Hay una diferencia enorme entre decir que tenemos fe y vivir desde ella. Podemos conocer versículos, repetir declaraciones, cantar canciones sobre confianza y aun así descubrir, cuando llega la crisis, que nuestro corazón sigue gobernado por aquello que tenemos delante de los ojos.
Ron McIntosh plantea una idea provocadora en El ingrediente que falta: “El producto final de las creencias del corazón es una fe inquebrantable”. La pregunta, entonces, no es solamente qué decimos creer, sino qué está realmente arraigado en nuestro corazón.
Porque tarde o temprano, la vida pone nuestras creencias a prueba.
La fe no empieza en nosotros
Uno de los errores más comunes al hablar de fe es convertirla en una especie de fuerza personal. Como si todo dependiera de cuánto creemos, cuánto nos esforzamos o qué tan fuertes conseguimos sentirnos.
Pero McIntosh lo plantea de otra manera: “No se trata de mí o de ti; se trata de Él”.
Esta afirmación cambia completamente la perspectiva. La fe cristiana no descansa en la capacidad que tenemos para producir algo extraordinario dentro de nosotros mismos. Descansa en el carácter de Dios, en su fidelidad y en la obra que Cristo ya realizó.
Por eso el autor afirma: “Mi fe no está basada en mi propia fe, sino en la gracia de Dios”.
Y quizás ahí esté una de las claves que más necesitamos recuperar. La fe no consiste en convencernos de que somos fuertes. Consiste en conocer cada vez más profundamente aquel en quien hemos puesto nuestra confianza.
McIntosh lo resume así: “La fe es confiar en el carácter y la motivación de Dios”.
Si Dios es verdadero, si Dios es fiel y si su motivación hacia nosotros es el amor, entonces la pregunta deja de ser “¿seré capaz de creer lo suficiente?” y comienza a ser otra: ¿puedo confiar en Él incluso cuando todavía no veo lo que espero?
Cuando la realidad visible parece tener la última palabra
Hebreos 11:1 habla de la fe como confianza en lo que esperamos y certeza de lo que no vemos. Y justamente ahí aparece una de las tensiones más profundas de la vida cristiana: lo visible y lo invisible pueden parecer contar dos historias diferentes.
El diagnóstico dice una cosa.
La situación económica dice otra.
Las circunstancias dicen otra.
Nuestros propios pensamientos pueden decir otra.
Entonces, ¿qué hacemos? McIntosh escribe: “La evidencia de lo que se ve compite con la evidencia de lo que no”.
La frase merece detenerse un momento.
Porque todos vivimos rodeados de evidencia. Vemos puertas que se cierran, problemas que permanecen, relaciones que se rompen, enfermedades que aparecen, proyectos que fracasan. No se trata de negar esas cosas. El propio capítulo aclara: “No necesitamos negar el mundo físico para reconocer el mundo espiritual”.
La fe no consiste en fingir que el problema no existe. Consiste en reconocer que el problema no es la única realidad que existe.
Por eso McIntosh afirma algo todavía más contundente: “La fe no es fingir hasta lograrlo; sino ver lo que es real, aunque no se vea”.
Eso es radicalmente distinto de negar la realidad. La fe cristiana no necesita cerrar los ojos frente al dolor. Puede mirar de frente las circunstancias y, aun así, declarar que Dios sigue siendo Dios.
¿Dónde está puesto nuestro enfoque?
El capítulo utiliza la historia de los doce espías de Números 13 para explicar esta tensión.
Los doce vieron la misma tierra. Vieron los mismos gigantes. Vieron las mismas ciudades fortificadas. Pero diez regresaron dominados por aquello que habían visto, mientras Josué y Caleb fueron capaces de mirar esas mismas circunstancias a la luz de la promesa de Dios.
No tenían información diferente. Tenían un enfoque diferente. McIntosh escribe: “Puedes elegir si te concentras en el problema o en la promesa, es decir, en la evidencia”.
Y esto nos confronta.
Porque aquello a lo que prestamos atención constantemente termina ocupando un lugar desproporcionado dentro de nosotros. Si nuestra mirada permanece fija en el miedo, el miedo comienza a interpretar nuestra realidad. Si nuestra mirada permanece fija en Cristo, empezamos a interpretar nuestra realidad desde Él.
Por eso el autor dice: “Solo puedes concentrarte en una cosa a la vez; si cambias tu enfoque, cambias tu dirección”.
No significa ignorar lo que sucede. Significa decidir desde dónde vamos a interpretar lo que sucede.
Una fe que no depende de sentirnos invencibles
Quizás uno de los puntos más interesantes del capítulo sea la historia de Abraham. McIntosh recuerda que Abraham no fue presentado en las Escrituras como alguien que nunca tuvo dudas, errores o momentos de debilidad. Se equivocó. Tomó decisiones cuestionables. Intentó resolver por sus propios medios aquello que Dios había prometido.
Y, sin embargo, terminó siendo descrito como alguien plenamente convencido de la promesa.
¿Cómo?
