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Cuando un pensamiento suicida se esconde detrás de una sonrisa

Hace algunas semanas, llegué temprano al consultorio. Era la primera. Mi secretaria todavía no había llegado y una paciente, que tenía turno más tarde, también se había adelantado. La saludé y le dije: “¡Sos la primera! Qué alegría verte”. 

Ella me respondió con una enorme sonrisa. Doctora, solamente tengo que traerte el resultado del Papanicolaou. Si podés atenderme rápido, genial. Vine temprano justamente por si existía esa posibilidad”. “Claro”, le dije. Pasá, mientras voy preparando todo”. 

Entró al consultorio y se sentó en la silla frente a mi escritorio. Yo estaba del otro lado, encendiendo la computadora, buscando su historia clínica, preparando algunas cosas y eligiendo música para ambientar el lugar. 

Cada vez que levantaba la mirada, ella sonreía. Parecía estar bien. Hasta que, de repente, escuché una expresión con dolor y lágrimas:

Todavía recuerdo ese instante. Hacía apenas unos segundos, esa misma mujer estaba sonriendo frente a mí. La miré sorprendida y le dije: “Pero, bella, entraste sonriendo. Mientras yo preparaba las cosas estabas sonriendo. ¿Qué pasó?”. 

Y su respuesta me atravesó: “Es que cuando entré acá sentí la presencia de Dios y no pude seguir escondiéndolo. Necesitaba decir que quiero morirme”. 

Ese día el Papanicolaou dejó de ser lo más importante de la consulta. Había una vida delante de mí pidiendo ser escuchada. Oramos. Lloró. Hablamos profundamente. Le leí la Palabra. Con su consentimiento, hablé con su pastora y la orienté para que también pudiera recibir ayuda de profesionales de salud mental. 

Antes de irse me habló de algo que no tenía cuando había entrado: paz. Una paz inmensa, me decía. Y mientras la veía salir pensé en cuántas personas nos cruzamos todos los días que también sonríen. 

Durante años, soñé con construir espacios donde las personas pudieran sentirse abrazadas; lugares donde alguien pudiera entrar sin necesidad de aparentar que está bien, donde pudiera sentirse lo suficientemente seguro como para expresar aquello que quizá no se anima a decir en ningún otro lugar. Aquella mañana volví a comprender por qué. 

Porque el sufrimiento profundo no siempre grita. A veces trabaja. A veces estudia. A veces sirve. A veces cuida a sus hijos. A veces se maquilla, se viste, responde mensajes y sube una historia a las redes sociales. A veces el dolor sonríe. 

Y aquella escena, aunque profundamente personal, forma parte de una realidad que atraviesa al mundo entero. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo y, por cada muerte, se estima que existen muchas más personas que realizan intentos. 

Además, el suicidio se encuentra entre las principales causas de muerte de los jóvenes: fue la tercera causa de muerte entre los 15 y los 29 años a nivel mundial. 

Argentina tampoco está ajena a esta realidad. Los datos oficiales del Ministerio de Salud registraron 3.488 muertes por suicidio durante 2023, con una tasa de 7,5 cada 100.000 habitantes. Y hay un dato que debería interpelarnos especialmente: ese mismo año, los suicidios estuvieron entre las principales causas de muerte de los jóvenes argentinos de 15 a 24 años. 

El suicidio a veces es silente. Hay batallas interiores que permanecen invisibles hasta que alguien encuentra un lugar suficientemente seguro para decir: “No puedo más”.

Por eso necesitamos recuperar algo profundamente humano: la capacidad de mirar al otro más allá de lo evidente. 

Jael Ojuel

Escuchar sin minimizar. Sin responder rápidamente “tenés que ponerle ganas”. Sin juzgar y sin convertir el sufrimiento ajeno en una clase de espiritualidad. Como médica y como mujer de fe, estoy convencida de que la oración, el acompañamiento pastoral y la atención profesional no necesitan competir entre sí. 

Podemos orar profundamente y también acompañar a alguien a buscar ayuda especializada. Podemos creer en el poder sobrenatural de Dios y valorar las herramientas que la medicina, la psicología y la psiquiatría pueden aportar. Porque cuando una vida está en riesgo, acompañar también es actuar. 

Desde aquel día hay una pregunta que vuelve una y otra vez a mi corazón: ¿cuántas personas habrán pasado hoy delante nuestro sonriendo mientras por dentro estaban pidiendo auxilio?

Una conversación no reemplaza el tratamiento profesional, pero puede convertirse en el puente que lleve a una persona hasta él. Tal vez nunca sepamos cuánto puede significar una llamada, un mensaje, sentarnos al lado de alguien, escuchar sin mirar el reloj, acompañarlo a pedir ayuda o simplemente hacerle saber: “No tenés que atravesar esto solo”. 

Aquella mañana yo había llegado temprano pensando que simplemente comenzaría otro día de consultorio. Ella había llegado temprano pensando que solamente traería un resultado. Ninguna de las dos sabía que detrás de aquella consulta aparentemente rutinaria había una conversación que necesitaba suceder. Y desde entonces, aquella sonrisa inicial quedó grabada en mí como un recordatorio: nunca sabemos completamente qué batalla está librando la persona que tenemos enfrente. 

Por eso quiero terminar hablándole también a quien quizás esté leyendo estas palabras mientras atraviesa su propia noche. Que hoy no encuentres sentido no significa que tu vida lo haya perdido. El dolor puede ser inmenso. Puede agotarte. Puede hacerte sentir que nada va a cambiar. Pero no le entregues al dolor el derecho de escribir el final de tu historia. Hablá. Pedí ayuda. Permití que alguien entre en ese lugar que hasta hoy atravesaste en silencio. 

Y a todos los demás nos queda una responsabilidad: mirar un poco más, escuchar un poco más, juzgar un poco menos y acompañar mucho más. Porque quizás nunca podamos conocer completamente el dolor que se esconde detrás de una sonrisa, pero sí podemos convertirnos en personas y comunidades donde alguien tenga la libertad de dejar de fingir que está bien. El suicidio a veces es silente. Pero vos y yo podemos aprender a escuchar el silencio.

Jael Ojuel
Jael Ojuel
Ginecóloga y Obstetra especialista en fertilidad. Pastora en Centro Cristiano Amor y Vida Directora del Equipo de Bioética de ACIERA. Evangelista de la Nueva Generación de Evangelistas de Fundación Palau. Directora de Profesionales Conciencia (profesionales que defienden los valores Cristianos a través de la profesión).

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