Hace diez años, una visita inesperada a una comunidad escondida en la selva misionera cambió para siempre el rumbo de un pastor bonaerense. Hoy, junto a voluntarios de distintas iglesias, recorre comunidades guaraníes llevando alimento, Biblias y, sobre todo, el mensaje de Jesucristo.
Escondidas entre la vegetación de la selva misionera, lejos de los grandes centros urbanos y muchas veces invisibles para el resto del país, viven cientos de comunidades guaraníes. Allí, donde la pobreza, el aislamiento y la falta de oportunidades forman parte de la vida cotidiana, un grupo de cristianos decidió responder al llamado de Dios llevando algo que consideran aún más necesario que cualquier ayuda material: el Evangelio de Jesucristo.
Desde hace aproximadamente diez años, Alfredo Castiglione, un pastor de Vicente López viaja varias veces al año más de 1.200 kilómetros hasta la provincia de Misiones para visitar distintas aldeas ubicadas principalmente en la zona de San Ignacio, donde solamente en esa localidad existen alrededor de 14 comunidades guaraníes.
Actualmente se estima que en toda la provincia viven entre 250 y 300 comunidades, cada una organizada bajo la autoridad de un cacique, con sus propias costumbres, idioma y organización social.
Una misión que comienza escuchando
El trabajo nunca empieza predicando.
Primero hay que ser recibido. Después, aprender a compartir la vida.
Los equipos llegan con alimentos, organizan comidas comunitarias, juegan con los niños, escuchan historias y pasan largas horas conversando con las familias.
Los guaraníes valoran profundamente que alguien se tome el tiempo de permanecer con ellos.
«No existe para ellos el ‘estoy apurado’. Ellos valoran muchísimo que uno se quede a comer, a conversar y compartir. Esa confianza es la que después abre la puerta para hablar de Jesús», explica el misionero Alfredo.
Las jornadas suelen extenderse entre cinco y diez días. Durante ese tiempo visitan distintas comunidades, muchas de ellas ubicadas a varios kilómetros de caminos transitables, a las que solamente se puede acceder atravesando caminos de tierra, arroyos y monte.
Un pueblo con muchas necesidades
Las necesidades son visibles desde el primer momento.
Muchos niños caminan kilómetros para asistir a la escuela, otros abandonan sus estudios debido a la desnutrición, mientras que numerosas familias viven en viviendas construidas con barro y techos vegetales que no logran protegerlos de las lluvias.
Las enfermedades respiratorias, la falta de atención médica y las escasas posibilidades laborales forman parte de una realidad que pocas personas conocen.
Frente a ese panorama, los voluntarios llevan alimentos, ropa, útiles escolares, medicamentos y ayudan a construir pequeños espacios comunitarios donde las familias puedan cocinar o reunirse.
Sin embargo, para ellos la ayuda social nunca reemplaza el propósito principal.
«El Estado puede llevar comida. Las organizaciones pueden construir viviendas. Pero hay algo que solamente la Iglesia puede llevar: el mensaje de Jesucristo.»
Dice el pastor Alfredo Castiglione.
Una carga que nació en la selva
Todo comenzó casi por casualidad.
Hace alrededor de una década, durante un viaje por Misiones, el pastor decidió detenerse y entrar por primera vez a una comunidad guaraní. Lo que encontró allí cambió su manera de mirar esa realidad.
«Volví a Buenos Aires pensando solamente una cosa: ‘¿Qué puedo hacer?'», recuerda El pastor.
Aquella carga comenzó a compartirse primero en su programa radial, luego en redes sociales y finalmente con otros pastores y creyentes que aceptaron viajar para conocer personalmente la situación.
Así nació el llamado Proyecto Guaraní, una iniciativa sostenida completamente por voluntarios y donaciones que hoy moviliza iglesias de distintos lugares del país.
Cuando Dios sigue obrando aunque nadie lo vea
Entre las muchas historias vividas durante estos años, una ocupa un lugar especial. Hace varios años el equipo comenzó a trabajar en una comunidad llamada Tacuara. Allí encontraron interés por parte de algunas familias, pero el cacique de ese momento, afectado por problemas de alcohol, finalmente decidió prohibirles la entrada.
La obra parecía haber terminado. Sin embargo, Dios ya estaba escribiendo otra historia.
Tiempo después, el hijo del cacique se convirtió a Cristo mientras vivía en otra comunidad. Tras ser rechazado por su nueva fe, regresó a la tierra de su padre.
Con el paso del tiempo, el antiguo cacique enfermó y la comunidad eligió a su hijo como nuevo líder. Lo primero que hizo fue volver a llamar a los misioneros.
Hoy, aquel hombre que antes vivía lejos de Dios predica el Evangelio dentro de la misma comunidad donde años atrás se había cerrado la puerta para los cristianos.
Sus hijas cantan alabanzas, se realizan reuniones y el próximo objetivo es construir un templo para que la iglesia continúe creciendo.
«Donde una vez nos dijeron que no podíamos volver, hoy el mismo cacique nos invita a predicar a Jesucristo.»
Una invitación para toda la Iglesia
Aunque el proyecto continúa creciendo, el desafío sigue siendo enorme.
Actualmente solo una pequeña parte de las comunidades guaraníes recibe visitas periódicas de pastores o misioneros.
Por eso, el equipo invita a la Iglesia a involucrarse de distintas maneras: orando por las comunidades, colaborando con recursos económicos, donando alimentos, ropa, útiles escolares y Biblias, o incluso considerando el llamado misionero para servir de manera permanente en la región.
Porque, mientras cientos de comunidades permanecen ocultas entre la selva, también existen hombres y mujeres convencidos de que el Evangelio todavía tiene caminos por abrir, incluso allí donde durante años nadie imaginó que podría llegar.





