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El lado oscuro de la tormenta, cuando crees que estás sola

Una madre llamó pidiéndome oración por su adolescente recién intervenida quirúrgicamente.

Fue una cirugía que duró muchas horas y que cruzaba toda su espalda. La cicatriz que mostraba la foto era muy grande. Lo que me dijo la mamá se grabó en mi mente: “Esa es la parte visible. Porque el dolor y el miedo solamente ella los conoce”.

Siempre me he puesto a pensar en esa sensación de soledad que produce el saber que por más que empaticemos con alguien que sufre, de ese lado está solo. Es relativamente fácil decir “te entiendo” cuando la otra parte sufre y llora en silencio.

Aunque fue por mis dos maravillosos motivos, recuerdo la sensación de entrar a quirófano para mis cesáreas. Todos te acompañan hasta la puerta. Recuerdo la primera vez que me quedé desnuda en una camilla y pasaban médicos y enfermeros que eran más jóvenes que yo. Le dije a la doctora: “¿No me pueden tapar un poquito?” (tu dignidad humana en juego y vos sola de ese lado). Recuerdo que largó una carcajada y dijo en voz alta: “Ah, mirá ésta, qué pudorosa. Una vez operé en bombacha por el calor que hacía”. No me conformé con su declaración, seguí sintiendo vergüenza.

Otra vez la sensación de estar sola del otro lado

Es la misma sensación que he escuchado de boca de muchas mujeres cuando te cuentan cómo se sintieron después de un tratamiento de quimioterapia, o cuando se les cayó el primer mechón de pelo, o cuando salieron de su histerectomía y aunque después se sintieron bien, pensaron que un ciclo se había cerrado para siempre.

La tormenta tiene dos caras. Y la que ven nuestros familiares o nuestras amigas o hermanas en Cristo no es la misma que se ve desde adentro de nuestra alma. La perspectiva tiene mucho peso en nuestra forma de sentirnos.

Admiro a la gente súper positiva que siempre tiende a ver el medio vaso lleno, porque sencillamente yo no soy así. Mi tendencia absoluta es a ver lo peor del vaso. Vacío y seco. Y después sí, voy procesando todo lo bueno, lo positivo y alimentando mi fe.

No puedo evitar ser realista porque llevo años (muchos) escuchando gente que me cuenta lo peor de su vida, sus miserias, sus sufrimientos y sus vergüenzas. Y aunque parezca increíble, ése es mi rol. Escuchar. Tratar de escucharlos y llevar eso que escuché al plano de las posibilidades que siempre tenemos en Dios. 

Porque Dios es el que puede cambiar lo peor de nosotros en esperanza. Puede traducir todo lo negativo en un lenguaje de fe que nos deja sorprendidos ante el milagro. Puede hacer que una historia trágica se transforme en una historia de superación.

Y cuando te sientas así, amiga querida, como conté al principio, sola, completamente sola del otro lado de la tormenta, y veas su lado más oscuro, quiero que recuerdes que el Jesús en el que crees estuvo expuesto desnudo y solo en una cruz.

Quiero que traigas a tu mente la imagen de un cordero entregado, manso y humilde sin abrir su boca. Ese Jesús del cual Isaías había profetizado que por sus llagas seríamos nosotros curados y el precio de nuestra paz iba a ser sobré El. Sometido a la humillación pública y sujeto al sufrimiento máximo, tu Salvador pasó y vio lo peor de todas las tormentas que como humanos nos pudiese tocar vivir. Y porque Él lo hizo, podremos nosotros.

Nunca estamos solas de este lado. Jamás. Ni lo dudes. Él sigue confortando, sanando, restaurando, alentando, salvando y acompañando de una manera única y especial.

Solo debemos creer. Creer con todo el corazón hasta que se abra la puerta que nos conecta a su maravillosa presencia y el mismo Espíritu que vivificó a Cristo de entre los muertos vivifique también nuestros cuerpos mortales.

Te aliento con estas palabras. Compárteselas a alguien más para que corran como un río.

Te abrazo en Cristo.

Vanesa de Cairus
Junto a su esposo Román fundaron CCO (Centro Cristiano del Oeste) en General Rodríguez, Argentina, iglesia que pastorean desde hace 16 años. Profesora y Coach, disfruta escribir y enseñar motivando a las personas a desarrollarse integralmente para que puedan alcanzar y cumplir su propósito en Cristo.

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