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El león que aprendió a rugir: cómo destruir las creencias que nos impiden vivir el propósito de Dios

Todos tenemos una historia. Un conjunto de experiencias, palabras, heridas y recuerdos que fueron moldeando la forma en que nos vemos a nosotros mismos. Muchas veces, sin darnos cuenta, esas voces terminan teniendo más peso que la voz de Dios.

Algunos crecieron escuchando que nunca serían suficientes. Otros aprendieron a vivir con miedo al fracaso, al rechazo o a la escasez. Con el paso de los años, esas ideas dejan de parecer simples opiniones y comienzan a convertirse en convicciones profundas que condicionan cada decisión.

En el capítulo “Destruye tus propias creencias limitantes” del libro El ingrediente que falta, Ron McIntosh plantea una pregunta que vale la pena hacernos: ¿por qué creemos lo que creemos?

El autor sostiene que gran parte de nuestra vida está gobernada por pensamientos que fueron sembrados mucho antes de que pudiéramos analizarlos críticamente. Por eso afirma: “El diseño de tu vida es, más que nada, la programación que recibiste en tu pasado a través de tus experiencias”.

La reflexión resulta incómoda, pero necesaria. Porque muchas veces intentamos cambiar nuestras acciones sin examinar las creencias que las producen.

Cuando el pasado se convierte en una prisión

McIntosh relata la historia de una mujer que, después de sufrir un accidente automovilístico, perdió completamente la memoria. Lo sorprendente no fue únicamente la amnesia, sino la transformación que experimentó posteriormente.

Aquella mujer había crecido en un ambiente de críticas, inferioridad y baja autoestima. Sin embargo, al perder los recuerdos que alimentaban esa imagen negativa, comenzó a verse de manera diferente. Con el tiempo se convirtió en una persona segura, positiva y capaz.

La historia sirve como una poderosa ilustración de una realidad espiritual: muchas personas siguen viviendo atadas a recuerdos que Dios ya no utiliza para definirlas.

Mientras el Evangelio habla de una nueva creación, muchos creyentes continúan interpretando su identidad a partir de viejas heridas.

La consecuencia es que terminan limitando lo que Dios quiere hacer en sus vidas.

El problema no siempre es lo que vemos

Una de las frases más impactantes del capítulo aparece cuando el autor escribe: “Porque lo que ves, es lo que ya crees”.

La afirmación explica por qué dos personas pueden atravesar circunstancias similares y reaccionar de maneras completamente distintas. Mientras una ve oportunidades, la otra ve amenazas. Mientras una avanza, la otra retrocede. Mientras una espera provisión, la otra anticipa escasez.

No se trata solamente de personalidad. Muchas veces se trata de creencias profundamente arraigadas. Por eso el autor recuerda otra verdad fundamental: “Puedes creer lo que tu entorno te dice o creer lo que dice la Palabra de Dios”.

Esa tensión aparece constantemente en la vida cristiana. El mundo dice que nuestro valor depende de nuestros resultados. Dios dice que somos amados antes de demostrar nada. El mundo dice que debemos ganar aceptación. Dios dice que ya fuimos aceptados en Cristo. El mundo dice que somos la suma de nuestros errores. Dios dice que somos una nueva creación.

El león que creía ser oveja

Probablemente la ilustración más poderosa del capítulo sea la historia del león criado entre ovejas.

Aunque tenía la naturaleza de un león, pasó años comportándose como una oveja porque era lo único que conocía. Su entorno había moldeado su percepción de sí mismo.

Hasta que un día encontró a otro león.

Aquel encuentro cambió todo. Por primera vez vio quién era realmente. La historia funciona como una metáfora del Evangelio. Muchos creyentes viven por debajo de la identidad que Dios les dio porque continúan interpretándose a partir de las voces equivocadas.

Han sido llamados hijos, pero viven como huérfanos. Han sido llamados libres, pero siguen pensando como esclavos. Han sido llamados vencedores, pero continúan actuando desde el temor.

McIntosh resume esta realidad con una frase contundente: “Muchos de nosotros fuimos diseñados para el éxito, pero programados para el fracaso”. La buena noticia es que la programación puede cambiar.

Cinco voces que moldean nuestra identidad

Según el autor, nuestras creencias suelen construirse a partir de cinco fuentes principales: el entorno social, las figuras de autoridad, la autoimagen, la información repetitiva y las experiencias. Cada una de ellas tiene el potencial de acercarnos a la verdad o alejarnos de ella.

Una palabra de un padre. Una crítica de un maestro. Una experiencia traumática. Un fracaso. Una mentira repetida durante años. Todo eso puede convertirse en un filtro a través del cual interpretamos nuestra realidad.

Por eso McIntosh advierte: “No puedes cambiar un hábito si no cambias tu imagen. No puedes ir más allá de la forma en que te ves a ti mismo en tu corazón”.

La transformación genuina no comienza cuando cambian las circunstancias. Comienza cuando cambia la identidad.

Lo que Dios dice tiene la última palabra

Uno de los aspectos más esperanzadores del capítulo es que no termina describiendo el problema, sino ofreciendo una salida. El autor invita a identificar las creencias limitantes, separarse de ellas y reemplazarlas con la verdad de Dios.

En otras palabras, el objetivo no es ignorar el pasado, sino impedir que siga gobernando el presente. La Escritura está llena de ejemplos de personas que tuvieron que romper con etiquetas impuestas por otros.

Moisés se veía incapaz. Gedeón se consideraba insignificante. Jeremías pensaba que era demasiado joven. Pedro cargaba el peso de sus fracasos. Sin embargo, Dios los llamó según su propósito y no según sus limitaciones. La pregunta es si nosotros estamos dispuestos a hacer lo mismo.

Recordar quiénes somos

Hacia el final del capítulo, McIntosh deja una afirmación que resume toda la enseñanza: “Recuerda: tus creencias limitantes representan quién fuiste, no quién eres”.

Quizás allí se encuentre una de las mayores batallas de la vida cristiana. No aprender algo nuevo. Sino recordar lo que Dios ya dijo acerca de nosotros. Recordar que somos hijos. Recordar que somos amados. Recordar que fuimos perdonados. Recordar que tenemos propósito. Recordar que Cristo nos hizo nuevas criaturas.

Tal vez hoy haya áreas de nuestra vida donde seguimos viviendo como ovejas cuando Dios nos creó para rugir como leones.

Quizás sea tiempo de dejar atrás las voces que nos definieron durante años y comenzar a escuchar la voz del Padre.

Porque cuando la verdad de Dios ocupa el lugar de nuestras viejas creencias, dejamos de vivir según nuestras limitaciones y comenzamos a caminar conforme a nuestra verdadera identidad.

Título: El ingrediente que falta

Autor: Ron McIntosh
Año: 2025
Páginas: 304

Redacción
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