Una de las pruebas más difíciles del desierto es la «prueba de identidad».
Marcos 1:12-13: «Enseguida el Espíritu lo impulsó a ir al desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; y estaba entre las fieras, y los ángeles le servían.»
Después de escuchar la voz del Padre que afirmaba su identidad: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia»(v. 11), Jesús es llevado al desierto, donde enfrenta una voz distinta y desafiante… Satanás sembrando dudas: «Si eres Hijo de Dios…» (Mateo 4:3,6; Lucas 4:3).
No es casualidad. Satanás no ataca cualquier cosa, ataca lo que Dios acaba de declarar. Y su estrategia no ha cambiado. Lo mismo enseñó Jesús en la parábola del sembrador, unos capítulos más adelante (Marcos 4:15).
En los desiertos, cuando el camino se hace más pesado, Satanás llega a probar nuestra identidad en Cristo: «Si realmente eres hijo de Dios, entonces prueba que lo eres…»
Es interesante que el diablo espera que Jesús demuestre ser Hijo de Dios: Alimentándose de pan por encima de la Palabra, buscando su placer por encima de la obediencia, utilizando la Palabra de Dios a su conveniencia.
Esa es su estrategia: que seamos hijos de desobediencia.
Por eso, el apóstol nos recomienda en forma de mandamiento: «No deis lugar al diablo.» (Efesios 4:27)
El enemigo buscará cualquier grieta en nuestro corazón para sembrar duda, temor y engaño. Vendrá en momentos de debilidad, crisis e incertidumbre.
¿Cómo puedo hacer para no dar lugar al diablo si mi mente es débil?
No somos los primeros en enfrentarnos a esta lucha. La clave para no dar lugar al enemigo está en tres principios que vemos en la vida de Jesús en el desierto:
- Aférrate a la Palabra de Dios.
Jesús venció cada tentación con un «Escrito está».
Cuando el enemigo siembra dudas, no las debatas, responde con la verdad de Dios.
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.» (Salmo 119:105).
- No camines solo.
Jesús enfrentó la tentación solo físicamente, pero no estaba solo espiritualmente.
Dios siempre provee ayuda en el desierto. Rodéate de hermanos en Cristo, fortalece tu identidad y recuerda quién eres.
«Mejor son dos que uno… porque si caen, el uno levantará a su compañero.» (Eclesiastés 4:9-10).
- Ora y vigila tu pensamiento.
Pablo nos advierte que el campo de batalla es la mente.
No podemos evitar que el enemigo intente susurrarnos mentiras, pero sí podemos decidir qué hacer con esos pensamientos.
«Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.» (2 Corintios 10:5).
- Oración:
Señor, en medio de este desierto donde mi mente es atacada y mi identidad es probada, vengo delante de Ti.
Tú has dicho que soy Tu hijo, y aunque el enemigo intente sembrar dudas, hoy decido creer Tu Palabra por encima de toda mentira.
Dame un corazón firme y una mente renovada. Enséñame a responder como Jesús, con un «Escrito está», y a sostenerme en la verdad cuando la voz del enemigo quiera debilitarme.
Guárdame de buscar satisfacción fuera de Ti. Que mi identidad no dependa de mis circunstancias, de mi desempeño o de lo que otros dicen de mí, sino solo de lo que Tú has declarado.
Hoy me aferro a Ti, Señor. Lléname de Tu Espíritu, fortaléceme en la fe y enséñame a caminar como un verdadero hijo de Dios. En el nombre de Jesús, amén.




