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¿Qué significa ser hijos de Dios según la Biblia? 

La herencia es un legado que recibimos de una generación anterior sin haber realizado un esfuerzo particular para obtenerlo.

Está vinculada con la filiación, la familia y la pertenencia. En el contexto bíblico, esta idea adquiere un significado profundo: por medio de Jesucristo, somos hechos hijos de Dios y recibimos una herencia que no proviene de nuestros méritos, sino de su gracia y de sus promesas.

En Gálatas 4, el apóstol Pablo desarrolla esta verdad y nos recuerda que, aunque hemos sido amados y comprados por la sangre de Jesús, muchas veces insistimos en vivir como esclavos. Volvemos a someternos a aquello de lo que Cristo nos liberó y permitimos que otras cosas ocupen el lugar que solamente le corresponde a Dios.

Gálatas 4:6-7 declara que, por ser hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!». Por lo tanto, ya no somos esclavos, sino hijos; y, si somos hijos, también somos herederos por medio de Dios. El propósito del Señor es que vivamos plenamente nuestra identidad como hijos y herederos.

Los falsos dioses tienen esclavos, pero Dios tiene hijos

Desde el principio, Dios estableció la adoración como un asunto fundamental para su pueblo. En Éxodo 20:4-6 encontramos el mandamiento de no fabricar ídolos ni rendirles culto, porque el Señor demanda una adoración exclusiva. Este principio también nos confronta con todo aquello que ocupa en nuestro corazón el lugar que le pertenece a Dios.

Cuando dejamos de contemplar al Señor y comenzamos a depositar nuestra confianza, nuestra atención y nuestra devoción en otras cosas, nuestra vida empieza a tomar la forma de aquello que adoramos. La adoración genuina, en cambio, transforma nuestra manera de pensar, nuestras decisiones y la forma en que nos relacionamos con quienes nos rodean.

Una comunidad que adora sinceramente al Señor no permanece indiferente ante el sufrimiento. La adoración se expresa en acciones concretas, en la disposición de servir y en la decisión de llevar la belleza de Jesús a cada ámbito de la vida: el hogar, el trabajo, los estudios y las relaciones cotidianas.

También debemos permanecer atentos a las formas de idolatría que se introducen en los ámbitos cristianos. Cuando exaltamos a las personas por encima de Dios, convertimos los dones en mercancía o hacemos del ministerio una plataforma para la propia gloria, desplazamos al Señor del lugar que le corresponde. Ningún talento, ministerio o reconocimiento humano puede ocupar el lugar de su presencia.

Vivir desde nuestra identidad

La libertad que recibimos no significa vivir sin dirección ni responsabilidad, sino aprender a obedecer al Padre desde una relación genuina con él. Como hijos, recibimos su amor, somos transformados por su Espíritu y aprendemos a reflejar su carácter.

La historia del hijo pródigo, relatada en Lucas 15:11-32, ilustra esta verdad. El hijo menor abandonó la casa paterna, desperdició su herencia y terminó en una condición de profunda necesidad. Sin embargo, regresó a su padre y fue recibido con amor.

El padre salió a su encuentro y lo restauró, mostrándole que su lugar como hijo no había dejado de existir.

La parábola también presenta al hermano mayor, que permanecía en la casa, pero se relacionaba con su padre desde el reclamo y la obligación. Su actitud refleja el peligro de permanecer cerca de las cosas de Dios y, al mismo tiempo, vivir con una mentalidad de esclavitud, como si tuviéramos que ganarnos continuamente el amor del Padre.

Nuestra identidad no se fundamenta en nuestros logros ni en la capacidad de cumplir por nuestras propias fuerzas. Somos hijos por la gracia de Dios. Esa identidad nos llama a abandonar la idolatría, a vivir en obediencia y a confiar en las promesas del Señor.

