¿Cuánta evidencia hace falta para creer en algo? ¿Cuántas evidencias necesitamos para cambiar de opinión? ¿Tenemos que dudar de todo hasta encontrar la última de las certezas?
La duda parece, a primera vista, una herramienta imprescindible para acercarnos a la verdad. Y, sin duda, lo es. Pero también conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando convertimos la duda en nuestra única manera de relacionarnos con la realidad?
Porque si podemos dudar de todo, también podemos preguntarnos si podemos dudar de nuestra propia existencia. Y si dudamos incluso de aquello que nos permite dudar, ¿dónde termina el camino?
El escepticismo extremo —dudar de todo y todo el tiempo— no solo resulta invivible. También termina destruyendo las posibilidades mismas de conocer.
Ya encontramos algunos antecedentes de esta forma de pensar en la filosofía antigua. Los sofistas, y especialmente Gorgias de Leontinos, llevaron el cuestionamiento hasta límites radicales. Más tarde, Pirrón de Elis sería considerado el fundador del escepticismo. El problema aparece cuando la duda deja de ser una herramienta para buscar la verdad y se convierte en el lugar donde decidimos permanecer.
Porque cuando toda certeza puede ser cuestionada indefinidamente, toda verdad termina siendo sospechosa.
EL PRINCIPIO DE LA DUDA
René Descartes comprendió el problema. Y decidió enfrentarlo utilizando las propias armas del escepticismo.
Su estrategia fue sencilla y, al mismo tiempo, revolucionaria: dudar de todo aquello que pudiera ser puesto en duda, con la esperanza de encontrar algo que permaneciera firme.
La intención era llevar la duda hasta sus últimas consecuencias para encontrar una certeza imposible de destruir. Pero hay algo curioso en este planteamiento.
Descartes decía dudar de todo, aunque en realidad había cosas de las que no podía dudar tan fácilmente. Por ejemplo, su propia memoria.
¿Estás seguro de que antes de llegar hasta este punto leíste el párrafo anterior? ¿Qué garantiza que tus recuerdos son fiables? ¿Cómo sabes que aquello que recuerdas ocurrió exactamente como lo recuerdas?
Y aparece entonces un problema que parece no tener final: si debemos dudar también de nuestros recuerdos, ¿qué nos impide dudar mañana de aquello que hoy creemos recordar sobre nuestra duda?
La segunda cuestión es todavía más interesante: Descartes tampoco podía prescindir completamente de su razón.
Porque para dudar necesito razonar. Y para razonar tengo que aceptar, al menos inicialmente, que mi capacidad de razonar es válida.
«Si dudo de absolutamente todo, también tendría que dudar de las herramientas con las que estoy construyendo mi propia duda».
Josué Moreno
La duda, entonces, puede ser una excelente herramienta. Pero una herramienta no puede convertirse en el centro de toda nuestra existencia.
La filosofía no consiste en dudar de todo. Dudar es parte del camino hacia la verdad, pero no puede ser el destino final.
ENTRE EL DOGMATISMO Y EL ESCEPTICISMO
Hay una tentación muy humana: buscar una vida en la que no podamos equivocarnos.
La forma más segura de evitar errores es no hacer nada. Quien no actúa no se equivoca. Quien no arriesga no pierde. Quien no ama puede ahorrarse el dolor de ser herido.
Pero también sabemos que la inacción tiene consecuencias.
No decidir también es una decisión. No arriesgarse también tiene un costo. No amar para evitar el dolor significa renunciar, al mismo tiempo, a todo aquello que el amor puede producir en nosotros.
Por eso existen dos caminos que, aunque parecen completamente opuestos, pueden terminar llevándonos al mismo lugar: el dogmatismo y el escepticismo extremo.
Uno afirma que ya tiene todas las respuestas y se niega a cuestionarlas. El otro cuestiona todas las respuestas hasta quedar incapacitado para aceptar ninguna.
Ambos terminan paralizando. El primero porque ya no necesita buscar. El segundo porque nunca puede encontrar.
La sabiduría está en aprender a distinguir entre aquello que merece ser cuestionado y aquello sobre lo que podemos caminar con confianza.
Tan sabio y valiente es dudar como saber aquello sobre lo que no hay que titubear.
La ciencia misma crece en ese equilibrio. Pregunta, cuestiona, revisa, corrige y vuelve a preguntar. Pero no puede existir sin algunos fundamentos que permitan comenzar a investigar.
Y quizá nuestra vida funcione de una manera parecida.
¿CUÁNTA EVIDENCIA NECESITAMOS?
Llegamos entonces a una de las preguntas centrales: ¿qué es necesario y suficiente para creer?
¿Cuánta evidencia necesitamos para abrazar una creencia? ¿Tenemos que ser capaces de demostrar absolutamente todo antes de confiar en algo?
La pregunta se vuelve todavía más profunda cuando hablamos de fe.
Porque la fe no es una creencia ciega ni una manera rápida de escapar de la incertidumbre. La fe tampoco elimina las preguntas.
Creer no significa apagar la razón. Significa reconocer que la razón, por sí sola, no puede responder todas las preguntas que la existencia nos plantea.
Hay cosas que conocemos porque podemos demostrarlas. Otras las conocemos porque las experimentamos. Y hay realidades que comenzamos a descubrir cuando decidimos confiar.
Todos vivimos de algún modo a partir de esa confianza.
Confiamos en personas. Confiamos en promesas. Confiamos en que nuestros recuerdos son suficientemente fiables para construir nuestra historia. Confiamos en que el mundo que percibimos es real. Tomamos decisiones sin tener el cien por ciento de las variables bajo control.
Vivir exige un grado de confianza.
Por eso, esperar a tener certeza absoluta antes de dar cualquier paso no necesariamente es prudencia. A veces es simplemente otra forma de inmovilismo.
DUDAR Y CREER
La fe no se puede forzar ni encajar en moldes cómodos.
No es una respuesta superficial frente a la incertidumbre, ni una manera de negar aquello que todavía no comprendemos. Es un camino hacia lo profundamente desconocido, hacia el Misterio.
Por eso la fe puede convivir con las preguntas.
Puedes cuestionar y caminar. Dudar y creer. Pensar y sentir. Confiar y vivir.
La duda no necesariamente es enemiga de la fe. Puede ser parte de un camino que nos obliga a descubrir qué es aquello en lo que verdaderamente confiamos.
La cuestión no es eliminar todas nuestras preguntas, sino aprender qué hacemos con ellas.
Porque llegará un momento en el que tendremos que decidir si queremos permanecer eternamente en la orilla esperando una certeza absoluta o si estamos dispuestos a comenzar a caminar.
La fe es, en cierto sentido, ese paso.
Es una apertura humilde ante aquello que no podemos controlar. Es vivir con esperanza cuando el cielo parece cerrarse. Es confiar aun cuando no tenemos todas las respuestas.
Y quizá allí esté uno de los grandes misterios de creer:
no se trata de tener una respuesta para cada pregunta, sino de descubrir en quién podemos confiar mientras seguimos buscando las respuestas.
La duda puede abrir una puerta. Pero no fue hecha para convertirse en nuestra casa. La fe nos invita a cruzarla.
Adaptación del Capítulo de “La Duda” Del libro de Josué Moreno





