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La inteligencia artificial y la inteligencia del corazón

No es mi intención, ni está dentro de mi competencia, hablar sobre tecnología. Ya existen suficientes expertos, artículos y videos que pueden explicar ese tema mucho mejor que yo.

Mi propósito es poner sobre la mesa una reflexión y hacer un llamado a la acción sobre un asunto de extrema importancia y urgencia para los tiempos que estamos viviendo. Quiero hablarles sobre la IA.

Si bien estas dos letras juntas son hoy una abreviación de Inteligencia Artificial y han adquirido un enorme protagonismo desde 2022, el vocablo «ia» existe desde hace miles de años.

Etimológicamente, muchas palabras del español derivan del latín y, en su construcción, encontramos estas dos letras juntas: -ia. Esta terminación suele utilizarse para formar sustantivos abstractos que expresan una cualidad o disposición.

Por ejemplo, empatía es la capacidad de comprender los sentimientos de otra persona; prudencia, la cualidad de actuar cuidadosamente; y paciencia, la virtud de soportar dificultades sin perder la calma.

Todas estas palabras terminan en ia.

En este sentido, la palabra más poderosa que hoy quiero rescatar y volver a poner en vigencia es: MISERICORDIA.

La palabra misericordia deriva del latín miser + cordis + ia. Miser se refiere a la miseria, el sufrimiento o la desgracia; cordis, al corazón, y en esta oación ia se utiliza para construir la virtud. De esta manera, la misericordia expresa la cualidad de un corazón abierto y dispuesto ante la miseria de otro.

Es la virtud de un corazón que se inclina hacia el sufrimiento ajeno y actúa con amor para aliviar el dolor, sin juzgar ni condenar. ¡Qué virtud tan sobresaliente! ¡Cuánto hace falta hoy!

Por un lado, todos necesitamos recibir misericordia. Pero también estamos llamados a manifestarla hacia los demás.

El clamor por misericordia

El ciego Bartimeo clamó a viva voz: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!»Marcos 10:47-48. Y cuando quienes estaban a su alrededor intentaban hacerlo callar, él gritaba aún más fuerte.

Quienes reconocen su propia miseria pueden clamar por la misericordia de Dios. Qué importante es acercarse a Jesús con un corazón contrito y humillado, reconociendo que sin Él no podemos ver la realidad, acceder a la luz ni caminar en la verdad.

En un mundo oscurecido por el pecado, ensombrecido por la mentira y manipulado por el engaño, reconocer que necesitamos un Salvador es la disposición de corazón más importante para recibir perdón, salvación y vida eterna.

El orgullo humano intentará callar la voz del clamor. Pero es de sabios silenciar al orgullo y humillarse delante de Dios.

Las personas, las familias y las naciones que así lo hagan recibirán socorro, auxilio y liberación. El propio rey David conocía este principio. Por eso dijo: «Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí; porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos»Salmos 57:1.

Sin dudas, vienen tiempos de quebranto para la tierra, y muchos de ellos ya los estamos observando. Pero quienes pongan su confianza en Dios serán guardados, amparados y protegidos. Y si alguna pérdida sufrieran, también serán consolados.

Un corazón inclinado hacia el sufrimiento humano

La misericordia de Dios es eterna. Su corazón está abierto e inclinado hacia el sufrimiento humano. El corazón de Jesús fue traspasado en la cruz, y de Él brotaron sangre y agua para salvar nuestra miserable condición y redimirnos de una naturaleza corrompida y destructiva.

El libro de Lamentaciones dice que nuevas son sus misericordias cada mañana — Lamentaciones 3:22-23. Es interesante observar que, en el texto original, aparecen distintos términos para expresar la riqueza de esta misericordia.

Uno de ellos es chesed, que comunica la idea de un amor leal, una fidelidad basada en un pacto y una gracia inquebrantable. Otro es rachamim, una palabra relacionada con las entrañas y el vientre materno, que describe una misericordia profunda, visceral y protectora; un amor semejante al de una madre que lleva a su hijo en su vientre.

Dios no es ajeno al dolor humano. Al contrario, Él se compadece de nosotros y, con cuerdas de amor, nos rescata de nuestra vana manera de vivir.

Por la misericordia de Dios la tierra todavía subsiste y no ha sido destruida. Por su fidelidad y por su pacto con sus hijos, Él continúa socorriéndonos y librándonos del mal. Por su gran amor, sigue llamando a los pecadores al arrepentimiento y mostrando su compasión a todo aquel que se acerca a Él mediante la fe en Jesucristo.

Misericordia recibida, misericordia practicada

La misericordia es tan importante que Jesús la convirtió en una parte central de su Sermón del Monte: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»Mateo 5:7. Este es un llamado a la acción para todos aquellos que han experimentado el favor de Dios en sus vidas.