Una herencia para las próximas generaciones

Éxodo 20:5-6 presenta una advertencia acerca de las consecuencias de la idolatría que pueden alcanzar a las generaciones siguientes, pero también anuncia la misericordia de Dios para quienes lo aman y guardan sus mandamientos. Nuestras decisiones no afectan únicamente nuestra vida individual: también pueden influir profundamente en nuestros hijos, nietos y bisnietos.

No estamos llamados a vivir bajo el temor de una condena inevitable por los errores de nuestros antepasados. Las conductas, las heridas y las decisiones pueden transmitirse dentro de una familia, pero en Dios existe una oportunidad real de transformación. Por medio de Jesucristo podemos romper patrones destructivos, aprender nuevas formas de vivir y establecer un legado de fe, integridad y amor.

El capítulo 4 de Gálatas concluye con la historia de dos madres: Sara y Agar. Pablo utiliza sus historias para establecer una comparación entre la esclavitud y la libertad, entre la ley y la promesa. Nuestra identidad espiritual no se obtiene por los esfuerzos de la carne ni por la dependencia de un sistema de normas, sino por la obra de Dios y el cumplimiento de su promesa.

Agar experimentó el abandono y la vulnerabilidad, mientras que Sara atravesó la esterilidad y la espera de una promesa que humanamente parecía imposible. Sus historias estuvieron marcadas por dificultades, decisiones equivocadas y situaciones dolorosas. Sin embargo, Dios vio a Agar en su aflicción y cumplió su propósito por medio de Sara, conforme a la promesa que había hecho a Abraham.

Como comunidad, estamos llamados a acompañar y levantar una generación de madres que transmitan la fe y orienten sus hogares hacia Jesús. Madres que comprendan que su identidad no depende exclusivamente de la maternidad, porque antes de ser madres también son hijas amadas de Dios.

Para ejercer una maternidad y una paternidad saludables, necesitamos aprender primero a vivir nuestra relación con el Padre. La identidad de hijos nos permite criar sin convertir a nuestros hijos en una fuente de realización personal y sin colocar sobre ellos el peso de nuestras frustraciones o expectativas. Nuestra responsabilidad es acompañarlos, amarlos, corregirlos con sabiduría y enseñarles a caminar con el Señor.

Cada historia familiar es diferente. Algunas personas crecieron sin una figura paterna o materna presente; otras atravesaron el abandono, la violencia o situaciones que dejaron heridas profundas. Esas experiencias no tienen por qué determinar todo nuestro futuro.

En Jesucristo podemos recibir una nueva identidad y aprender a construir relaciones distintas, marcadas por la gracia, la verdad y el amor.

Las madres y los padres de la promesa no buscan ocupar el lugar de Dios en la vida de sus hijos. Procuran conducirlos hacia él. No se presentan como personas perfectas ni como quienes pueden resolverlo todo, sino como hijos que necesitan de la gracia del Padre y desean que sus hogares sean lugares donde Jesús sea amado, honrado y obedecido.

Esta responsabilidad alcanza a toda la comunidad. La formación de una generación no depende únicamente de las madres, sino también de los padres, las familias, la iglesia y quienes acompañan el crecimiento de niños y adolescentes. Todos estamos llamados a contribuir a un entorno donde las nuevas generaciones encuentren cuidado, orientación y esperanza.

Nuestra herencia más importante no está en los bienes materiales, los logros o el reconocimiento humano. Está vinculada con la gracia de Dios, con la salvación que recibimos en Jesucristo y con la promesa de vivir como sus hijos. Esa verdad transforma la manera en que miramos nuestro pasado, asumimos nuestro presente y preparamos el futuro.

Que las generaciones que vienen detrás de nosotros puedan conocer al Señor a través de nuestra adoración, nuestra obediencia y nuestro amor. Que la belleza de Jesús se haga visible en nuestra manera de vivir y que todo lo que construyamos contribuya a que otros también conozcan al Padre. Somos hijos por medio de Jesucristo y herederos de las promesas de Dios.

Maximiliano Gianfelici
Maximiliano Gianfelici
Pastor. Esposo de Dany papá de Cata, Valen y Bella. Escogido como parte de una generación de avivamiento.

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