El nuevo presidente de la Unión de las Asambleas de Dios en Argentina compartió su historia, su visión para esta nueva etapa y el desafío urgente de volver a la esencia del Evangelio. En un contexto donde la Iglesia enfrenta desafíos espirituales, culturales y generacionales, su mensaje apunta a restaurar la oración, fortalecer el discipulado y recuperar las raíces pentecostales.
Un llamado pastoral nacido en la obediencia
Cuando Walter Serantes habla de su llamado pastoral, lo hace sin triunfalismos. Su historia no comienza con una aspiración ministerial, sino con obediencia.
“Nunca me definí pastor. Me definieron. Siempre entendí que era un servidor que tenía que cumplir una función”, recuerda.
Junto a su esposa, siendo muy jóvenes, invirtieron sus propios recursos para comprar un terreno donde comenzaba a crecer una obra. Esperaron que alguien fuera enviado a pastorear aquella iglesia naciente, pero ese día nunca llegó.
“Un día nos dijeron: ustedes son los pastores. Y ahí comenzó la gran tarea de tratar de hacer lo que tenía que hacer”.
Hoy esa congregación reúne a miles de personas y se ha convertido en una iglesia profundamente evangelística: entre 4.000 y 6.000 personas al año hacen públicamente su pacto de fe, con bautismos mensuales y cerca de 70 obras nacidas a partir de esa casa.

Un llamado inesperado a la presidencia de la UAD
Tras años de servicio institucional —como presidente en el área de evangelismo, secretario regional y 13 años como secretario nacional—, Serantes no buscaba ocupar la presidencia de la Unión de las Asambleas de Dios.
“Yo no aspiraba a este lugar. No era mi meta. Pero apareció mi nombre en la pantalla como presidente electo y entendí que era una asignación divina”.
Desde entonces, comenzó a trabajar sobre las bases que marcaron su vida ministerial y que hoy definen su agenda para la Iglesia en Argentina.
Volver a la oración: “La iglesia canta bien y ora poco”
Uno de los diagnósticos más fuertes que plantea el presidente de la UAD es la pérdida de la pasión por la oración en muchas congregaciones.
“La iglesia hoy canta bien y ora poco. Si no hay música, muchos no abren la boca. Hemos reemplazado la relación íntima con Dios por una experiencia colectiva”.
Para Serantes, el primer eje de esta etapa es restaurar la oración a nivel nacional, trabajando por regiones, distritos e iglesias, entendiendo que sin una vida de comunión profunda, no puede haber un verdadero cambio espiritual.

Evangelismo con discipulado: crecimiento integral
En su visión pastoral, el evangelismo y el discipulado no pueden caminar separados.
“No es correcto que alguien pase 30 años sentado en una iglesia sin descubrir su llamado”.
Su planteo es claro: cada creyente debe desarrollarse plenamente desde el inicio hasta el final de su vida cristiana, descubriendo su propósito y sirviendo activamente.
“La iglesia tiene que empezar a ser productiva desde el principio hasta el fin de la edad de una persona”.
Para él, el verdadero reconocimiento no está en la plataforma, sino en el fruto que permanece.
Volver a las raíces pentecostales
Recordando el origen del movimiento pentecostal —nacido en 1906 y llegado a la Argentina en 1917—, Serantes insiste en regresar a la esencia espiritual que dio origen a las Asambleas de Dios.
“Nuestras raíces son pentecostales. Tenemos que volver a la plenitud del Espíritu Santo. Si no hay plenitud del Espíritu Santo, no hay cambios reales. Quiero ver a Argentina prendida fuego por el Espíritu Santo”.
Su énfasis está en una Iglesia llena del Espíritu, capaz de impactar la nación con poder, santidad y testimonio.

Unidad y sentido de familia en la Iglesia
Otro de los pilares de su gestión es fortalecer la unidad dentro del cuerpo pastoral y congregacional.
“Tenemos que fortalecer el sentido de familia donde nadie es pequeño. No existen laicos y ministros: todos somos ministros”.
“Si el pastor que está en el límite de la provincia, luchando con 20 miembros, se siente valorado, se va a sentir uno conmigo”.
Para el presidente de la UAD, la unidad no es un concepto teórico, sino una vivencia práctica donde cada iglesia y cada pastor son parte de una misma familia espiritual.
El corazón pastoral: amar hasta morir
Serantes también fue contundente al hablar del ministerio pastoral.
“El que no sabe amar lo que Jesús amó, nunca debería pensar en ser pastor. El verdadero pastor tiene que amar hasta morir por las ovejas. Perder dinero, prestigio, comodidad. Dar la vida”.
Su mensaje rescata la esencia del liderazgo cristiano como servicio sacrificial, siguiendo el modelo de Cristo.
Juventud y misión: romper las paredes
Con especial énfasis en las nuevas generaciones, señaló:
“Hoy la sociedad está buscando a alguien que la valorice. Dios se hizo carne para morir por aquellos que el mundo considera desechables. Rompan las paredes de las iglesias y salgan a brillar. Mañana puede ser tarde”.
Para Serantes, la Iglesia debe salir al encuentro de una generación herida, ofreciendo identidad, propósito y esperanza en Cristo.
La esencia que no se negocia
“Yo no conocí una religión. Conocí al Autor de la vida. Él me cambió por dentro. La iglesia tiene que volver a encontrarlo y llevarlo para que otros lo encuentren. Si encendés la luz, las tinieblas desaparecen. Si tenemos luz verdadera, se va a notar”.
Su llamado es a dejar de vivir un cristianismo superficial y volver a una experiencia real con Dios.
“No perdamos el tiempo”: un llamado urgente a la Iglesia
En uno de los momentos más profundos de su mensaje, advirtió:
“No dejen que se les vaya el tiempo. No pierdan la vida. No pierdan un segundo. Porque cuando te querés acordar, ya sos viejo. Ya no saltás como antes, ya no corrés como antes, ya no ves como antes, ya no hablás como antes. Se te fueron un montón de cosas… y no te diste cuenta cuándo pasó”.
“No perdamos el tiempo, ni siquiera en nuestra familia. Porque cuando no trabajaste en tus hijos, ya se te fue la vida. Es tiempo hoy de reflexionar en cómo estoy. Corregir lo deficiente. Nutrir lo que tengo que nutrir ahora”.
“No podemos pasar la vida dando vueltas en el desierto del templo, luchando con nuestra depresión o amargura porque la iglesia no crece. Tenemos que ser sabios. Algún día nos vamos a presentar delante del Autor de la vida y dar cuentas de lo que hicimos con lo que Él nos dio. Dejemos de jugar al cristianismo. Vivámoslo. Pongámoslo en práctica hoy”.



