En diciembre de 1944, pocas semanas antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Corrie ten Boom salió con vida del campo de concentración de Ravensbrück, en Alemania. Su liberación se produjo por un error administrativo en las listas de prisioneras, un hecho que ella misma describió como un milagro de Dios. Días después, todas las mujeres de su misma franja etaria fueron enviadas a la muerte.
Corrie no salió del campo como una vencedora humana, sino como una sobreviviente profundamente quebrada, marcada por el dolor, la pérdida y el horror. Pero también salió con una convicción clara: su vida había sido preservada con un propósito eterno.
Una fe forjada en la oscuridad
Ravensbrück fue el último y más cruel de los lugares donde Corrie estuvo detenida. Allí había llegado junto a su hermana Betsie el 8 de septiembre de 1944, tras meses de prisión y aislamiento. En el campo soportaron hambre extrema, enfermedades, trabajos forzados, golpes y humillaciones constantes.
A pesar de todo, las hermanas lograron esconder una pequeña Biblia, que se convirtió en el centro de reuniones clandestinas donde mujeres de distintas nacionalidades encontraban consuelo en la Palabra de Dios. Corrie recordaría más tarde que, cuanto más profunda era la oscuridad del campo, más brillante se volvía la verdad del Evangelio.
El 16 de diciembre de 1944, Betsie murió como consecuencia de las condiciones inhumanas del campo. Sus últimas palabras fueron una declaración que marcaría la vida de Corrie para siempre:
“No hay pozo tan profundo que el amor de Dios no sea aún más profundo.”
Una liberación inesperada
Pocos días después de la muerte de su hermana, Corrie escuchó su nombre en una lista de prisioneras que serían liberadas. No hubo explicación. No hubo juicio. Solo una orden. Había sido incluida por error.
Débil, enferma y casi sin fuerzas, Corrie abandonó Ravensbrück sin saber que su liberación había ocurrido apenas una semana antes de que las mujeres de su grupo fueran ejecutadas. Para ella, no hubo dudas: Dios había intervenido.
Regresó a los Países Bajos y pasó el último invierno de la guerra recuperándose físicamente, pero espiritualmente ya había comprendido que su historia no terminaba allí.
El encuentro que puso a prueba su fe
Años más tarde, durante una conferencia en Alemania, Corrie vivió la prueba más profunda de su mensaje cristiano. Al finalizar la reunión, un hombre se acercó para saludarla. Ella lo reconoció de inmediato.
Había sido uno de los guardias de Ravensbrück. El mismo que había participado en los abusos y humillaciones, el mismo que había forzado a ella y a Betsie a desnudarse frente a otros prisioneros. Ahora estaba allí, sonriente, diciendo que se había convertido a Cristo y pidiéndole perdón.
Corrie contó que, en ese instante, su corazón se llenó de ira y vacío. Sabía que debía perdonar, pero no podía hacerlo con sus propias fuerzas. Entonces, en silencio, oró:
“Jesús, yo no puedo perdonarlo. Dame Tu perdón.”
Al extender su mano, algo ocurrió. Corrie describió que un amor sobrenatural recorrió su cuerpo y comprendió una verdad que marcaría su ministerio:
la sanidad del mundo no descansa en nuestra capacidad de perdonar, sino en el perdón de Dios obrando en nosotros.
Una vida liberada para liberar a otros
Desde ese momento, Corrie ten Boom dedicó su vida a predicar el Evangelio del perdón, la gracia y la reconciliación. Viajó por más de 60 países, escribió libros y se convirtió en una voz profética que recordó al mundo que el amor de Cristo es más fuerte que el odio más cruel.
Su liberación del campo no fue solo el final de una pesadilla, sino el inicio de una misión. Una misión que sigue resonando hoy: amar cuando no hay razones humanas para hacerlo y creer que Dios puede traer vida incluso desde los lugares más oscuros de la historia.



