“Hágase tu voluntad”
Hay formas de martirio que no dejan sangre sobre el suelo, pero sí marcas profundas en el alma. No aparecen en los libros de historia ni despiertan admiración pública. Son silenciosas. Invisibles. Cotidianas. Y, quizás por eso, más difíciles.
En el capítulo “El perdón” de El Abrazo de Abba, Brennan Manning conecta el perdón con una de las frases más repetidas y menos comprendidas del cristianismo: “Hágase tu voluntad”. No como una resignación espiritual ni como una fórmula religiosa, sino como un camino doloroso hacia la reconciliación.
“La voluntad de nuestro Padre celestial es que perdonemos de la misma manera en que somos perdonados”, escribe Manning. Y ahí aparece la primera incomodidad del Evangelio: queremos recibir misericordia sin convertirnos en personas misericordiosas. Nos emociona el perdón de Dios sobre nuestra vida, pero nos cuesta extender esa gracia hacia quienes nos hirieron.
La verdadera señal del Espíritu
Amar cuando sería más fácil endurecerse
Muchas veces reducimos la espiritualidad a experiencias visibles o extraordinarias. Pero Manning desarma esa idea con una frase profundamente desafiante.
“La única señal que conozco que dio Jesús respecto de que una persona fue llena por el Espíritu Santo”, escribe, está en Mateo 5: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen”.
La evidencia del Espíritu no es solamente el carisma visible; es la capacidad sobrenatural de amar cuando sería más fácil endurecerse. El verdadero milagro no siempre ocurre en una plataforma, sino en el interior de un corazón herido que decide no devolver odio.
Porque perdonar no es un acto sentimental. Tampoco significa negar el dolor. Perdonar es cargar la herida sin transformarla en identidad. Es negarse a construir la vida alrededor del resentimiento.
El perdón hacia uno mismo
La misericordia que también nos incluye
Hay una escena profundamente humana en el capítulo: Manning cuenta cómo un sacerdote quebrado por años de pecado y autodestrucción se le acercó en un aeropuerto para confesarse.
Después de escuchar su historia, Brennan lo abrazó y le dijo: “Él ve su corazón y lo comprende. Le perdona todos sus pecados. Siéntase en paz y no vuelva a pecar”.
Pero la verdadera revelación llega después.
Ya sentado en el avión, se pregunta a sí mismo: “Brennan, ¿harías por ti lo que acabas de hacer por tu hermano?”.
Tal vez una de las formas más profundas de orgullo espiritual sea creer que Dios puede perdonar a todos menos a nosotros mismos.
Por eso la frase de Francis MacNutt golpea tan fuerte: “Odiarse a uno mismo es pecado”. Porque el rechazo personal también puede convertirse en idolatría: una obsesión constante con nuestras miserias, nuestros errores y nuestra indignidad.
Cuando toda nuestra atención está puesta en nuestra propia ruina, dejamos de ver el dolor ajeno. Y, paradójicamente, el egocentrismo puede disfrazarse de falsa humildad.
El perdón hacia otros y hacia uno mismo nacen del mismo lugar: la experiencia real de haber sido abrazados por Dios.
El perdón como martirio
Morir al resentimiento
Manning va todavía más lejos cuando relaciona la frase “Hágase tu voluntad” con el martirio. Explica que en el Nuevo Testamento esa expresión aparece en contextos de entrega total: Jesús en Getsemaní, Jesús en la cruz, Pablo camino al sufrimiento.
Y entonces la idea del perdón deja de ser romántica.
Perdonar es morir.
Morir al derecho de devolver el golpe. Morir a la necesidad de tener razón. Morir al placer secreto de alimentar viejos resentimientos. Morir al relato interno donde siempre somos las víctimas inocentes y los demás los culpables absolutos.
“Es más fácil morir por Cristo que vivir para Él”, escribe Manning. Y probablemente tenga razón.
Porque hay algo heroico en los grandes sacrificios visibles, pero muy poco reconocimiento en la obediencia diaria de amar al que nos decepcionó, bendecir al que nos lastimó y buscar reconciliación con quienes, como dice el autor, “me han rechazado, robado y arruinado”.
Ahí está el verdadero martirio del corazón.
“Señor, líbrame de mí mismo”
La confesión más honesta
El texto termina con una oración demoledora. Manning le pide a Dios que lo libre de las personas arrogantes, de quienes creen poseer toda la verdad, de quienes predican misericordia pero no la practican.
Hasta que finalmente reconoce: “Señor, líbrame de mí mismo. Yo también soy uno de ellos”.
Y quizás esa sea la confesión más honesta de todo el capítulo.
Porque el perdón comienza cuando dejamos de mirarnos como jueces espirituales. Cuando entendemos que todos necesitamos misericordia. Todos.
Los que fallaron y los que aparentan no fallar. Los heridos y los que hirieron. Los que se alejaron y los que todavía permanecen en la iglesia.
El Evangelio no se trata de personas impecables aprendiendo a condenar mejor. Se trata de pecadores aprendiendo a perdonar como fueron perdonados.
Y tal vez ahí, justamente ahí, empieza la voluntad de Dios.

Título: El abrazo de Abba
Autor: Brennan Manning
Año: 2015
Páginas: 207




