que, en muchos casos, nos han servido para crecer como personas.
Necesitamos alimentarnos constantemente, si no probablemente moriríamos. De la misma manera sucede en nuestra vida espiritual, si no comemos constantemente de la palabra de Dios, de su esperanza, morimos lentamente.
Nuestras pacientes saben que el diagnóstico no es su destino. No se pueden callar, sus bocas se abren para expresar gratitud más allá de la circunstancia que estén atravesando.
Asociamos durante años, décadas tal vez, el “estar mal” con “estar en pecado”. Entonces no nos permitimos confesar que estamos mal, no vaya a ser cosa que piensen que estamos en pecado.