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La guerra global de hoy: ¿Qué podemos hacer?: Un extracto del libro “Los Generales de Dios: Los Mártires” de ROBERTS LIARDON

Mientras gran parte del mundo continúa con su rutina diaria, existe una realidad silenciosa que millones de personas viven todos los días. Una realidad que rara vez ocupa titulares, pero que sigue creciendo en distintas partes del planeta: la persecución contra los cristianos.

El libro Los Generales de Dios: Los Mártires, de Roberts Liardon, expone una verdad incómoda pero necesaria de recordar: seguir a Jesús todavía cuesta la vida en muchos lugares del mundo.

Y aunque desde este lado del continente pueda parecer algo lejano, la realidad es que hoy mismo hay creyentes que están siendo vigilados, amenazados, encarcelados o incluso asesinados simplemente por profesar su fe.

Una Iglesia enorme… pero no completamente libre

Actualmente, más de 2200 millones de personas se identifican como cristianas alrededor del mundo. El cristianismo continúa siendo una de las creencias más extendidas del planeta.

Sin embargo, detrás de ese número existe otra realidad mucho menos visible: millones de esos creyentes viven en países donde practicar su fe no es algo seguro.

En muchas regiones, asistir a una iglesia, tener una Biblia o hablar de Jesús públicamente puede convertirse en motivo de persecución.

Según distintos reportes internacionales, más del 76% de los cristianos viven en contextos donde existen restricciones, hostilidad social o limitaciones severas hacia la fe cristiana.

Y en al menos 139 países, la persecución ocurre de manera constante.

Cuando seguir a Cristo cuesta todo

«Hay lugares donde ser cristiano significa vivir ocultándose».

En North Korea, por ejemplo, poseer una Biblia puede llevar a una persona a campos de trabajo forzado o incluso a la ejecución.

En Afganistán, convertirse al cristianismo implica poner la vida en riesgo casi de inmediato. Las iglesias visibles prácticamente no existen y los creyentes deben reunirse en secreto.

En Pakistan, muchas familias cristianas viven bajo amenazas constantes, acusaciones falsas y ataques violentos.

Mientras tanto, en Nigeria, grupos extremistas han provocado miles de muertes en comunidades cristianas durante los últimos años.

Y aunque cada país tiene contextos distintos, todos reflejan algo en común: seguir a Jesús todavía tiene un costo enorme para millones de personas.

La fe que permanece aún bajo presión

Quizás una de las cosas más impactantes de esta realidad no es solamente el sufrimiento… sino la firmeza.

Muchos creyentes pierden:

  • vínculos familiares,
  • estabilidad económica,
  • trabajos,
  • libertad,
  • y en algunos casos hasta la vida.

Pero aun así continúan congregándose, orando y sosteniendo su fe. Eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué tan profunda es nuestra relación con Dios cuando vivimos en comodidad?

Porque mientras algunos esconden Biblias para sobrevivir, otros luchan por encontrar tiempo para abrirla.

Mientras algunos arriesgan todo por reunirse con otros creyentes, muchos hemos naturalizado algo que para millones sigue siendo un privilegio imposible.

La Iglesia perseguida no solo revela dolor. También revela convicción. Una fe que no depende de la comodidad, sino de la certeza.

No estamos desconectados

A veces la persecución cristiana se percibe como una noticia lejana, casi ajena. Pero la Biblia presenta a la Iglesia como un solo cuerpo. Y eso cambia completamente la perspectiva.

Cuando un creyente en cualquier parte del mundo sufre por causa de Cristo, no se trata simplemente de “otra noticia internacional”. Se trata de nuestros hermanos.

El apóstol Pablo escribió:

“Si un miembro sufre, todos sufren con él.”

Esa frase cobra otro peso cuando entendemos que hoy hay millones de cristianos atravesando situaciones extremas simplemente por mantener su fe.

¿Qué podemos hacer frente a esta realidad?

La respuesta no es solamente sentir tristeza o empatía momentánea.

También es actuar.

Orar

La oración sigue siendo una de las herramientas más poderosas que tiene la Iglesia. Pero muchas veces oramos de manera general, sin verdadera conciencia de lo que otros creyentes están viviendo.

Orar con intención implica:

  • informarse,
  • conocer historias,
  • cargar el dolor de otros,
  • y recordar que la Iglesia es global.

Informarnos

No podemos ayudar a una realidad que ignoramos. Leer testimonios, investigar, escuchar y comprender lo que sucede en distintos países también forma parte del compromiso cristiano. Porque cuando entendemos el costo que otros pagan por seguir a Jesús, nuestra propia fe también es confrontada.

Involucrarnos

Existen organizaciones como Open Doors —conocida en español como Puertas Abiertasque trabajan acompañando y fortaleciendo a cristianos perseguidos en más de 60 países.

Muchas veces ayudar empieza con algo simple:

  • compartir información,
  • apoyar ministerios,
  • donar,
  • o usar nuestra voz para visibilizar una realidad que el mundo muchas veces decide ignorar.

Una fe que también nos interpela

La historia de la Iglesia perseguida no solo habla de sufrimiento. También habla de una fe viva.

Una fe que sigue resistiendo aun cuando todo alrededor intenta apagarla. Y quizás ahí aparece la reflexión más profunda para nosotros: ¿qué estamos haciendo con la libertad que sí tenemos?

Porque mientras algunos creyentes arriesgan todo por seguir a Cristo, nosotros todavía tenemos la posibilidad de hablar, congregarnos, leer la Palabra y compartir nuestra fe sin escondernos.

La pregunta es: ¿qué hacemos con ese privilegio?

Redacción
Redacción
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