El autor responde: “Dios lo ayudó a reunir evidencia hasta que la verdad se arraigó en su corazón”. Esto nos permite entender la fe no solamente como un instante de inspiración, sino también como un proceso de formación del corazón.
Abraham necesitó recordar la promesa. Necesitó mirar las estrellas. Necesitó caminar. Necesitó esperar. Necesitó atravesar circunstancias que parecían contradecir lo que Dios había dicho.
La fe no siempre elimina inmediatamente la tensión entre lo que Dios prometió y lo que nuestros ojos están viendo. A veces, la fe nos enseña a permanecer en medio de esa tensión sin abandonar a Dios.
El objetivo no es la obediencia: es la relación
Hay una frase del capítulo que, quizás, merece ser subrayada especialmente: “El propósito de la fe no es la obediencia, eso solo es el resultado secundario, el fruto principal es la relación”.
Esto toca una fibra muy profunda del cristianismo. Porque podemos convertir incluso nuestra relación con Dios en una lista de tareas: orar más, leer más, servir más, hacer más, obedecer más.
Y, sin darnos cuenta, podemos terminar viviendo como si Dios estuviera esperando que finalmente hagamos suficientes cosas para merecer su respuesta.
Pero el Evangelio anuncia otra cosa. Cristo ya hizo la obra que nosotros jamás podríamos hacer.
Por eso McIntosh insiste en que la fe no consiste en intentar convencer a Dios para que haga algo que todavía no quiere hacer. Su planteo es que “en el nuevo, la obra ya está hecha por medio de Jesucristo, así que solo reafirmamos lo que Él ya ha provisto para nosotros”.
La fe, entonces, no nace de nuestra desesperación por conseguir que Dios se mueva.
Nace de nuestra confianza en el Dios que ya se acercó a nosotros en Cristo. Y cuando la relación es el centro, la pregunta cambia. Ya no es solamente: “Dios, ¿por qué no hiciste esto?”. Puede convertirse en: “Señor, ¿qué hacemos con esto?” McIntosh observa que lo primero genera duda; lo segundo, fe.
Ver con los ojos del corazón
Hay una escena bíblica que resume maravillosamente esta idea. El siervo de Eliseo mira la ciudad y ve un ejército enemigo rodeándolos. Su conclusión es inmediata:
“¡Estamos rodeados!”
Eliseo responde:
“No tengas miedo (…). Los que están con nosotros son más que ellos”.
El problema es que el siervo no podía verlo.
Entonces Eliseo ora: “Señor, ábrele a Guiezi los ojos para que vea”.
Y cuando sus ojos son abiertos, descubre que la montaña estaba llena de caballos y carros de fuego. Los carros no aparecieron en ese momento.
Ya estaban allí.
McIntosh lo expresa así: “La provisión de Dios ya estaba allí”.
Qué poderosa imagen para nuestra propia vida. Hay momentos en los que nuestra oración parece ser: “Dios, hacé algo”. Pero quizás, en algunas circunstancias, la oración que necesitamos hacer sea: “Dios, abrime los ojos para reconocer lo que ya hiciste”.
No porque nuestros problemas sean imaginarios. No porque el dolor no sea real. No porque todo vaya a resolverse exactamente como queremos. Sino porque lo visible nunca tuvo la última palabra.
La fe que permanece cuando llega la crisis
Por eso la fe no se construye únicamente el día que llega la tormenta. Se construye antes.
McIntosh escribe: “Es fundamental practicar cada día lo invisible, porque vas a creer en aquello de lo que tengas más evidencia”. La pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿De qué estás reuniendo evidencia todos los días? ¿Del poder de tu problema o de la fidelidad de Dios? ¿De tus limitaciones o de la gracia? ¿De aquello que todavía no ocurrió o de aquello que Cristo ya consumó? ¿De lo que dicen tus circunstancias o de lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo?
Porque aquello que alimentamos continuamente termina formando nuestro corazón.
Y cuando llega la crisis, no solemos inventar una fe nueva. Manifestamos aquello que ya estaba siendo formado dentro de nosotros. Por eso el capítulo termina con una secuencia sencilla y desafiante:
“Confiar > Confesar > Afirmar el corazón > Alinearse y orar > Recibir.”
La fe, entonces, no es una frase que pronunciamos para obligar a Dios a cumplir nuestros deseos. Es una vida que aprende a confiar en Él, a afirmar el corazón en su verdad y a caminar desde aquello que Cristo ya hizo.
Porque quizá el verdadero desafío de la fe no sea conseguir que Dios haga algo. Quizás sea aprender a vivir convencidos de que Él sigue siendo digno de nuestra confianza incluso antes de que nuestros ojos puedan ver el resultado.
Y cuando lo invisible se vuelve más real para nosotros que lo visible, algo cambia. No necesariamente cambia primero la circunstancia.
Cambiamos nosotros frente a la circunstancia. Y ahí comienza una fe que no se quiebra.

Título: El ingrediente que falta
Autor: Ron McIntosh
Año: 2025
Páginas: 304





