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Criar para lo eterno: una mirada más allá del presente

En medio de las urgencias y el cansancio de cada día, criar con una perspectiva eterna nos invita a pensar qué estamos sembrando en nuestros hijos y qué legado queremos dejarles.

Criar es una carrera contra el tiempo que corre cotidianamente para llegar con todas las tareas que conlleva ser padres, contra el tiempo que parece escurrirse entre los dedos a medida que van pasando los días, los meses y los años de esos bebés que, en un abrir y cerrar de ojos, se convierten en adultos.

Lo cierto es que criar es desafiante, tanto, que en ocasiones sentimos que no podemos más que pensar en el presente y en cómo resolver estos dilemas que, a nuestros ojos, tienen carácter de trascendentales y determinantes. Sin embargo, si pudiéramos frenar unos minutos y pensar en el largo plazo, ¿nos encontraríamos haciendo las mismas cosas? Y vayamos un poco más allá con la pregunta… ¿Estaríamos satisfechos con lo que estamos sembrando? ¿Nos preocuparíamos por lo que hoy en día nos roba el sueño?

¿El carpe diem aplica a la crianza?

Hace poco alguien trajo a escena una frase que muchos de nosotros escuchamos alguna vez y que asociamos a una película muy famosa: La sociedad de los poetas muertos. La frase es: «Carpe diem, quam minimum credula postero». «Cosecha el día de hoy y confía lo menos posible en el mañana». Una filosofía de vida que el poeta romano Horacio dejó plasmada en su libro Odas, en el siglo I a. C., y que encaja perfectamente con la manera en que muchas personas deciden vivir el presente, pensando lo menos posible en lo que vendrá.

Pero lo que en realidad el autor quiso expresar en esa idea era que el futuro, al ser incierto, puede traer preocupación excesiva; es mejor disfrutar sabia y profundamente del presente, siendo conscientes de que el tiempo es finito, al igual que nuestra vida. Esta idea me llevó a reflexionar acerca de cómo estamos desarrollando la tarea de ser padres. ¿El carpe diem aplica a la crianza? ¿La cosecha es solo para el tiempo presente o para los años venideros? Y lo eterno, ¿dónde se juega en nuestra relación con los hijos y nuestra educación?

La eternidad no es un concepto que cotidianamente está en nuestras palabras ni en nuestras actitudes y decisiones, al menos para la mayoría de nosotros. Nos cuesta mirar y pensar en algo que no vemos con nuestros ojos terrenales. Sin embargo, la Palabra de Dios nos trae constantemente el plano de lo eterno a nuestra realidad como algo natural para los hijos de Dios. Dimensionar lo eterno trae ánimo, perspectiva, proyección, esperanza, futuro, legado y permanencia. ¿Acaso no son conceptos que todos nosotros anhelamos para nuestros hijos? Si esto es cierto, es imperioso pensar maneras concretas de vivirlo en la cotidianeidad.

Criar para soltar

En primer lugar, criar para lo eterno es reconocer que nuestros hijos no son nuestros. El Salmo 127 nos recuerda: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud” (Salmo 127:3-5).

Cómo nos cuesta criar para soltar, para que esos niños sean flechas lanzadas… Lo maravilloso de esta ilustración del salmista es que la figura de la flecha implica dos cosas: movimiento, distancia, dirección, intención, objetivo. Una flecha no cumple su función si no es lanzada. Pero no puede ser lanzada si no hay un guerrero valiente que sepa lanzar esa flecha con precisión.

Los papás somos esos guerreros valientes que, con guía, oración, dirección y cuidado, lanzamos esas flechas que son los hijos, para que sigan esparciendo esos valores que inicialmente sembramos en ellos. Qué maravilloso es ver cuando las generaciones posteriores “hacen cosas mayores que estas”.

Todo el Evangelio es atravesado por el concepto de la herencia, de la multiplicación, de la siembra, del uno a muchos. A veces, como padres, vivimos la crianza en clave de retener, cuidar, proteger, pero la perspectiva del futuro nos llena de temor y preferimos no considerarla.

El mismo Salmo nos recuerda que no estamos solos en la tarea de edificar; de hecho, si Jehová no edifica la casa, en vano trabajamos nosotros. ¡Y qué duro y pesado se hace ese trabajo! La invitación a confiar en un Dios que nos hereda y da la bendición de los hijos es un primer paso para entrar en la dimensión de lo eterno al criar.

Sembrar valores con el ejemplo

En segundo lugar, criar para lo eterno es sembrar valores. Y la mejor manera de hacerlo es con nuestro ejemplo. Cuántos de nosotros, al crecer, nos encontramos haciendo aquello que hacían nuestros padres. Honestidad, respeto, ayuda al prójimo, fe, oración sin cesar, servicio y tantos otros.