Este es un llamado a la acción para todos aquellos que han experimentado el favor de Dios en sus vidas; para quienes reconocen que Dios ha sido bueno y misericordioso, y que su gracia los alcanzó y los salvó.

Son bienaventurados aquellos que, habiendo recibido misericordia, se vuelven misericordiosos con los demás. Es difícil dar aquello que no se tiene. Y nadie puede vivir una verdadera misericordia sin haber experimentado primero la misericordia de Dios.

El famoso Sermón del Monte es una maravillosa enseñanza sobre los principios espirituales del amor de Dios y sobre su trato con todos los que creen en Él. Jesús enseña allí una progresión en el crecimiento de la vida espiritual, donde cada virtud y cada bienaventuranza brota de la anterior.

  • Comienza diciendo que son bienaventurados los pobres de espíritu: aquellos que reconocieron su propia miseria y perdición; aquellos que silenciaron su orgullo y se humillaron ante Dios.

Estando muertos en delitos y pecados — Efesios 2:1 —, recibieron una misericordia extraordinaria. Antes de que pudieran hacer algo, Dios salió a su encuentro para mostrarles su verdadera condición y revelarles cuán pobres y perdidos estaban.

También recibieron misericordia para llorar por su condición. El Espíritu Santo produjo en ellos una tristeza santa que los llevó al arrepentimiento genuino y al deseo de cambiar sus vidas.

Entonces nació la mansedumbre donde antes había rebeldía. Sus vidas comenzaron a volverse obedientes a la voz del Padre y surgió en ellos un profundo deseo de hacer su voluntad.

De allí brota también un hambre y una sed de justicia: primero, de la justicia de Cristo en sus propias vidas mediante la fe; y luego, el deseo de ver manifestado el Reino de Dios en la tierra, un Reino que consiste en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo — Romanos 14:17.

Llegamos así a la quinta bienaventuranza, que, como una escalera bien apoyada sobre la Roca, se levanta para la gloria de Dios. Quienes han recibido tanta misericordia están llamados también a ser misericordiosos con los demás y a manifestar, de ese modo, el corazón de Dios.

No se trata de un simple sentimiento de lástima. La misericordia es una compasión activa que se traduce en ayuda práctica para aliviar el sufrimiento ajeno.

No es lástima pasiva. Es ver una necesidad —hambre, dolor, abandono o pecado—, conmoverse profundamente y hacer algo para ayudar.

El desafío de nuestro tiempo

En estos tiempos difíciles, duros y críticos, en los que las tragedias, la muerte, el hambre y las enfermedades golpean a la humanidad, es de vital importancia que los hijos y las hijas de Dios brillen en misericordia.

Debemos inclinar nuestro corazón hacia quienes más lo necesitan.
Debemos predicar a tiempo y fuera de tiempo, porque la mayor necesidad del ser humano es conocer a Jesús. Pero también debemos socorrer de manera concreta, ofreciendo ayuda humanitaria allí donde exista necesidad.

Tenemos que estar preparados para asistir con comida, ropa, medicamentos, consuelo y afecto a quienes sufren tales carencias. El rey David expresó: «Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová»Salmos 41:1.

Hoy escucho a ciertos políticos y economistas hablar con una frialdad preocupante ante las necesidades de sus pueblos. Y, con tristeza, también percibo esa indiferencia en algunos ámbitos religiosos. Algunos creen que ocuparse directamente de las miserias humanas no es de su incumbencia. Se levantan para juzgar y condenar, cuando lo que hace falta es misericordia.

Es cierto que el asistencialismo desmedido ha sido utilizado de manera corrupta por ciertos gobiernos para generar dependencia. Pero eso no significa que debamos abandonar a las personas en medio de las emergencias y las crisis.

Hay una diferencia entre crear dependencia y socorrer al necesitado. Hay también duras advertencias para quienes cierran su corazón ante el sufrimiento ajeno: «El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído»Proverbios 21:13. Y también: «Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia»Santiago 2:13. La misericordia no puede ser reemplazada por la indiferencia.

La inteligencia que más necesitamos

La misericordia se convertirá en una de las virtudes más poderosas de nuestro tiempo.
Más necesaria que la tecnología. Más trascendente que la robótica. Más transformadora que los algoritmos.

La inteligencia artificial puede procesar cantidades inmensas de información, pero no puede reemplazar un corazón verdaderamente misericordioso. La misericordia es la inteligencia del corazón.

Es lo que nos vuelve más humanos y, al mismo tiempo, nos acerca al carácter de Dios. Por eso, te invito a pedirla y ejercitarla. Pide misericordia para tu propia vida. Y luego, practícala.

Víctor Doroschuk
Víctor Doroschuk
Pastor y fundador de Ministerio Vida y Paz (San Rafael, Mendoza)

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