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Cuando estudiar Teología es una herramienta para predicar en un grupo de Whatsapp

En un momento de mi vida quedé a cargo del devocional diario de un grupo de WhatsApp integrado por personas de mi trabajo. Asumí ese compromiso sin siquiera pensar hacia dónde me conduciría.

Creía que era incapaz de hacerlo, pero no había otra persona dispuesta. Entonces pensé que, si no era yo, el grupo perdería la oportunidad de recibir la Palabra de vida.

Así que acepté el desafío y empecé a buscar en todos los recursos que tenía a mi alcance: comentarios bíblicos básicos, libros digitales y todo material que pudiera ayudarme. A medida que encontraba respuestas, mi hambre y mi sed por conocer más de las Escrituras crecían cada vez más.

Dentro de mí pensaba: «Ojalá pudiera volver a ser joven para hacer un seminario bíblico. Sé que eso es imposible, pero qué hermoso hubiera sido». Con un trabajo de tiempo completo —soy tripulante de cabina de pasajeros (mal llamado «azafata»)—, siendo madre de dos hijas hermosas que requieren de mi presencia, aquello parecía inalcanzable.

Sin siquiera orar específicamente por ese anhelo, porque nunca salía de mi boca y solo habitaba en mis pensamientos, Dios ya lo conocía. Como dice la Palabra: «Aun antes de que haya palabra en mi boca, he aquí, oh Señor, tú la sabes toda» (Salmos 139:4).

Sin planear absolutamente nada, un día respondí a una publicación de la Facultad de Teología Integral de Buenos Aires (FTIBA) para solicitar una entrevista.

Cuando estaba reunida con los directivos, me preguntaron:

—¿Cómo vas a hacer?

Respondí:

—Si es del Señor, aunque parezca imposible, lo haré.

Y así fue. Un día comencé a cursar pensando que no duraría mucho por mi trabajo y mis responsabilidades. Sin embargo, recordaba aquel pasaje en el que Jesús llama a poner la mirada en Él y no en las olas. Seguí caminando sobre el agua y, hoy, estoy terminando mi segundo año de la Maestría en Divinidad.

Cada día de clase es como estar frente a las Cataratas del Iguazú: mi hambre espiritual es tan grande que siento que nunca alcanzo a incorporar todo lo que recibo. Los profesores poseen una preparación y una sabiduría extraordinarias, y no quiero perderme ninguna de sus clases. Como siempre digo, me siento como una niña en una juguetería.

Cuando estudiaba sola, muchas veces pensaba: «Ojalá tuviera a alguien a quien preguntarle todas estas cosas». Ese sueño se cumplió en cada clase, donde un mar de preguntas encuentra respuesta en un océano de sabiduría que parece inagotable.

Este camino requiere mucho esfuerzo y dedicación. Lo vivo como la parábola del tesoro escondido. En Mateo 13:44, Jesús dice:

«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo halló lo volvió a esconder y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo».

Mi vida cambió por completo porque encontré ese tesoro: la Palabra de Dios. ¿Y por qué no dedicar mi vida a aquello que jamás pasará? En Mateo 24:35 leemos:

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán».

Qué mejor inversión que dedicar mi tiempo a aquello que permanece para siempre y que alimenta no solo mi vida, sino también la de todos aquellos con quienes comparto la Palabra.

Confieso que hubo muchos momentos en los que pensé que no podía más. Solo Dios sabe cuántas luchas y dificultades tuve que atravesar cada día para llegar a clase a tiempo. Muchas veces iba llorando porque, por más que me esforzaba, siempre aparecían nuevas adversidades que hacían parecer imposible continuar.

Pero era precisamente allí donde acudía al que da descanso y fortalece al que no tiene fuerzas. Él hacía posible una y otra vez aquello que para mí era imposible. Hasta hoy sigue haciéndolo, y sé que continuará haciéndolo.

El grupo de WhatsApp donde comparto diariamente un devocional está formado por personas cristianas y por otras que aún no lo son. Muchos me cuentan cuánto los bendicen esos mensajes, y sé que es el Señor quien habla a sus vidas. Su Espíritu Santo llega a lugares donde solo Él puede obrar.

Hoy miro hacia atrás y me parece imposible haber llegado hasta aquí con tantos desafíos, responsabilidades familiares, laborales y personales. Yo solo pongo mi pequeña parte: tiempo, esfuerzo y dedicación. El Señor hace todo lo demás.

Recuerdo las primeras semanas de cursada. Creía que no estaba preparada para recibir tanta enseñanza porque no tenía una base teológica sólida. Además, pensaba que no podría sostener el ritmo debido a la cantidad de vuelos que tenía asignados.

Un día vi mi programación mensual y pensé: «Me van a sacar de la facultad por todas las clases que voy a faltar». Sin embargo, una vez más, yo hacía mi parte y Dios hacía la suya. Al revisar el calendario académico descubrí que, justamente en esas fechas, había semanas de lectura o receso. ¡Cuántas veces lloré de alegría al ver la mano de Dios en cada detalle! Todo es por gracia. Todo es posible cuando Él ocupa el primer lugar.

También recuerdo mi primera prédica. ¡Qué nervios! Me fui al baño a orar y le pedí al Señor que no me permitiera hacer un papelón. Y, como siempre, Él obró. Porque es fiel y siempre lo será.

A lo largo de estos semestres, mientras sigo buceando en el océano inagotable de las Escrituras, comprendo que siempre hay algo nuevo por conocer. Nunca se termina de aprender. Al mismo tiempo, Dios trabaja en mi vida como un escultor sobre la piedra, puliéndome y moldeándome, así como también transforma la vida de quienes me rodean.

Es un honor y un privilegio formar parte de la Facultad de Teología Integral de Buenos Aires, no solo por la bendición de aprender cada día más de la Palabra de Dios, sino también porque encontré una gran familia en Cristo. Un cuerpo donde, a pesar de nuestras diferentes denominaciones y perspectivas, todos somos enriquecidos mientras Cristo permanece como la Cabeza.

Las clases de Formación Espiritual son tan importantes como cualquiera de las demás materias, porque impactan profundamente la vida de cada alumno. En lo personal, mi vida ha sido transformada en cada una de ellas.

Estoy profundamente agradecida. Siento que estas palabras no alcanzan para expresar la magnitud de todo lo que Dios ha hecho.

Silvina Sancho

Estudiante de tercer año de la Maestría en Divinidad en la Facultad de Teología Integral de Buenos Aires. Tripulante de cabina de pasajeros, licenciada en Nutrición, madre de dos hijas y, por sobre todas las cosas, hija del Padre y sierva de Cristo.

FTIBA
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La Facultad Teológica Integral de Buenos Aires es una institución inter-denominacional que nace de la Red de Sembradores y tiene el propósito de formar ministros y líderes laicos con la mayor exigencia académica, teológica y bíblica. Actualmente, es la única institución académica en Argentina que provee una Maestría en Divinidad.

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