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Hambre real Vs. hambre emocional

Autoras: Mayra Djimondian (@mayradji) y María José Amiunes (@nutrioamiunes)

Algunas mujeres callan lo que sienten y otras “lo comen”. Especialmente en tiempos de pandemia, cuando las emociones están a flor de piel, el estrés que provocan los cambios constantes y la incertidumbre pueden desembocar en “hambre emocional”.

Para el desarrollo de una vida saludable desde una perspectiva integral, no podemos permitirnos ignorar, tapar o negar las emociones como si fueran un arma nociva que impide nuestro desarrollo espiritual.  Elegir reconocerlas, comprenderlas y aprender a gestionarlas es una decisión inteligente. En este aprendizaje, además de identificarlas y ponerles nombre, es preciso mirar hacia adentro para detectar cómo nos posicionamos ante ellas, si nos dominan, si nos superan, si necesitamos ayuda para encausarlas a nuestro favor.

Hay mujeres que callan lo que sienten, otras que lo expresan a voz en cuello, otras que trabajan en su autorregulación interna; como sea, cada una de nosotras va aprendiendo a gestionar las emociones -o no- de diversas formas, y también hay mujeres que “se comen lo que sienten”.

Esto puede darse en el hecho de no expresar los sentimientos o de guardarnos las cosas, sin embargo, llega un punto en el que, como dice una frase que me encanta: “lo que las emociones callan, el cuerpo lo grita”.

Pero también, “comer lo que sentimos” se da de forma literal, cuando la comida cumple un papel central en un intento de regulación emocional, cuando se convierte en un aparente aliado que nos ayuda a sentirnos bien frente a alguna situación, por ejemplo, cuando mediante la alimentación buscamos llenar un vacío o confrontar estados anímicos como la frustración, los nervios, el estrés. Comer por ansiedad. Comer, aunque estemos llenas. Comer si nos sentimos solas. Comer para no pensar. Comer por aburrimiento. Comer como una vía de escape, comer para distraernos de lo que sentimos, y la lista podría continuar.

Generalmente, cuando comemos por emoción, no nos estamos permitiendo ponerle nombre a lo que sentimos, y en lugar de enfrentarlo o gestionarlo, inconscientemente lo tapamos con alimentos.

Mayra Djimondian

Esto nos provoca placer o satisfacción temporal, sin embargo, esas emociones no gestionadas siguen allí, continúan condicionándonos.  A diferencia del hambre física, que se activa para satisfacer las necesidades energéticas del organismo, que aparece gradualmente y al suplirlo sentimos saciedad, el hambre emocional suele comenzar de repente, comemos sin pensar, en “piloto automático”.

Esa hambre emocional no busca saciarse únicamente mediante la comida. Hay personas que intentan sentirse satisfechas y plenas poniendo como centro de sus vidas, por ejemplo, el trabajo, el dinero, comprando o acumulando cosas, buscando paz por medios que, a la larga, no llenan.

Cuando no prestamos atención a cuestiones como las que se describen, algunas de las consecuencias derivan en un déficit de nuestra salud a nivel integral, por ejemplo: exceso de peso, colesterol alto, inestabilidad emocional, pensamientos de derrota y fracaso, culpa, vergüenza, baja autoestima, etc.

La Biblia relata el encuentro de Jesús con una mujer samaritana, una mujer que tenía “hambre emocional”, se sentía vacía e insatisfecha, se había casado cinco veces sin éxito y ya en la sexta oportunidad, había desistido del matrimonio, por lo que eligió convivir sin estar casada, con todo lo que ello significaba hace dos mil años en ese contexto sociocultural.

En este impactante relato de Juan 4, Jesús le dice: “el que tome de esta agua volverá a tener sed, pero el que tome del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás”. ¡Es que Su presencia nos sacia! ¡Su amor incondicional nos satisface! ¡Un encuentro poderoso con Jesús puede transformar el hambre emocional en plenitud de vida!

¿Y en la práctica cómo podemos diferenciar hambre física de hambre emocional? ¿Qué podemos hacer para autoliderarnos en este sentido?

Te comparto algunos consejos de la licenciada María José Amiunes:

Como nutricionista me parece clave que podamos aprender a identificar qué es el hambre emocional y qué es el hambre real. De esta forma, vamos a tener conocimiento, mayor poder y dominio en nuestras siguientes decisiones.

El hambre real tiene como característica que aparece de a poco, después de comer logras quedar satisfecha, es un hambre que puede esperar y algo importante es que puede ser cualquier alimento el que lo sacie.

En cambio, el hambre emocional aparece de repente, se sigue comiendo aun estando satisfecha, no puede esperar para ser saciado, por lo tanto, se debe comer enseguida y es un alimento específico, generalmente alguna fuente de grasa, sal y azúcar, ya que para nuestro sistema nervioso esta combinación de ingredientes genera placer y calma.

Quiero dejarte herramientas nutricionales para vencer estas situaciones:

  • 1. Comé y elegí comer de manera consciente, estando presente en cuerpo y mente en ese momento. Pensá y preguntate si es hambre o no.
  • 2. Prepará un ambiente saludable en casa. Es muy difícil no querer picotear cuando hay muchas opciones tentadoras cerca.
  • 3. ¡Fruta visible! Si la fruta está en la heladera, nos olvidamos que existe, entonces dejala lavada, lista para su consumo y al alcance de tus ojos.
  • 4. Trabajá tus emociones ¡claro que sí! Esto se puede y se debe hacer, querida mujer. Si ves que tu hambre no es fisiológica, sino más bien por aburrimiento o algún problema sin resolver, no tapes con comida lo que se debe sanar de otra manera.
  • 5. Incluí a Dios en esta área si te sentís identificada, Él se interesa por cada aspecto de nosotras y está dispuesto a brindarnos su atención y su ayuda.

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