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Cuando el silencio también predica: Lo que aprendí siendo autista dentro de la Iglesia

Por Eugenia Miño

Soy Eugenia Miño. Tengo 43 años y soy autista.

Soy una mujer de fe, y también soy autista, con un diagnóstico recibido a mis 41 años. Sirvo en mi iglesia —la Iglesia de Dios de mi ciudad— desde hace más de doce años, especialmente en el ministerio de jóvenes. Mi vida está profundamente atravesada por dos realidades que no compiten entre sí, sino que se entrelazan: el autismo y la fe en Cristo.

Escribo desde la experiencia. Porque poner en palabras lo vivido también es una forma de sanar. Y porque creo, con convicción, que Cristo es suficiente.

Durante muchos años pensé que había algo en mí que no encajaba. Crecí dentro de una comunidad de fe donde todo parecía tener una forma clara, casi incuestionable: una manera de cantar, de escuchar, de responder. Para muchos, aquello era natural. Para mí, en cambio, era un territorio difícil de habitar.

Mi fe nunca estuvo en duda. Aun en medio de la confusión, aun cuando no lograba sostener una prédica completa o seguir el ritmo de una reunión, yo sabía que Dios era real. Pero no entendía por qué me resultaba tan difícil encontrarme con Él en los espacios donde, supuestamente, debía ser más sencillo hacerlo.

Las luces, los sonidos, las conversaciones simultáneas, la cercanía constante. Todo sucedía al mismo tiempo. La sobrecarga no era solo auditiva: era visual, era física, era total. Mientras tanto, existía una expectativa invisible: ese lugar debía hacerme bien.

Y yo estaba.

Participaba. Respondía. Me involucraba.

Pero por dentro, muchas veces, sostenía un nivel de esfuerzo que nadie veía. Calculaba cuánto tiempo podía quedarme, anticipaba interacciones, regulaba cada gesto para no evidenciar la saturación. Y salía agotada. No por falta de fe, sino por exceso de estímulos.

Durante mucho tiempo, no tuve palabras para explicarlo. Solo sabía que algo en mí quedaba afuera. Como si hubiera una distancia invisible entre lo que se compartía y lo que yo podía realmente integrar.

El diagnóstico llegó en la adultez. Tardío, sí. Pero profundamente revelador. No cambió quién soy, pero me permitió entender mi historia desde otro lugar: nunca fue incapacidad, fue diferencia.

Sin embargo, entenderme no cambió el entorno.

La iglesia seguía siendo la misma. Los espacios seguían funcionando igual. Y aunque ahora comprendía mejor lo que me pasaba, eso no hacía más fácil habitarlo.

Ahí comenzó una pregunta nueva: ¿y si Dios no estaba esperando que dejara de sentir esto… sino que lo encontrara también acá?

No en la incomodidad como ideal, pero sí en medio de ella.

Aprendí que reconocer mis límites no es falta de espiritualidad. Que salir antes de saturarme no es debilidad. Que quedarme más allá de lo que puedo sostener no es fe, es desgaste.

Y en ese proceso, algo empezó a transformarse.

Descubrí que Dios no está limitado a un formato. El encuentro comenzó a cambiar cuando encontré otras maneras de acercarme a la Palabra: leer sin apuro, volver a un versículo, escribir, dibujar, contemplar. Permitir que el texto no solo pase por mi mente, sino que habite en mi cuerpo.

La Escritura dejó de ser un discurso lejano para convertirse en un espacio de encuentro. La conexión que no encontraba en el ruido, comenzó a aparecer en el silencio.

Empecé a encontrar a Dios en la naturaleza, donde todo tiene un ritmo distinto. En el silencio, donde no hay interferencias. En el arte, donde lo invisible se vuelve visible.

Ahí, mi mente descansaba.

Ahí, mi sensibilidad no era una carga, sino un puente.

Con el tiempo, comprendí algo que cambió profundamente mi forma de vivir la fe: no era yo la que estaba lejos. Era el formato el que no había sido pensado para mentes como la mía.

Dios, en cambio, siempre había estado cerca.

Hoy, mi vida también está atravesada por la maternidad. Ona, mi hija mayor, también es autista. Gia, mi hija menor, es neurotípica. En ellas veo la diversidad con la que Dios crea, sostiene y se revela.

Cada experiencia que viví —cada dificultad, cada búsqueda— ya no la guardo como una herida, sino como una semilla. Porque de ahí nacieron herramientas. Formas de acercar la Palabra que no dependan solo de lo oral. Espacios donde leer, dibujar, observar, moverse, preguntar.

Maneras de enseñar que no obliguen a encajar, sino que acompañen a descubrir.

Y en ese camino, algo se volvió cada vez más claro: la Iglesia necesita volver a mirar.

Mirar a los niños. Mirar a quienes no encajan en los moldes habituales. Mirar con la profundidad con la que Cristo miraba.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué estamos comunicando con nuestras formas?

Entendí que pertenecer no significa adaptarme hasta desaparecer. Que ser parte del cuerpo no implica negar el diseño con el que fui creada. Que no todos los espacios van a ser para mí… y eso no me deja fuera de Dios.

Dios no me pidió que encajara en todas las dinámicas. Me pidió fidelidad en lo que me confió.

Y ahí, en ese lugar —enseñar, acompañar, caminar con otros en la Palabra— hay fruto. Hay claridad. Hay vida.

Hoy sigo siendo parte de la Iglesia. Pero desde un lugar distinto. No desde la exigencia, ni desde la culpa, ni desde el intento constante de parecer algo que no soy.

Sino desde una pertenencia más honesta. Más limitada, sí. Pero también más verdadera.

  • Porque mi fe no está en discusión.
  • Mi amor por Dios tampoco.
  • Lo que sí está en revisión… son las formas.

Las formas en que construimos comunidad. Las formas en que leemos al otro. Las formas en que definimos qué es “estar bien”.

Y tal vez, crecer como Iglesia no sea hacer más, sino aprender a mirar mejor.

Hoy ya no intento encajar.

Hoy construyo.

Construyo caminos donde mis hijas puedan encontrarse con Dios sin miedo, sin presión, sin sentirse fuera. Caminos donde el silencio también habla. Donde el dibujo también ora. Donde observar también es adorar.

Porque hay una verdad que hoy sostengo con todo mi ser:

Dios también se revela en la forma en que cada uno puede recibirlo.

Y en mi historia, en mi manera, en mi caminar…

el silencio también predica.

Eugenia Miño
Eugenia Miño
Se desempeña como comunicadora de autismo en primera persona, promoviendo la importancia de poner en palabras las experiencias dentro del espectro como forma de acompañar a otros en sus procesos. Es oriunda de La Plata, Buenos Aires, y actualmente vive en Leandro N. Alem, Misiones, junto a su esposo Guillermo y sus dos hijas, Ona y Gia.

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