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Argentina y la crisis silenciosa de los nacimientos: Un escrito de Jael Ojuel

“La crisis de natalidad no habla solamente de números: habla del futuro de una generación”.

Hay silencios que hacen más ruido que cualquier estadística. No aparecen en los titulares todos los días. No generan debates encendidos en las redes sociales. No provocan marchas multitudinarias. Sin embargo, están transformando el futuro de nuestro país delante de nuestros ojos. Son las cunas vacías.

Mientras gran parte de la sociedad discute inflación, política, inseguridad o economía, una realidad avanza silenciosamente: cada año nacen menos argentinos.

Las maternidades reciben menos bebés. Las salas de neonatología observan menos nacimientos. Las estadísticas registran una caída que hace apenas algunos años parecía impensada. En 2014 nacieron cerca de 777.000 niños en Argentina. Diez años después, la cifra cayó a poco más de 413.000. En apenas una década, desaparecieron casi la mitad de los nacimientos.

La pregunta es inevitable. ¿Qué le está ocurriendo a una sociedad cuando deja de nacer?

Como médica ginecóloga y obstetra, llevo años acompañando uno de los momentos más extraordinarios de la experiencia humana: el instante en que una nueva vida llega al mundo. He visto lágrimas de emoción, abrazos inolvidables y familias enteras transformadas por el llanto de un recién nacido.

Por eso me cuesta mirar estas cifras como si fueran solamente datos demográficos. Detrás de cada número hay una historia que nunca comenzó, una habitación que nunca fue preparada, una cuna que quedó vacía.

Quizás la pregunta sea otra. ¿Qué pasó con nuestra esperanza? Los hijos siempre fueron una declaración de fe en el futuro. Cada nacimiento es un acto de confianza. Nadie trae un hijo al mundo pensando en ayer. Los hijos siempre hablan de mañana.

Y cuando una sociedad comienza a dejar de proyectar hijos, inevitablemente debemos preguntarnos qué está ocurriendo con su capacidad de creer en el futuro.

Las cunas vacías cuentan una historia que las estadísticas por sí solas no pueden explicar.

Porque cuando una nación comienza a registrar menos nacimientos durante años consecutivos, la discusión deja de ser exclusivamente económica o demográfica. Se convierte también en una conversación sobre identidad, valores y visión de futuro.

Durante gran parte de la historia, los hijos fueron vistos como una bendición, una continuidad generacional y una fuente de esperanza. Sin embargo, en las últimas décadas algo comenzó a cambiar. Lentamente, casi sin darnos cuenta, apareció una narrativa diferente.

En muchos ámbitos culturales, la maternidad y la paternidad dejaron de presentarse como una de las expresiones más profundas del desarrollo humano para ser percibidas, con frecuencia, como una limitación para los proyectos personales. El hijo pasó de ser considerado una bendición a ser visto, muchas veces, como un costo, una interrupción o un obstáculo para la realización individual.

No ocurre en todos los casos, por supuesto. Pero sería difícil negar que existe un cambio cultural profundo en la manera en que nuestra sociedad habla acerca de la familia, la maternidad y los hijos. Las culturas se construyen a partir de aquello que celebran y también de aquello que desvalorizan. Quizás una de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo sea esta: ¿seguimos considerando a los hijos una bendición o comenzamos a percibirlos como un problema?

A este escenario se suma otro elemento imposible de ignorar. En los últimos años, Argentina experimentó transformaciones legislativas significativas respecto del embarazo y la protección de la vida humana. La caída de la natalidad es un fenómeno complejo y multicausal. Sería incorrecto atribuirla exclusivamente a la legalización del aborto. Pero también sería intelectualmente deshonesto actuar como si una legislación que permite interrumpir embarazos no tuviera ningún efecto sobre la cantidad de nacimientos que ocurren en un país.

La verdadera pregunta es otra: ¿qué clase de futuro estamos imaginando?

Porque los hijos siempre hablan del mañana. Cada nacimiento es una declaración silenciosa que dice: «Creo que el futuro vale la pena». Cada niño que llega al mundo representa esperanza, continuidad y la decisión de seguir construyendo. Desde nuestra mirada cristiana, los hijos no son solamente una decisión personal o una variable demográfica. La Escritura afirma: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre” (Salmo 127:3). Allí donde la cultura puede ver una carga, Dios sigue viendo una herencia y una bendición.

Por eso, una caída tan pronunciada de la natalidad debería llevarnos a reflexionar seriamente como sociedad. No solamente acerca de cuántos argentinos habrá dentro de treinta años, sino acerca de qué estamos enseñando sobre la vida, la familia, el amor, el compromiso y la esperanza. Las cunas vacías son más que un dato demográfico. Son un espejo.

Reflejan nuestras prioridades, nuestros temores y también aquello que valoramos y aquello que hemos dejado de valorar.

Porque donde hay esperanza, hay proyectos. Donde hay proyectos, hay familias. Y donde hay familias, hay futuro.

Tal vez el invierno demográfico que hoy atraviesa nuestra nación no sea solamente una advertencia sobre la cantidad de nacimientos. Tal vez sea una invitación a volver a preguntarnos qué lugar ocupa la vida en nuestra cultura y qué legado queremos dejar a las próximas generaciones. Porque una nación puede recuperarse de crisis económicas, políticas o institucionales. Pero cuando pierde la capacidad de creer en el futuro, corre el riesgo de perder algo mucho más valioso.

La convicción de que toda vida es un don, toda familia es una oportunidad y todo niño que nace sigue siendo una razón para tener esperanza.

Jael Ojuel
Jael Ojuel
Ginecóloga y Obstetra especialista en fertilidad. Pastora en Centro Cristiano Amor y Vida Directora del Equipo de Bioética de ACIERA. Evangelista de la Nueva Generación de Evangelistas de Fundación Palau. Directora de Profesionales Conciencia (profesionales que defienden los valores Cristianos a través de la profesión).

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