Ruby Bridges es hoy una mujer de 72 años oriunda de Louisiana quien, siendo una niña de 6 años solamente, se convirtió en la primera niña africana en asistir a una escuela de blancos en 1960. Pero lo que me llama la atención de su historia no es este hecho social trascendente, sino la actitud de esta pequeña durante su escolaridad. Ruby provenía de una familia cristiana, donde la fe se vivía cotidianamente y ella fue enseñada por sus papás a amar a Dios y a sus prójimos, incluidos sus enemigos.

Cada día que Ruby caminaba hacia la escuela, un gran número de manifestantes la atacaban y criticaban por su color de piel. Ella, en voz poco audible, oraba por ellos para que Dios los perdonara porque no sabían lo que estaban haciendo. La fe sembrada en esa niña la sostuvo y tuvo frutos que trascendieron incluso su vida.

Vivir más livianos y confiar

En tercer lugar, criar para lo eterno es vivir menos preocupado por el presente y más livianos, confiando en que el que comenzó la buena obra en nosotros la completará hasta el día que Cristo venga. Filipenses 4:6 nos recuerda que no nos preocupemos por nada, que, en cambio, oremos por todo. La consecuencia de esta manera de posicionarnos frente a las vicisitudes de la vida es la paz de Dios, una paz inexplicable al entendimiento humano.

Reflexionando sobre la dificultad práctica de esta verdad espiritual, me encuentro nuevamente trayendo a escena la eternidad como una realidad necesaria para vivir en clave de despojo y confianza. Si entiendo que esto pasará y que lo que hoy es mi desafío presente como padre es una parte ínfima de una eternidad donde la obra se verá completa, me será más fácil depositarlo en los brazos de ese alfarero que transforma un pedazo insignificante de barro en una obra maestra.

Sembrar para el largo plazo

Finalmente, criar para lo eterno es posponer la satisfacción de la inmediatez para sembrar en el beneficio del largo plazo. La psiquiatra Marian Rojas Estapé, en su libro Recupera tu mente, reconquista tu vida, Planeta, 2024, explica cómo funciona el circuito de recompensa a nivel cerebral. La dopamina, el neurotransmisor encargado de hacernos experimentar placer, es al mismo tiempo el que, en niveles inadecuados, provoca infelicidad y sensación de vacío.

La sociedad actual está basada en circuitos de recompensa demasiado inmediatos, donde se liberan grandes cantidades de dopamina con poco o casi nulo esfuerzo. Entonces, nuestra mente se va armando con la lógica que dice: necesito estos picos de dopamina para estar bien y todo lo que no lo genere inmediatamente no vale la pena mi esfuerzo o compromiso. Qué peligroso, ¿no?

Aprender a criar hijos que abracen conceptos como la espera, el esfuerzo, la disciplina, el largo plazo, la obediencia por amor y no por premio inmediato, es una tarea contracultural y bastante titánica.

La Biblia, en su sabiduría, nos habla de una carrera y una recompensa que no es terrenal e inmediata, sino eterna. Como papás de fe, estamos llamados a criar hijos que no sean cazarrecompensas, sino valientes guerreros que entienden que el sufrimiento, la espera, el esfuerzo, hacen más valiosa la recompensa futura.

Una obra que está en sus comienzos

“Es más fácil criar niños fuertes que reparar hombres rotos” (Frederick Douglass). Cuando leí esta frase me pregunté si la primera parte es realmente cierta. ¿Es fácil criar niños fuertes, emocionalmente sanos, integrados, plenos? No, no lo es. Es una tarea compleja, que demanda tiempo, dedicación, prueba y error, sacrificio, abnegación y sacrificio, pero, por sobre todo, implica tener una perspectiva correcta.

Porque sí es cierto que es más fácil desandar un camino siendo niño que hacerlo siendo adulto, aunque, en las manos del maestro, esa posibilidad siempre está presente. Es por ello que la invitación de hoy es a incorporar esta mirada a largo plazo en nuestra crianza, una mirada que no mira el presente como una sentencia, sino como una oportunidad para que la eternidad complete una obra que solamente está en sus

Carolina Kerikian
Carolina Kerikian
Lic. y Prof. en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Trabajo en el Servicio de Orientación Vocacional y Ocupacional de la facultad de Psicología de la UBA. Orientadora Vocacional y Ocupacional. En la iglesia sirvo con los adolescentes como maestra hace varios años y co- coordino el área de niñez. Estoy casada hace 13 años y tengo dos hijos.

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