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Peter Pan y la aventura de morir a nosotros mismos

Una frase de Peter Pan puede abrir una pregunta que atraviesa nuestra vida de fe: ¿qué sucede cuando dejamos de vivir para nosotros mismos y permitimos que Cristo transforme nuestra manera de vivir?

“Morir será una aventura grandiosa”. En la historia de J. M. Barrie, Peter Pan enfrenta la posibilidad de la muerte con una frase que sorprende. Ante lo desconocido, el niño que no quiere crecer encuentra una aventura por descubrir. Esa imagen literaria puede servir como punto de partida para pensar en otra clase de muerte: la renuncia cotidiana a nuestro egoísmo para vivir en Cristo.

Esta lectura no pretende convertir a Peter Pan en una alegoría del Evangelio. Su historia tiene contradicciones, y su resistencia a crecer está lejos de representar un modelo de madurez espiritual. Pero algunas frases de la ficción pueden despertar preguntas que nos llevan de regreso a la Palabra.

La aventura de dejar de ser el centro

Hay algo en nosotros que se resiste a ceder el lugar. Queremos tener la última palabra, recibir reconocimiento, controlar lo que sucede y defender nuestra imagen. Incluso podemos acercarnos a Dios esperando que acompañe nuestros planes, sin preguntarnos cuánto estamos dispuestos a dejarnos transformar por Él.

En Lucas 9:23, Jesús llama a quienes desean seguirlo a negarse a sí mismos y tomar su cruz cada día. El seguimiento de Cristo alcanza nuestras decisiones cotidianas, nuestros deseos y la manera en que nos relacionamos con los demás.

Morir a nosotros mismos puede comenzar en situaciones mucho menos extraordinarias de lo que imaginamos. En una discusión en la que renunciamos a lastimar para ganar. En una disculpa que dejamos de postergar. En un servicio que nadie va a aplaudir. En la decisión de obedecer a Dios aun cuando eso contradiga lo que teníamos pensado.

Esa renuncia puede doler porque toca aquello que hemos aprendido a proteger. El orgullo no entrega fácilmente su lugar. El resentimiento siempre encuentra argumentos para quedarse. La necesidad de reconocimiento nos convence de que, si nadie nos ve, lo que hacemos pierde valor.

Sin embargo, el Evangelio nos invita a descubrir una vida que ya no depende de sostener nuestro protagonismo. Pablo lo expresa en Gálatas 2:20: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. El centro de su vida ha cambiado: ahora vive por la fe en Aquel que lo amó y se entregó por él.

Que Cristo se haga visible en nosotros

Según Peter Pan, morir es una aventura grandiosa, pero morir al yo no significa despreciarnos ni borrar nuestra personalidad. Significa entregar a Dios aquello que gobierna nuestra vida en oposición a Él: el pecado, la autosuficiencia y esa insistencia en hacer de nuestros deseos la medida de todas las cosas.

Tampoco podemos producir la vida de Cristo mediante un esfuerzo por parecer mejores. Dependemos de su gracia y de la obra de su Espíritu. Nuestra respuesta es rendirnos, obedecer y permitir que esa transformación alcance lugares que a veces preferiríamos mantener cerrados.

Entonces, lo que creemos empieza a encontrar expresión en lo que hacemos. El amor de Cristo se vuelve visible cuando amamos; su paciencia, cuando dejamos de responder desde el enojo; su misericordia, cuando perdonamos; su humildad, cuando podemos servir sin ocupar el centro.

Allí aparece lo grandioso de esta aventura: descubrir cómo Dios transforma nuestra vida cuando confiamos en Él. No sabemos de antemano todo lo que tendremos que entregar, ni todos los cambios que esa entrega traerá. Pero conocemos a Aquel a quien estamos siguiendo.

Ser como niños y aprender a madurar

La figura de Peter Pan también nos permite pensar en una diferencia fundamental: tener un corazón de niño y negarse a crecer son cosas distintas. Su deseo de permanecer eternamente en la infancia puede resultar encantador dentro de una fantasía, pero también expresa una resistencia a los cambios y las responsabilidades de la vida.

Cuando los discípulos preguntan quién es el mayor en el Reino de los cielos, Jesús pone a un niño en medio de ellos. En Mateo 18:3-4, los llama a hacerse como niños y señala la humildad del pequeño. La escena confronta su búsqueda de grandeza y los invita a abandonar la competencia por ocupar el lugar más importante.

Podemos relacionar esa humildad con una confianza que reconoce su necesidad del Padre. No tenemos que saberlo todo ni controlar cada paso para seguir a Dios. Podemos acercarnos con preguntas, recibir su enseñanza y admitir que necesitamos ayuda.

A la vez, la Escritura nos llama a crecer. En 1 Corintios 14:20, Pablo distingue entre ser niños respecto de la malicia y ser maduros en el modo de pensar. La sencillez de la fe puede convivir con el discernimiento, la responsabilidad y la madurez.

Tal vez una de nuestras mayores dificultades sea que queremos crecer sin dejar de controlar, o conservar la infancia sin asumir responsabilidades. El camino de Cristo nos enseña a madurar mientras seguimos dependiendo del Padre.

Una entrega que se renueva cada día

La mirada aventurera de Peter Pan puede ayudarnos a formular una pregunta: ¿y si dejáramos de mirar cada renuncia únicamente como una pérdida? ¿Qué podría hacer Dios en nosotros si entregáramos ese orgullo, esa necesidad de aprobación o ese enojo que venimos justificando?

Llamar aventura a este proceso no vuelve fácil la obediencia. Hay renuncias que cuestan, cambios que llevan tiempo y momentos en los que necesitamos volver a entregar lo que creíamos haber rendido. Por eso el llamado de Jesús incluye una expresión tan concreta: cada día.

Cada día podemos dejar de alimentar lo que nos aleja de Él y responder a la vida que nos ofrece. Cada día hay una oportunidad para escuchar, arrepentirnos, aprender y amar de una manera más parecida a la suya.

Peter Pan se resiste a crecer. Nosotros somos llamados a crecer en Cristo, conservando la humildad de un niño delante del Padre. En ese camino, morir a nuestro egoísmo puede convertirse en una aventura grandiosa: la de descubrir una vida en la que Jesús sea glorificado a través de nosotros.

Rodrigo Acosta
Rodrigo Acosta
Escritor, redactor, músico, productor y compositor argentino. Forma parte de la banda Fila 9 desde el año 2016 como bajista y segunda voz.

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